domingo, 16 de agosto de 2015

“Examen de conciencia”

David Uzcátegui
@DavidUzcategui

La presión social que se siente en el ambiente venezolano ha aumentado en los últimos días y parece no decrecer. Ya sabemos cuál es el coctel fatal de inflación y desabastecimiento, que ha atrapado a nuestra nación en lo que los economistas llaman “estanflación”, un escenario francamente indeseable, absolutamente adverso al crecimiento de un país y al bienestar de sus ciudadanos.

Sin embargo, también pensamos que no es el momento de recriminaciones e inculpaciones, simplemente porque ello nos distrae de la tarea urgente de este momento: encontrar soluciones e implementarlas.

En notas pasadas comentábamos la necesidad de convocar a la gente, a todo el mundo, a la venezolanidad en pleno, para aportar a esta suerte de “tormenta perfecta” en la cual se encuentra el país en este momento.

Y que conste que dicha tormenta perfecta tiene que ver tanto con la aplicación de políticas que consideramos erradas –vistos sus resultados- como con factores exógenos que escapan al control de nadie, como la caída de los precios petroleros.

Pero hoy nos preguntamos: ¿en torno a qué unimos a la gente? ¿En torno a cuál plan, a cuales acciones? ¿A qué programa de acciones le debemos poner los venezolanos la voluntad, el pecho y el corazón?

Y son muchos los compatriotas con sobrados conocimientos que han señalado qué es lo que se está haciendo mal y cómo hacerlo bien a partir de ahora para brindarle una mayor calidad de vida a la gente, que es lo que al final del día interesa a todos.

También el sentido común hace lo suyo, porque si bien atravesamos una circunstancia por demás complicada; también es cierto que el ubicar dónde quitar y dónde poner, también tiene bastante de lógica.

Por ello, insistimos, hay que accionar. Y hay que trazar un rumbo que sea propicio para salir adelante y que debe ser apoyado por todo el que quiera a Venezuela y por quienes tengamos en esta patria un afecto y un dolor, que somos todos los venezolanos.

Lo primero, y en ello reiteramos lo del sentido común: hay que ahorrar. El aparato burocrático se ha hecho enorme y se ha exacerbado el pecado original de Venezuela, que tiene que ver con poner absolutamente toda actividad económica a cargo del Estado.

Eso, con un barril de petróleo a más de 100 dólares era perfectamente posible. Desaconsejado, pero posible. Ahora, con el barril a cuarenta y pocos dólares y amenazando con desplazarse hacia los treinta y pico, es sencillamente inviable.

¿Cómo se puede recoger este aparato público que se ha desparramado hasta niveles que atentan contra la viabilidad de la economía nacional? Es una compleja discusión que hay que dar. Y en ello se debe incluir la otra tarea postergada de la actual administración: hacer las paces con la empresa privada.

Porque el relocalizar trabajadores que agobian la nómina pública en una empresa privada emergente y con visos de prosperidad, traería una bocanada de optimismo al país. Y permitiría focalizar los recursos públicos a lo verdaderamente prioritario, que clama por la atención gubernamental en estos momentos.

También es urgente revisar los programas de auxilio de Venezuela a otros países. Y volvemos a recordar: el petróleo venezolano está muy lejos de aquellos añorados cien dólares. Ya no somos el muchacho rico de la cuadra. No podemos presumir, y ni siquiera tenemos mucho para ejercitar nuestra buena voluntad, por más loable que ello sea.

Con el asunto de Petrocaribe, Venezuela parece estar ajustando su posición a una realidad más pragmática. Que, dicho sea de paso, es lo más aconsejable en este momento. Fuentes especializadas, citadas recientemente por diversos medios de comunicación, aseguran que el gobierno de Venezuela ha ido renegociando las condiciones para poder recibir al menos una parte del pago del financiamiento prestado a los países firmantes a lo largo de diez años.

Y ya que estamos en el delicado tema energético, debemos recordar que el precio del combustible en Venezuela es el más bajo del mundo, y está muy lejos no digamos de dar ganancias; sino de aunque sea cubrir los costos de producción.

Es un subsidio que pesa demasiado en el presupuesto nacional y que, si bien beneficia a sectores desfavorecidos, lo hace por igual con estratos sociales que podrían pagar más por el transporte. Tiempo atrás se habló de corregir esta anomalía; pero lamentablemente, el día a día enterró esta discusión. Es hora de reflotarla.


Y de levantar los controles de precios y el de cambio. Es una medida audaz pero necesaria. Y que debe ir acompañada de medidas compensatorias, así como de implementación gradual. Pero no se puede evadir. Tenemos a la gente, y tenemos claridad en las medidas que hay que tomar. No es fácil, pero nos brindarán el país mejor que tanto necesitamos. ¿Cuándo vamos a comenzar?

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