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viernes, 18 de agosto de 2017

¿Y si se pudiera?

David Uzcátegui
@DavidUzcategui

Con un país más dividido que nunca, con el foco más perdido, con un enfrentamiento que construye poco y destruye mucho de lo que queda, cabe preguntarse cómo llegamos esto, y cómo salimos.

Sobre la primera pregunta cada quien tiene su hipótesis y su versión y por ello no vamos a abundar: por lo extenso de la respuesta y porque, dentro de la complejidad que atravesamos, todo es según el color del cristal con que se mire.

Sobre la segunda pregunta, muchos han dado respuestas, y en ello hemos tratado de contribuir en la medida de nuestras posibilidades, desde los espacios de los cuales disponemos.

Venezuela cuenta con el recurso humano capacitado para revertir la más complicada crisis de nuestra historia, y, como lo hemos dicho antes, es simplemente un asunto de voluntad política. Una voluntad que, lamentablemente y al momento actual, no avizoramos por ninguna parte y que nos hace sentir cada vez más, que hablamos a la nada, a la pared.

¿Por qué insistir entonces en hablar de soluciones, si estamos en un diálogo de sordos? Como dijimos al principio, por foco.

Nos dirijamos donde nos dirijamos, conviene recordar cuál es el rumbo que deberíamos tener, no podemos olvidarlo, y menos aun cuando, ya para lo que queda es para darnos cuenta de cuán desviados estamos, de cuánta energía se está gastando en asuntos no medulares y para que, algún día, fe mediante, retomemos el carril.

Asombra, por ejemplo, cómo el tema económico está tan desatendido. Desde esta esquina insistimos en colocarlo en el eje de cualquier agenda, porque está íntimamente ligado al bienestar de la gente. Como hemos podido ver en los últimos años, las decisiones erradas en este ámbito se llevan por delante sin piedad el poder adquisitivo de la ciudadanía y con él, su calidad de vida.

Hemos visto, por ejemplo, que la canasta básica ha escalado en precios sin detenerse. En julio de 2017 arribó a Bs. 2.043.083,39, lo cual marca un aumentó Bs. 304.932,84 (3.1 salarios mínimos) y de 17,5%, con respecto al mes de junio de 2017. La variación anualizada para el período julio 2017 / julio 2016 es 339,3%, o Bs. 1.578.048,60, que se traduce en 16.2 salarios mínimos (Bs. 97.531,56).

Esto, por tomar solamente un ejemplo de la desfiguración de nuestra economía y de cómo impacta directamente a los venezolanos en un tema tan medular como lo es el sustento.

En otro de los temas tan graves como ignorados, seguimos viendo como el control cambiario, lejos de ayudar a solucionar la compleja situación nacional, la complica a niveles exponenciales.

El asunto cambiario tiene muchas aristas, pero quizá la más innegable es cómo el sistema está desbordado para asignar divisas a una economía que importa prácticamente todo.

La burocratización de un Estado desmesuradamente enorme, que interviene y fiscaliza cada actividad, se hace especialmente patente en el sistema de divisas venezolano, nos atrevemos a afirmar que el más complicado y engorroso del planeta.

Valga la mención del asunto para preguntarnos qué sucede también con la empresa privada, a la cual no solamente se le ha quitado el apoyo. También se le ha señalado y estigmatizado, poniendo contra la pared a uno de los pilares fundamentales de cualquier país.

Es por ello que tenemos la llamada “economía de puerto”, porque cada vez producimos menos adentro de nuestras fronteras.

Los gobiernos del mundo se ocupan permanentemente de generar cuanta confianza sea posible, para consolidar las inversiones internas y atraer las foráneas, para generar empleo y bienes que hagan próspera a sus respectivas tierras.

Aquí, el discurso y las acciones incendiarias han alejado la inversión extranjera, mientras que la nacional está de manos atadas o ha optado por buscar también otros horizontes fuera de la patria para poder seguir creciendo. Y no hay traición alguna en un acto de la más elemental supervivencia.

Allí está nuestro enorme y envidiable potencial turístico, que jamás pasará de potencial sin la infraestructura y sin el personal entrenado que se necesitan para de verdad convertir en potencia esas playas, y esos paisajes tan únicos como olvidados.

La tierra abandonada hoy porque quienes las cultivaban no tienen seguridad de ningún tipo, olvidando que no solamente teníamos rubros en los cuales nos autoabastecíamos, sino que incluso exportábamos, porque estamos en uno de los suelos más generosos del mundo. Tan generoso como desperdiciado.

Y así, podemos hacer interminable el extenso listado de las potencialidades que tenemos frente a la nariz y que son desperdiciadas por una diatriba estéril que a nada conduce.

Alarma pues, cómo se le da la espalda todo lo que se podría hacer por Venezuela, para que sea grande de verdad. ¿Cuándo podrá ser este el eje de una acción de gobierno?

viernes, 28 de abril de 2017

¿Constituyente?

David Uzcátegui
@DavidUzcategui

Que el gobierno actual está con el agua al cuello, ya no es un secreto para nadie. Tanto es así que, de manera sorprendente, ha comenzado a poner sobre la mesa mecanismos que puedan servir para destrabar la gravísima crisis nacional, la más alarmante que hemos tenido en nuestra historia como nación.

Sin embargo, hay que hilar muy fino y leer entre líneas. Porque el caos actual ha llegado a tales extremos justamente por la terquedad de la dirigencia oficialista, y un cambio en su conducta solamente quiere decir que la razón está del lado de quienes protestamos.

Es pues, una confirmación de que no se puede seguir por este rumbo que lleva al despeñadero a paso de vencedores. Pero, ¿cuál es la solución?

Asombra que desde la misma tolda roja salgan propuestas como unas elecciones regionales y una Asamblea Nacional Constituyente, cuando fueron ellos quienes negaron un referendo revocatorio legal, en tiempos y masivamente apoyado por la ciudadanía.

Eso, para no recordar que también llevamos retraso con unas elecciones de gobernadores y alcaldes en las cuales la gente pasaría factura no solamente a las pésimas gestiones regionales y locales de los autodenominados revolucionarios, sino que también servirían como válvula de escape del descontento ante la nefasta gestión del actual Ejecutivo nacional.

Revocatorio y regionales no favorecerían a quienes hoy gobiernan, y por ello se escamotearon sin pudor alguno. Sin embargo, hoy aparece un nuevo elemento en el tablero, un elemento que no sorprende, porque es un submarino, que desaparece a ratos pero que vuelve a salir a flote con cierta frecuencia. Se trata de la todopoderosa Asamblea Nacional Constituyente.

Es una figura tan potente como peligrosa. Se puede interpretar como una refundación de la República, y si la vemos desde este punto de vista, no cabe duda de que es tentadora. Venezuela, qué duda cabe, necesita de un “reseteo” inmediato, ante el desmantelamiento de su institucionalidad.

Se trata de redactar una nueva Constitución, de lo cual se encargarían parlamentarios electos popularmente; para ir luego a elecciones de todos los cargos ante el nuevo esquema republicano que estrenaríamos. Es tentador, pues. Un caramelito de cianuro, como se dijera en algún momento.

Eso lo hemos vivido los venezolanos unas cuantas veces, la más reciente de ellas en 1999, bajo el furor del entonces muy popular Hugo Chávez. De allí salió nuestra constitución actual, redactada por constituyentistas casi en un ciento por ciento chavistas, gracias al llamado “portaviones” que significó el entonces jefe de Estado y gracias también a unas fórmulas electorales que aplastaron en su momento a lo que para entonces eran minorías.

Se pregunta uno: ¿por qué quieren entonces cambiar a la que hasta no hace nada y por casi 20 años defendieron como la “Constitución más perfecta del mundo”? ¿Qué hay tras ello?

Quizá desesperación, ante el escaso abanico de salidas a las penurias nacionales, ante la obvia respuesta de que los responsables son quienes tienen el poder. ¿Es un pote de humo? ¿Soluciona algo?

Desde nuestro punto de vista, no. Históricamente, los países con mayor número de constituciones son, casualmente, los más inestables. Y lamentablemente, Venezuela no ha sido la excepción, con sus veintiséis Cartas Magnas y dos siglos de marcados mayoritariamente por reveses y desencuentros. 

Como se ha dicho desde hace mucho tiempo, cuando caigamos en la tentación de cambiar la Constitución, preguntémonos si más bien la solución no será cumplir con la vigente. ¿Se le respeta? ¿Se le sigue al pie de la letra?

Porque, como dijéramos líneas más arriba, el gran desencadenante del mal momento actual, ha sido la confiscación de un referendo revocatorio previsto en el texto constitucional vigente. Ergo, por allí no es la cosa.

Sin embargo, hilemos fino y rescatemos el avance que este episodio ha detonado. El presidente actual sugirió que es necesario ir a un proceso popular constituyente, pues a su juicio “Venezuela necesita un nuevo desencadenante histórico, democrático, revolucionario y popular”.

Desde la cúspide del poder se reconoce que las cosas deben cambiar. Que hay que pasar la página e inaugurar una nueva etapa histórica. No lo dice un representante de las fuerzas alternativas democráticas, no. Lo dice el depositario de un proceso agotado, el mismo que, al hablar de un “nuevo desencadenante histórico” reconoce que casi dos décadas de un modelo errado, son demasiados años.

El gobierno reconoce la urgencia de cambio. Bravo. Pero cuáles son las herramientas para ese cambio, es una respuesta que solamente puede dar la gente, que es la que tiene hoy el verdadero poder, con su presencia masiva en las calles y con una reprobación al gobierno actual que ya es inocultable.

viernes, 21 de abril de 2017

“19 de abril y ciudadanía”

David Uzcátegui
@DavidUzcategui

El haber transitado esta semana por una nueva conmemoración del 19 de abril de 1810, no puede sino generarnos el deseo de desmenuzar un poco más esta fecha tan importante, que para muchos se asume como el punto de partida de la Independencia de Venezuela.

Un proceso tan orgánico como lo es la fundación de una República, tiene por razones obvias, que partir de la gente. Y por supuesto, también de la calle. Y es que todo nace del rechazo manifestado al nuevo gobernador dispuesto por la metrópolis española, Vicente Emparan, cuando se dirigía a misa en aquella Semana Santa de 1810.

Vino luego aquella famosa estampa histórica en la cual el aludido, desde el balcón, consultó a la gente, si quería que siguiera o no al mando. Y todos dijeron que no al pie del balcón, no sin la ayuda del presbítero José Cortés de Madariaga, quien apuntó con un gesto a los presentes la respuesta correcta; quedando así por cierto, plasmada la presencia de un miembro del clero en tan importante acontecimiento.

Nadie imaginaba lo que detonaría aquel día hasta el sol de hoy. Venezuela se pone los pantalones largos e inicia aquella larga y cruenta ruta independentista, que incluso fue exportada a otras naciones y ha valido que, hasta el sol de hoy, nuestra nación sea vista en el mundo entero como sinónimo de libertad.

Mirar hacia 1810 nos potencia para seguir adelante, luchando por el país que merecemos, porque la gran enseñanza de aquella jornada fue que los cambios se empujan desde la gente. Y en la calle.

Valga por cierto, el tardío pero necesario reconocimiento a un Emparan que supo retirarse a tiempo. “Yo tampoco quiero mando”, dijo ante la multitud que lo rechazó. Muy inteligente, de parte del depositario de un poder, es retirarse cuando ya no se le quiere. Forzar la barra conducirá sin duda, más temprano que tarde, a salir por la puerta trasera, sin posibilidad alguna de regreso.

Lo cierto es que aquella fecha fundacional oficiosa de nuestra República tuvo un elevado nivel de civismo, de conciencia, de claridad en los derechos. No es un ejercicio vano el recordarla, muy por el contrario, nos recuerda cosas que no debemos perder de vista.

La primera es, sin duda, que el poder reside en la gente. Que, más allá de imposiciones monárquicas, los venezolanos fundacionales estuvieron muy conscientes de que el poder impuesto desde arriba no iba a ser jamás el signo definitorio de la patria que recién nació.

En segundo lugar, fue un campanazo de cuándo toca cambiar lo viejo. El añejo sistema colonial que ya tenía encima varios cientos de años, no solamente estaba basado en abusos e injusticias, además hacía aguas por haberse prolongado en el tiempo hasta la saciedad.

Tal como ha sucedido en otros pasajes históricos –la caída de la Unión Soviética y del Muro de Berlín, por ejemplo- el cierre de ciclos y el inicio de otros nuevos, es una sinergia entre la gente movilizada y el desplome por su propio peso de estructuras añosas e insostenibles.

Sí, ciertamente, muchos procesos de cambio en la historia –la gran mayoría, hasta donde logramos observar- ocurren impregnados de “sangre, sudor y lágrimas”, como dijera Winston Churchill a sus compatriotas ingleses en pleno trance de la Segunda Guerra Mundial.

Sin embargo, esa historia a contrapelo de la humanidad, ocurre también de tal modo, debido a la tozudez de quienes no entienden que su tiempo ya pasó, que no hay piso de legitimidad real que los respalde, que por el bien de los afectados, deben dar paso a una nueva página.

Y también es real que, tras el ejemplar e impecable proceso de 1810, se desató en Venezuela una de las más cruentas guerras de Independencia de su tiempo.

Para todo esto, queremos recordar que han pasado más de doscientos años. Que creemos en la superación y el avance del género humano. Hemos estudiado, avanzado en disciplinas como la diplomacia. Hay maneras de atajar lo cruento en los cambios sociales.

Lamentablemente, aún existen minorías que permanecen atadas a aquella caduca premisa de que “la violencia es la partera de la historia”. No tiene por qué ser así. No debe serlo. Y el 19 de abril de 1810 nos lo demuestra a los venezolanos en nuestro propio suelo y en la génesis misma de nuestro gentilicio.

Quizá pudiéramos atajar esa sangre, ese sudor y esas lágrimas, si aprendiéramos de nosotros mismos. Sí, tuvimos guerra y episodios heroicos, y compatriotas mártires. Pero hubiera sido mejor ahorrar todo el dolor que fuera posible evitar.

Y es también valioso volver los ojos a aquellos días porque nos reafirman el carácter cívico y pacifista de nuestros orígenes. Hay otras formas de modificar para bien la historia, y no podemos caer en la trampa de aceptar como única, la manera que solamente conviene a unos pocos y perjudica a muchos.

viernes, 1 de julio de 2016

“La inseguridad que nos ahoga”

David Uzcátegui
@DavidUzcategui

Se trata literalmente de un problema de vida o muerte. Más allá de los otros asuntos que complican la vida de los venezolanos en la actualidad, la inseguridad ha llevado al país entero a un toque de queda no declarado, donde las ciudades quedan en silencio al caer la noche y ni siquiera la luz del día es garantía de no ser víctima de algún delito.

El alegato de algunos, es que estamos hablando de una situación de muy vieja data en Venezuela. Es verdad. Pero también es cierto que, lejos de ser combatido, ha crecido exponencialmente en los últimos tres lustros hasta llegar a quedar literalmente fuera de control.  ¿Por qué?

Lo primero que nos preguntamos es si el gobierno nacional se detuvo alguna vez en el pasado a medir las consecuencias de no atajar este monstruo de mil cabezas a tiempo. Porque la desatención al asunto, el hecho de ser más reactivos que preventivos e incluso, el dejar semejante responsabilidad en manos de funcionarios sin la preparación adecuada, solamente han abonado el terreno para que todo empeore exponencialmente.

¿Hay voluntad política para abordar el tema?  ¿Existe una inclinación real de los gobernantes para entender lo que vivimos, fijar objetivos y desarrollar estrategias para reducir de manera importante la violencia?

Porque la voluntad no es una declaración de buenos propósitos ni un discurso. La voluntad se mide mediante la cantidad de esfuerzo, dinero, dedicación e interés que se orientan hacia la solución. Si es que en algún momento ha habido voluntad, no se ha traducido en resultados.

Pero lamentablemente, ni siquiera en los frecuentes discursos oficialistas está presente el tema. Para quienes hoy ostentan el poder, las prioridades son otras. Y esta decisión de gobierno, está costando día a día numerosas vidas de venezolanos.

Por otra parte, el ritmo epiléptico en el enfrentamiento de esta calamidad nos coloca cada vez más lejos de solucionarlo. Nos referimos a esporádicos esfuerzos, como el plan desarme, que se anuncia con bombos y platillos para luego quedar abandonado y que, como sabemos es de lejos insuficiente para solucionar, aunque se implementara en forma impecable. Es apenas uno de los tantos elementos que deben componer una verdadera política seria contra el delito.

Tampoco ayudan mucho operativos, alcabalas y otras medidas punitivas de similar corte. Medidas que, por supuesto deben formar parte de la política mencionada antes; pero que también son insuficientes por sí solas. Y mucho más insuficientes si no son aplicadas con la máxima rigurosidad de la profesión policial y muy especialmente en el marco de una sociedad con balance de poderes que pueda mantener el equilibrio entre la aplicación de justicia y el respeto a los derechos humanos.

Por otro lado, hay que revisar seriamente qué está sucediendo con la institución policial en el país. Sueldos, beneficios, compensaciones, formación. Un buen funcionario que desee hacer su trabajo, se encontraría de manos atadas ante el deterioro de esa institucionalidad en el país.

Y hablando del aspecto preventivo, cabe preguntarse qué está sucediendo con nuestra educación. ¿Se educa actualmente en Venezuela para la paz? ¿Se inculcan esos valores y principios a los ciudadanos en formación? ¿Se ofrece un sólido ejemplo de respeto a la vida y a la propiedad?

¿Hay esperanza para los jóvenes? ¿Pueden insertarse en una sociedad donde con estudio y trabajo sean productivos? ¿Pueden aspirar a una vida con calidad? Lamentablemente la respuesta no es positiva en este momento. Y la desesperanza es un fardo muy pesado.

No se están creando tampoco los urgentes espacios para la cultura y el deporte, que son no solamente actividades formativas; sino también antídotos para la delincuencia. La aparición de instalaciones que permitan la práctica de estas disciplinas va muy lejos de la enorme necesidad de las mismas; eso para no hablar del deterioro de las instalaciones existentes, invadidas por la desidia y el desinterés.

Y en este mismo sentido opera el deterioro general de nuestro entorno. La pérdida del sentido del espacio público y urbano, la oscuridad en las calles y la falta de mantenimiento que termina por colonizarlo todo, es fértil abono para actividades ilícitas.

Nos falta piso como ciudadanos. Instituciones sólidas, formación en valores, castigo para el transgresor. Hasta que eso no se concientice y se accione en función de ello, no habrá alcabala, operativo ni recolección de armas que valga. Y seguiremos perdiendo vidas a manos del hampa.

Es enorme la tarea, y debe ser ejecutada conjuntamente por especialistas y ciudadanos, trabajando hombro a hombro. Pero sí es posible. Muchas sociedades lo han demostrado. ¿Estamos dispuestos?


sábado, 25 de junio de 2016

“Perú avanza”

David Uzcátegui
@DavidUzcategui

Con la toma de posesión del nuevo presidente electo de Perú, Pedro Pablo Kuczynski, la hermana nación sudamericana completa un impecable proceso electoral que consolida la paz por la cual tanto han trabajado y que se ha cristalizado en los últimos años, no sin sobresaltos.

Kuczynski, también conocido como “PPK” por sus iniciales, nació en Lima el 3 de octubre de 1938. Jugó con sus propias iniciales al bautizar a su movimiento político como “Peruanos Por el Kambio”.  Estudió Filosofía, Economía y Política en la Universidad de Oxford, en el Reino Unido; y un postgrado en Economía en la Universidad de Princeton, Estados Unidos.

En la primera presidencia de Fernando Belaunde Terry fue asesor económico y gerente general del Banco Central de Reserva del Perú. También fue parte del gobierno de Alejandro Toledo como ministro de Economía y Finanzas, así como Presidente del Consejo de Ministros.

Su formación y experiencia se enfrentaron en los comicios a la polémica Keiko Fujimori, cuyo padre, Alberto Fujimori, aún divide apasionadamente a los peruanos tras haber violentado normas constitucionales que lo llevaron a ser calificado como dictador –el recordado “fujimorazo” que disolvió al Congreso”; aunque sus defensores reivindican obras como el saneamiento económico y la erradicación de la guerrilla de Sendero Luminoso.

Otro fantasma vencido en el Perú actual, fue el temor de que el presidente saliente Ollanta Humala se desviara de los usos democráticos, marcado por la asonada militar que protagonizó junto a su hermano Antauro. Los agoreros pronósticos afortunadamente no se consumaron y Humala cumplió su mandato en los términos previstos para entregar sin contratiempos.

Se superó airosamente una segunda vuelta, a la cual fueron con cerrada diferencia y empate técnico, tras ganar Keiko la primera, lo cual mantuvo en suspenso a la gente. Sin embargo, más allá del calor habitual de los procesos electorales en América Latina, no ocurrieron incidentes que lamentar.

Los destinos de nuestros países están interrelacionados, y la culminación exitosa de un proceso electoral en alguno de ellos, es motivo de celebración para todos.


viernes, 13 de mayo de 2016

“Prensa y libertad”

David Uzcátegui
@DavidUzcategui 

Tras haber celebrado recientemente el Día de la Libertad de Prensa, quedan numerosas reflexiones por hacer, de cara a haber escuchado las inquietudes que tienen los profesionales de este gremio respecto al ejercicio de su trabajo.

Es lamentable que este día se conmemore leyendo que por el mundo entero existen periodistas encarcelados y torturados, para no hablar de las ejecuciones de estos trabajadores realizadas por grupos extremistas y difundidas en videos que conmovieron al mundo.

Lo primero que hay que decir, es que no hay democracia sin prensa libre; la que es el contrapoder de las sociedades, tal como se puede ver en ejemplos como el del caso Watergate, en el cual la denuncia de dos periodistas del periódico The Washington Post terminó precipitando la renuncia del presidente de Estados Unidos.

Entre las urgentes demandas escuchadas de los periodistas venezolanos en este día, destacaron –por lo preocupantes- la necesidad del cese de las agresiones que sufren los reporteros en el ejercicio de sus funciones en las calles.

Igualmente, también solicitaron por parte del Estado venezolano una mayor eficiencia en el procesamiento de sus denuncias al respecto; ya que como norma siempre caen en saco roto, cultivándose así la impunidad, que solamente abona el terreno para que estas preocupantes situaciones violentas se repitan con mayor frecuencia.

Informar no es delito. Cuando alguna de estas inquietantes noticias que hoy vemos los venezolanos conmueva a la opinión pública, hay que volver la mirada crítica hacia el hecho en sí y no hacia quien lo reseñó. Se trata de alguien que está haciendo su trabajo y que no tiene responsabilidad alguna en que los sucesos se hayan desenvuelto en la manera en la que ocurrieron.

Ciertamente, en Venezuela estamos lejos de los extremos mencionados unas líneas más arriba… pero, ¿hasta cuándo? Porque si no se pone un límite a lo que sucede, las cosas empeorarán hasta hacer de la agresión al periodista parte de una cultura. ¿Es lo que queremos para nuestro país? Estamos seguros de que la inmensa mayoría democrática de los venezolanos responderemos con un tajante “No”.


viernes, 25 de marzo de 2016

“Un yanki en Cuba”

David Uzcátegui
@DavidUzcategui

Con el título de este artículo parafraseamos la novela de Mark Twain “Un yanqui en la corte del Rey Arturo”, pero esto va más allá de un juego de palabras. Como el protagonista de la mencionada obra literaria -que llega a la Inglaterra medieval cargado de los adelantos del siglo XIX- los cubanos y el mundo esperan que con la visita de Barack Obama, el siglo XXI arribe de una vez por todas a Cuba.

No es poco el revuelo mundial que ha causado el progresivo descongelamiento de las relaciones entre Estados Unidos y la mayor de las Antillas. Un anacrónico barco a la deriva de la Guerra Fría, con más de 50 años, mantenía en punto muerto el vínculo entre ambas naciones vecinas.

Y por supuesto, el acercamiento ha traído polémica. Lo primero que temen –no sin razón- los defensores de los derechos humanos es que la presencia del inquilino de la Casa Blanca sirva para legitimar la tantas veces denunciada persecución a la disidencia de la isla. Y adicionalmente, para dar un visto bueno a las prácticas alejadas de la democracia que son conocidas del mundo entero.

Lo primero que hay que decir, es que lo peor que puede suceder es la inacción. El juego ha estado trancado por décadas, todo lo hecho hasta el momento no ha servido para levantar la derruida economía de la isla y por lo tanto, la gente sigue padeciendo la penuria como forma de vida. En esta situación, aplica aquella sabia máxima: “Si siempre haces lo que siempre has hecho, siempre obtendrás lo que siempre has obtenido”. Era urgente intentar algo nuevo.

Hay quienes aseguran que Obama se lanzó la arriesgada jugada porque quería pasar a la historia. No es algo ilegítimo, siempre y cuando esa ambición personal –y hasta egoísta, sí- se concrete a través de una acción que deje al mundo mejor.

No está de más recordar al muy republicano y conservador Ronald Reagan dándose la mano con el líder soviético Mijaíl Gorbachov y ayudando con un empujoncito a la caída del oprobioso Muro de Berlín y de toda la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas.

Y no es que Reagan haya generado tal desenlace. Toda esa estructura cayó sola, por su peso, por su ineficiencia, por estar en la antípoda de las más elevadas y legítimas aspiraciones humanas que se reducen a una palabra: libertad. Lo destacable es cómo Reagan supo leer los tiempos y ayudar a la historia en la dirección correcta. Cosa que por cierto, también hizo Gorbachov.

Sobra decir que la Casa Blanca no da puntada sin dedal y que también debe estar leyendo entre líneas cosas que para el común de los mortales están vedadas. Esta vez es un demócrata quien hace una jugada audaz. Jugada que, por cierto, anticipamos desde estas líneas y no con dotes sobrenaturales, sino simplemente deduciendo que un presidente que va de salida y a quien no le toca reelección siempre apuesta por una despedida grandiosa, aunque sea polémica, ya que no deberá afrontar de nuevo el juicio de los votos.

Del otro lado, hay que tomar nota del pragmatismo de Raúl Castro: la bandera proscrita por casi 60 años, hoy ondea tranquilamente por toda la isla; las barras y estrellas están en el atuendo de los ciudadanos y se han convertido en un fetiche de moda. 

Tras ello, no hay mucho que decir: el agotamiento del improductivo modelo cubano, que llevó ruina no solamente a la propia patria de Martí, sino a toda latitud donde fue exportado.  Al castrismo no le queda sino abrirse. ¿Cómo, cuándo, hasta qué límite? La respuesta la dará el tiempo; pero la ruta es esa.

¿Llegarán las inversiones? ¿El internet libre? ¿Qué sucederá con los presos de conciencia y con agrupaciones disidentes como las Damas de Blanco? ¿Se podrá detener la tragedia de los balseros?

La cubana Yoani Sánchez apunta en su blog Generación Y, que es enorme la esperanza que llega con el emisario de Washington. Entre otras cosas, por tratarse de un mandatario de color, en una isla donde hay todos los matices de piel y con una elevada población mestiza.

Ante el estamento habanero que está cercano a arribar a seis décadas –y que adicionalmente es de piel blanca-, no puede menos que producirse una enorme identificación de la gente, según Sánchez.

En Estados Unidos en 1955, Rosa Parks fue arrestada por no ceder su puesto a un blanco en un autobús. Y 53 años después, Barack Obama se convierte en presidente, demostrando cómo ese país es capaz de evolucionar y transformarse. Algo que quieren los cubanos para ellos: cambio.

Lo que deben tener presente de aquí en adelante tanto Obama como sus detractores, es que lo que importa es la gente. La calidad de vida de los cubanos es un asunto largamente postergado y definitivamente prioritario. Demos un voto de confianza a esta vuelta de tuerca y confiemos en que sea para bien de todos.


viernes, 11 de marzo de 2016

“Tumeremo, o nada asombra”

David Uzcátegui
@DavidUzcategui

Lo que hasta hoy se dibuja como una dantesca masacre de veintiocho mineros ocurrida días atrás en Tumeremo, estado Bolívar, tiene, a nuestro modo de ver, dos lecturas: la aberración del hecho en sí y la extrapolación del mismo como un síntoma de lo que hoy padece Venezuela.

Cabe preguntarse cuál es el concepto de soberanía que tenemos sobre nuestro territorio, cuando hechos como el cuestionado demuestran que los límites de nuestra patria están descuidados, por decir lo menos, y que la irregularidad es la cotidianidad en esas latitudes.

Es más, escapa de nuestra percepción hasta dónde se puede llegar en territorios tan alejados, cuando ya en nuestras grandes ciudades se han perdido los límites de cualquier tipo en cuanto al más elemental respeto a la vida.

Cuando los venezolanos enfrentamos hechos atroces, como el mencionado, que dibujan hasta qué límite el gobierno ha perdido el control sobre el país, suelen darse lamentables situaciones como consecuencia, que no hacen sino reafirmar lo que hoy aquí afirmamos.

Los diversos voceros gubernamentales no se ponen de acuerdo, y las contradicciones entre las distintas declaraciones no hacen más que poner de manifiesto que algo hay oculto. Sobran por cierto, epítetos fuera de lugar, como “las declaraciones de la derecha”. Es un insulto a todos los venezolanos el querer distraer la atención de los hechos con cortinas de humos tan desgastadas.

¿Por qué mientras unos voceros niegan a priori los sucesos, otros dicen que “hay indicios” y otros más culpan –también a priori- a paramilitares? ¿Son los paramilitares culpables de algo que no ocurrió? ¿Ocultan algo estos funcionarios? ¿O es simplemente un síntoma de que no tienen ni idea de lo que sucede en sus jurisdicciones?

Es penoso ver que un pueblo indignado protesta por sus muertos y que las fuerzas de seguridad van a contener la indignación, cuando no tuvieron la capacidad de evitar la tragedia. Todos los venezolanos compartimos en mayor o menor grado una devastadora sensación de desamparo ante la violencia que se lleva vidas constantemente en esta tierra.

Quizá lo más triste que pueda relatar un país es su desconfianza ante los cuerpos que se supone existen para cuidar a su gente.

También vemos cómo las redes sociales de esta segunda década del siglo XXI permean la muralla de desinformación que intentan construir quienes ingenuamente creen que el agua se puede guardar en un puño.

Daría risa si no fuera tan triste, el ver cómo funcionarios de todo rango intentan construir medias verdades cuando las certezas las desmienten en forma avasallante, porque destiñen en cosa de horas lo que nos e ajuste a los hechos, documentados por los implacables reporteros ciudadanos y los omnipresentes celulares.

Preocupa e inquieta que el pueblo y la GNB estén en la calle a la vez en el sector de los hechos. Ambos en extremos opuestos de las versiones de lo sucedido. Bajo miedo, rabia y tensión. ¿De qué padecemos, de qué nos enfermamos como nación?

Otro testimonio de agradecimiento hay que darlo a los medios independientes, especialmente a los regionales, quienes valientemente han ido reconstruyendo por cuentagotas y a contrapelo, lo que parece haber sucedido. Y que pinta algo tan sórdido, que nos lleva a exigir que se siga adelante, porque tenemos derecho a saber, y tenemos derecho a la justicia.

Muchos autoproclamados defensores de los derechos humanos, que se desgarran las vestiduras por masacres del pasado o de otras latitudes, guardan un silencio vergonzoso y cómplice ante lo que hoy nos conmueve a todos. Estos hechos dejan al desnudo sus sesgos ante la opinión pública.

Ni los paramilitares ni las bandas son disculpa alguna ante la omisión de los funcionarios obligados a resguardar a nuestros compatriotas y nuestro territorio. Hay declaraciones de personeros del gobierno que parecen sonar adecuadas. Ojala entre la palabra y los hechos medie una distancia demasiado grande. Ya nos hemos acostumbrado demasiado a no confiar.

Hay sobrevivientes y las verdades comienzan a salir. De distintos rincones de los alrededores aparecen testigos y sobrevivientes de lo que sucedió.  Hay quienes se empeñan en callar y ocultar. Mientras otros tantos no se dejan expropiar su verdad. Y los venezolanos seguiremos atentos ante esta consternación nacional.

En situaciones como esta es cuando agradecemos y valoramos tener una Asamblea Nacional independiente del poder Ejecutivo, que se constituya en una alternativa para decir lo que se calla, y para investigar en lo oscuro y profundo de lo que desconocemos. 

Sin duda es un gran logro, por el cual debemos felicitarnos a nosotros mismos, ya que parece ser el único cable a tierra en estos tiempos de anomia generalizada.


viernes, 4 de marzo de 2016

“Un derecho de los venezolanos”

David Uzcátegui
@DavidUzcategui

La discusión prioritaria entre las fuerzas democráticas que hoy ostentan la mayoría en la Asamblea Nacional, es en este momento, ubicar el mecanismo constitucional para lograr el cambio de gobierno.

Sí, así, con todas sus letras. No se trata de un despropósito, ni mucho menos de una blasfemia. Porque la alternabilidad en el poder es uno de los elementos de la democracia. Adicionalmente, el poder no pertenece a parcialidad alguna y quien lo ejerce está sujeto al escrutinio del pueblo, a quien debe rendir cuentas y quien tiene la facultad de relevarlo de sus funciones.

Lamentablemente para todos, el trieno madurista está plagado de una cantidad de signos y síntomas que nos dicen que la conducción del país requiere un urgente cambio de rumbo.

Adicionalmente, no renuncia a su estilo pendenciero y de confrontación, retando e insultando permanentemente con su acostumbrado vocabulario belicista al nuevo parlamento, recientemente elegido por la mayoría de los venezolanos y con el cual convendría trabajar conjuntamente en lugar de intentar ponerlo contra la pared a la fuerza.

Finalmente, su insistencia en achacar el caos que padecemos a factores externos como El Niño, la iguana, la guerra económica y la caída de los precios petroleros, es una confesión de que perdió el control y de que no encuentra la manera de retornar a un rumbo productivo y de paz.

Estamos en un urgente momento que demanda acuerdos y trabajo conjunto; pero el Ejecutivo nacional, atrincherado en su soberbia, no parece percibirlo. El gobierno en definitiva, no tiene la menor intención de cambiar.

Por ello, los venezolanos estamos decididos a hacer uso de nuestro derecho a empuñar la Constitución Nacional para revisar cuáles son las alternativas que su letra nos ofrece para dejar en el pasado esta etapa adversa y oscura de nuestra historia y abrir la puerta a cambios que más que urgentes, son literalmente de vida o muerte.

En las páginas de la Carta Magna podemos encontrar el referéndum revocatorio, la enmienda o reforma constitucional, el abandono del cargo y la Asamblea Constituyente como opciones, todas válidas, para poner fin al actual mandato del Ejecutivo y poder hacerle el tan urgente “reseteo” a Venezuela.

El revocatorio puede ser convocado por solicitud del 20% del electorado inscrito en el Consejo Nacional Electoral o por requerimiento de la mayoría de los diputados de la AN. Se puede activar a partir de la mitad del mandato, a la cual justamente estamos llegando.

Mucha gente teme que, si son los electores quienes solicitan la activación del refrendo, se active una nueva “Lista Tascón”, aquel tristemente recordado instrumento que sirvió para perseguir a quienes solicitaron el revocatorio de 2004.

También existen los precedentes del retraso del CNE en la activación del referendo, lo cual llevaría a que, si demora más de un año, el período sea terminado por el actual vicepresidente.

Tanto la reforma como la enmienda constitucional, son mecanismos en manos de la mayoría de la Asamblea Nacional, pero deben pasar por un referendo aprobatorio de los cambios, que se centrarían en acortar el período presidencial. Habría que enfrentar en el camino, los pareceres del CNE y del Tribunal Supremo de Justicia.

La Constituyente puede ser activada por las dos terceras partes de la Asamblea o el 15 por ciento de los inscritos en el registro electoral. A diferencia del revocatorio, el proceso de recolección de firmas no está regulado por el CNE.

El Presidente no podrá objetar la nueva Constitución y los otros poderes públicos no podrán impedir las decisiones de la Asamblea Constituyente. De hecho, la Constituyente asume el poder supremo de la República por encima de los poderes existentes, que deben poner sus cargos a disposición. Posteriormente, con una nueva Constitución, se convocan a elecciones para renovar todos los cargos de elección popular.

Finalmente, la renuncia, implicaría un acto de responsabilidad y desprendimiento voluntario del mandatario actual, el cual solo depende de su propia voluntad y que, evidentemente, no tiene intención de ejecutar. Mientras el abandono del cargo podría justificarse bajo la impericia con la cual está siendo manejando el país.

De todo este grupo de mecanismos legítimos que son un derecho de los venezolanos, las fuerzas alternativas democráticas escogerán el que consideren más idóneos, valiéndose de la representación que la mayoría de los venezolanos le otorgamos.

Apoyar esta decisión hasta lograr el cambio que tanto nos urge, es un acto de responsabilidad ciudadana, apremiado por la necesaria urgencia de salvar al país de la peor crisis de su historia.

viernes, 12 de febrero de 2016

“Nuevas costumbres”

David Uzcátegui
@DavidUzcategui

Las nuevas situaciones que estamos viviendo actualmente en Venezuela, tienden a modificar comportamientos hasta ahora tradicionales en la ciudadanía. Es el caso de los asuetos, como el recién pasado de carnaval, en los cuales la gente tendía a salir masivamente a disfrutar por unos días. Pero ahora, parece que no lo hacen tanto como antes.

El gobernador del estado Miranda, Henrique Capriles, manifestó que los temporadistas en la entidad a su cargo disminuyeron en aproximadamente te 40%, un dato a tomar en cuenta si consideramos que las tradicionales costas mirandinas son uno de los desahogos de los vacacionistas del centro del país en los asuetos cortos, como el que nos ocupa hoy.

Otros ejecutivos regionales y locales, así como medios de comunicación diversos, reportaron también la disminución de turistas en playas tradicionales y en aeropuertos emblemáticos, como el de Maiquetía, con lo cual, en mayor o menor porcentaje, el llamativo fenómeno se repitió.

Y creemos que es llamativo, porque la cifra de viajeros tiende a mantenerse o a aumentar; rara vez a disminuir, y menos aún en proporciones tan notables.

Habría que detenerse a revisar esto y poner la lupa en cuáles son las causas para que se modifique la conducta de la ciudadanía, especialmente en unos días feriados que son para el disfrute familiar y que tradicionalmente se han prestado para movilizaciones multitudinarias, a fin de disfrutar de un merecido descanso y unos días de esparcimiento.

Capriles, en las declaraciones referidas, subraya el hecho de que el dinero cada vez rinde menos y se hace más difícil para una familia completa el intentar vacacionar. Si los gastos varios de alojamiento, comida y transporte se deben multiplicar por 4 o 5 personas, amén de la conocida inflación que nos ha afectado en los últimos tiempos, cada vez menos gente puede abordar semejante erogación.

Ni siquiera en destinos tan populares como las playas, que se cuentan entre los más solidarios. Ni en un fin de semana largo como el de carnavales, el cual debería resultar mucho más asequible que unas vacaciones de mayor aliento.

Lo aquí comentado podría perecer un acto de frivolidad, ante prioridades más urgentes que inquietan a la ciudadanía, como lo son las situaciones con comida y medicinas. Pero he aquí que cuando hablamos de calidad de vida para nuestra gente, eso incluye también el sano esparcimiento, el tiempo necesario y estipulado para alejarse de las responsabilidades y compartir entre familia y amigos; más aún cuando nuestra nación ofrece tantas opciones atractivas para vacacionar y definitivamente existen para todos los presupuestos. Pero parece que ya ni siquiera las más competitivas están al alcance de la familia venezolana. Y esto es una señal de alerta en cuanto al deterioro del bolsillo del pueblo.

Adicionalmente, recordemos que las tradicionales poblaciones turísticas de nuestra geografía comprenden a miles y miles de trabajadores que viven de lo que gastan los visitantes y así ha sido tradicionalmente por muchos años.

El hecho de que disminuya tan drásticamente el consumo de bienes y servicios en estos lugares, augura una contracción en la economía de los trabajadores del sector, lo cual suma a un círculo vicioso en el cual el alza de los precios aunada al menor ingreso, deteriore las expectativas de crecimiento de quienes se dedican a esta actividad, a la cual por cierto deberíamos apostar para nuestro desarrollo económico como país.

Y ya no se trata solamente de incentivar desde los ejecutivos regionales y locales las visitas a determinadas regiones, trabajo que por cierto muchos hacen hasta el alcance de sus posibilidades. Estamos hablando de que los potenciales visitantes tengan realmente la disponibilidad económica para pagar transporte, comida y alojamiento, para consumir en los lugares que visitan y para que de esta manera pequeños y medianos emprendedores de las regiones más atractivas de nuestra patria puedan edificar su independencia económica sobre una actividad que le aporta a nuestro nombre como país, creando un círculo virtuoso que nos beneficie a todos.

Las causas de por qué se contrajo la actividad turística en estos carnavales recién celebrados, son complejas y no alcanzaríamos a analizarlas en esta nota. Por demás no es el tema. Pero sí queremos insistir en que se trata de un tema que no podemos pasar de largo.

Ya de regreso en nuestros hogares y enfrentados de nuevo a la cotidianidad, ponemos de nuevo al fe en la dirigencia que tiene en sus manos el destino del país para enderezar el rumbo y no seguir siendo víctimas de una involución que nos está quitando hasta el derecho a escapar por un rato de nuestros problemas.

viernes, 5 de febrero de 2016

“Propietarios”

David Uzcátegui
@DavidUzcategui

Desde hace tiempo, una de las propuestas de la Mesa de la Unidad Democrática en caso de alcanzar mayoría en el poder Legislativo, era entregar la propiedad de los inmuebles de la Gran Misión Vivienda Venezuela a sus beneficiarios.

Llegada la mayoría de los candidatos de la MUD a sus curules en la AN, se coloco entre los temas pendientes en la agenda legislativa. Pero he aquí que se ha producido un interesante y curioso debate al respecto.

El poder Ejecutivo se ha mostrado en desacuerdo con la iniciativa que comentamos, y parece que es por algo más que el viejo mal de la política de contradecir al opositor por el simple hecho de serlo.

Para hacer corto el cuento, uno de los conflictos que echa leña al enfrentamiento actual entre los dos poderes, es este. Y las razones son como para no entenderlas.

En principio, el alegato de la bancada democrática es que los habitantes de la Misión Vivienda son pisatarios, a quienes hay que convertir en propietarios. Es decir, los adjudicados tienen el uso y disfrute de esas unidades habitacionales, pero no les pertenecen por ley.  Consideramos, al igual que la mayoría de los venezolanos, que esta es una grave omisión que tiene que ser corregida.

Al finalizar la primera semana de noviembre de 2015, el diputado Julio Borges, quien se ha ocupado del tema, afirmó que para ese momento, deberían haberse entregado 342 mil  viviendas para cumplir la meta de 400 mil que anunciaron a comienzos del pasado año;  Pero la denominada “Operación Lupa” llevada a cabo por activistas de la MUD, aseguraba que hasta ese momento,  no se había llegado a las 35 mil viviendas entregadas.

De estas contradicciones, se desprenden inconsistencias numéricas que la bancada mayoritaria pretende investigar, lo cual es sin duda un paso ineludible para proceder a la entrega de la titularidad de las viviendas.

En esta auditoría no existe ninguna intención más allá de saber realmente con qué número de unidades se cuenta en el país, acción necesaria para saber qué terreno pisamos en ese sentido. Y hay que aclarar, por ejemplo, el hecho de que se estarían incluyendo presuntamente, unidades refaccionadas que no son de nueva construcción.

Se asegura que el nuevo marco legislativo dejaría desprotegidos a los adjudicados cuando la intención es exactamente la contraria: blindarlos contra los vaivenes que puedan atentar contra su seguridad respecto a su techo.

¿Se utiliza esta figura vaga y nebulosa de la actualidad para chantajear a los beneficiados de la GMVV? A los hechos nos remitimos. El primer mandatario nacional amenazó con no construir quinientas mil nuevas viviendas ya previstas, debido a que la mayoría del pueblo no había apoyado su opción política en las elecciones del pasado 6 de diciembre.

Y la satanización de la iniciativa continúa, afirmándose ahora que se quiere “privatizar” a la Misión Vivienda. Ese adjetivo es reiteradamente utilizado por voceros oficialistas como sinónimo de todo el mal posible; cuando resulta que la propiedad es un derecho universal e inalienable del ser humano, contenido, por su fuera poco, en la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela.

Otro de los retruécanos utilizados por la vocería de la tolda roja, es afirmar que la nueva condición legal de esos hogares dispararía la inflación en el sector inmobiliario, cuando es exactamente lo contrario: el saneamiento y la sinceración de la condición legal de estos venezolanos y sus techos, contribuiría a bajar la presión en un mercado de viviendas exhausto por la escasa oferta proveniente del sector particular, debido a la enorme dificultad para encontrar insumos de construcción.

Sí, muy probablemente el valor de estos inmuebles se robustecería al sincerar su situación legal, y al colocar un piso jurídico para que los propietarios –ahora sí, con todas sus letras- emprendan mejoras que los beneficiarán. Pero este incremento beneficiaría directamente a las familias propietarias y a nadie más. Cualquier otra aseveración es un vano intento por invocar a algún “coco” que meta miedo en una oscuridad que ya comienza a disiparse.

Suscribimos pues, la afirmación de que cada persona debe ser dueña de la vivienda que lo cobija, para que así se vena motivados y se sientan seguros al cuidarla y mejorarla; para que le puedan dejar una herencia a sus hijos y para que el sentido de propiedad haga crecer a los ciudadanos beneficiados con un patrimonio sólido, circunstancia necesaria para una calidad de vida realmente digna. Como han dicho los voceros unitarios, que la familia tenga derecho pleno sin adjetivos, ni apellidos. La propiedad con limitaciones, no es propiedad.