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viernes, 15 de junio de 2018

“Cada vez será peor”

Si bien el actual panorama general de Venezuela inquieta -y con sobrada razón- a muchos, lo más perturbador es el hecho de que esta situación no sea abordada con celeridad y efectividad por quienes hoy están al frente del país.

Y queremos subrayar este asunto, porque desde nuestro punto de vista, no es tan grave el hecho de que nuestros indicadores como nación muestren cifras negativas, si lo comparamos con lo que pueden llegar a ser en el corto plazo. O peor aún, a largo término, si se insiste en la equivocada política de negarlos, de esconderlos y por tanto de no accionar para superarlos y encauzarnos positivamente.

Debemos recordar que Venezuela cerró 2017 con una caída del Producto Interno Bruto de 15%, según cálculos de la comisión especializada de la Asamblea Nacional, especializada en el tema.

La cifra fue suministrada en su momento por el diputado Rafael Guzmán, miembro de la Comisión de Finanzas del Parlamento, que se ha encargado de difundir indicadores económicos, debido a que el Banco Central de Venezuela no los publica con la regularidad esperada.

Los cálculos del Fondo Monetario Internacional en su última proyección sobre la actividad económica de Venezuela, están bastante cercanos a los números de la AN. El organismo señala que el país sufrirá una caída del 15% del PIB en 2018. El año pasado -según ellos-, la caída de este indicador fue del 14%, apenas un punto porcentual de diferencia con el citado por el diputado Guzmán. Vamos a promediarlo en 14,5% como solución salomónica.

Mientras tanto, en 2016 -siempre según el FMI- el descenso fue del 16,5%. En total, la actividad económica del país se ha reducido un 45,5% en tres años, si es que se cumple la estimación para el período en curso. En el último lustro, de acuerdo a esta fuente, el país ha perdido la mitad de su Producto Interior Bruto.

A esto se une una inflación que ya superó las cinco cifras anualizadas y que, para esta misma entidad, se debe a "profundos déficits fiscales y la pérdida de confianza en la moneda nacional". En otras palabras, los elementos para una tormenta perfecta están todos servidos.

De manera paralela, y como lo hemos comentado en semanas anteriores en este mismo espacio, la producción y venta de petróleo también sigue descendiendo. Y no estamos descubriendo el agua tibia ni diciendo ninguna novedad.

De acuerdo con la información suministrada por las autoridades venezolanas a la OPEP y citada por el Diario Las Américas, en febrero de este año el país produjo 37% menos petróleo respecto a febrero de 2016.

Según el experto petrolero José Toro Hardy, con la producción disminuida, el impacto del incremento de los precios petroleros en el ingreso por exportaciones de hidrocarburos es definitivamente pequeño.

Tras esto se encuentra sin duda el terrible ciclo perverso de la economía venezolana, el cual no es otro que malgastar la bonanza petrolera, para que los tiempos adversos nos sorprendan siempre, una y otra vez, sin ahorros.

Sim embargo, en esta nueva reedición del eterno error nacional hay un agravante: de Petróleos de Venezuela fueron expulsados miles de trabajadores calificados. Los sustituyeron por personal sin conocimiento del área petrolera, pero incondicionales a una parcialidad política. Esta decisión errada significó el sepelio de la PDVSA productiva. Todo ello explica el escenario en el cual se encuentra estancada hoy nuestra patria.

Pintamos todo este panorama de causas y consecuencias para llegar a una conclusión: la recuperación de Venezuela costará dinero, mucho dinero. Un dinero que no tenemos, que cada vez producimos en menor cantidad. Un dinero que tendrá que venir de fuentes externas, de financiamiento.

Un dinero que costará cada vez más, porque lo que se llama el riesgo-país es cada vez mayor. Estamos hablando de todo riesgo inherente a operaciones transnacionales y, en particular, a los financiamientos de un país a otro. Sin entrar en detalles, tenemos el más alto del mundo, el único con cuatro cifras.

Cada vez necesitaremos más, cada vez produciremos menos, cada vez será más costoso en términos de confianza e intereses el abordar esas ayudas ineludibles. Estamos hablando, por supuesto, en caso de seguir por este sendero que ya ha demostrado desde hacer rato estar equivocado, por ser inviable y por atentar contra la más elemental calidad de vida de los venezolanos.

¿Hay solución? Sí. Como expresara el economista Jesús Casique en su cuenta Twitter: “La hiperinflación durará el tiempo que el Gobierno decida cambiar el modelo económico”. La solución es extremadamente sencilla: es tomar una decisión. Es dar un golpe de timón y cambiar de rumbo. Pero para ello, se necesita la voluntad de quienes tiene en sus manos la posibilidad de tomar dicha decisión. ¿La hay? ¿Y los cambios para cuándo?

David Uzcátegui
Twitter: @DavidUzcategui
Instagram: @DUzcategui

viernes, 18 de agosto de 2017

¿Y si se pudiera?

David Uzcátegui
@DavidUzcategui

Con un país más dividido que nunca, con el foco más perdido, con un enfrentamiento que construye poco y destruye mucho de lo que queda, cabe preguntarse cómo llegamos esto, y cómo salimos.

Sobre la primera pregunta cada quien tiene su hipótesis y su versión y por ello no vamos a abundar: por lo extenso de la respuesta y porque, dentro de la complejidad que atravesamos, todo es según el color del cristal con que se mire.

Sobre la segunda pregunta, muchos han dado respuestas, y en ello hemos tratado de contribuir en la medida de nuestras posibilidades, desde los espacios de los cuales disponemos.

Venezuela cuenta con el recurso humano capacitado para revertir la más complicada crisis de nuestra historia, y, como lo hemos dicho antes, es simplemente un asunto de voluntad política. Una voluntad que, lamentablemente y al momento actual, no avizoramos por ninguna parte y que nos hace sentir cada vez más, que hablamos a la nada, a la pared.

¿Por qué insistir entonces en hablar de soluciones, si estamos en un diálogo de sordos? Como dijimos al principio, por foco.

Nos dirijamos donde nos dirijamos, conviene recordar cuál es el rumbo que deberíamos tener, no podemos olvidarlo, y menos aun cuando, ya para lo que queda es para darnos cuenta de cuán desviados estamos, de cuánta energía se está gastando en asuntos no medulares y para que, algún día, fe mediante, retomemos el carril.

Asombra, por ejemplo, cómo el tema económico está tan desatendido. Desde esta esquina insistimos en colocarlo en el eje de cualquier agenda, porque está íntimamente ligado al bienestar de la gente. Como hemos podido ver en los últimos años, las decisiones erradas en este ámbito se llevan por delante sin piedad el poder adquisitivo de la ciudadanía y con él, su calidad de vida.

Hemos visto, por ejemplo, que la canasta básica ha escalado en precios sin detenerse. En julio de 2017 arribó a Bs. 2.043.083,39, lo cual marca un aumentó Bs. 304.932,84 (3.1 salarios mínimos) y de 17,5%, con respecto al mes de junio de 2017. La variación anualizada para el período julio 2017 / julio 2016 es 339,3%, o Bs. 1.578.048,60, que se traduce en 16.2 salarios mínimos (Bs. 97.531,56).

Esto, por tomar solamente un ejemplo de la desfiguración de nuestra economía y de cómo impacta directamente a los venezolanos en un tema tan medular como lo es el sustento.

En otro de los temas tan graves como ignorados, seguimos viendo como el control cambiario, lejos de ayudar a solucionar la compleja situación nacional, la complica a niveles exponenciales.

El asunto cambiario tiene muchas aristas, pero quizá la más innegable es cómo el sistema está desbordado para asignar divisas a una economía que importa prácticamente todo.

La burocratización de un Estado desmesuradamente enorme, que interviene y fiscaliza cada actividad, se hace especialmente patente en el sistema de divisas venezolano, nos atrevemos a afirmar que el más complicado y engorroso del planeta.

Valga la mención del asunto para preguntarnos qué sucede también con la empresa privada, a la cual no solamente se le ha quitado el apoyo. También se le ha señalado y estigmatizado, poniendo contra la pared a uno de los pilares fundamentales de cualquier país.

Es por ello que tenemos la llamada “economía de puerto”, porque cada vez producimos menos adentro de nuestras fronteras.

Los gobiernos del mundo se ocupan permanentemente de generar cuanta confianza sea posible, para consolidar las inversiones internas y atraer las foráneas, para generar empleo y bienes que hagan próspera a sus respectivas tierras.

Aquí, el discurso y las acciones incendiarias han alejado la inversión extranjera, mientras que la nacional está de manos atadas o ha optado por buscar también otros horizontes fuera de la patria para poder seguir creciendo. Y no hay traición alguna en un acto de la más elemental supervivencia.

Allí está nuestro enorme y envidiable potencial turístico, que jamás pasará de potencial sin la infraestructura y sin el personal entrenado que se necesitan para de verdad convertir en potencia esas playas, y esos paisajes tan únicos como olvidados.

La tierra abandonada hoy porque quienes las cultivaban no tienen seguridad de ningún tipo, olvidando que no solamente teníamos rubros en los cuales nos autoabastecíamos, sino que incluso exportábamos, porque estamos en uno de los suelos más generosos del mundo. Tan generoso como desperdiciado.

Y así, podemos hacer interminable el extenso listado de las potencialidades que tenemos frente a la nariz y que son desperdiciadas por una diatriba estéril que a nada conduce.

Alarma pues, cómo se le da la espalda todo lo que se podría hacer por Venezuela, para que sea grande de verdad. ¿Cuándo podrá ser este el eje de una acción de gobierno?

viernes, 11 de agosto de 2017

“Soluciones”

David Uzcátegui
@DavidUzcategui

Los venezolanos amanecemos con el país más dividido que nunca. Con una Asamblea Nacional Constituyente realizada de una manera distinta a la establecida en la Carta Magna vigente, y que no tiene nada que ver con la que se celebrara en 1999, que es la referencia jurídica para cualquier otra iniciativa similar.

Nuestro parlamento, electo masivamente en los comicios de diciembre de 2015, ha sido desplazado y se intenta minimizar su capacidad de acción.

Igualmente, se emprenden acciones legales contra alcaldes electos democráticamente y se sigue buscando reducir por cualquier método cada eco de disidencia, de pensar distinto.

En medio de este escenario, nos preguntamos: ¿Piensa hacer algo la Asamblea Nacional Constituyente por el bienestar de los venezolanos?

Porque, en medio de la diatriba que nos ha consumido en las últimas semanas, los precios siguen disparados, y la calidad de vida se hace sal y agua. El empleo no se recupera, la economía se mueve en cámara lenta, no se visualiza una solución a la situación de las medicinas y los pañitos calientes inventados desde el poder Ejecutivo están muy lejos de ser suficientes.

La confrontación, la descalificación al contrario, el insistir en montar dos Venezuelas paralelas, espantan la confianza de los actores económicos nacionales e internacionales.

Dentro de lo poco que hemos podido ver y escuchar en las escasas sesiones del cuestionado cuerpo legislativo, no hay novedad alguna respecto a sintonizar con las urgencias nacionales.

Hasta el momento, priva el discurso ideológico y político; con términos y frases escuchadas una y mil veces durante los casi veinte años que el oficialismo acumula en el poder, cuatro períodos presidenciales, si recordamos cuando estos duraban cinco años.

Imperialismo, oligarquía, guerra. Palabras que se han pronunciado hasta el cansancio y que nada solucionan mientras nos deslizamos por la pendiente de la tragedia colectiva.

Las acusaciones a las potencias extranjeras tampoco faltaron, así como falsas invocaciones a la verdad y la paz.

Propuestas sobre qué hacer con la economía nacional, brillan por su ausencia. No hay por el horizonte promesa alguna de diversificar la economía, de devolver a la industria petrolera nacional su brillo, mientras se preparan cuadros humanos calificados en sectores como la agricultura y el turismo, por nombrar solamente dos de las fuerzas potenciales de Venezuela.

Tampoco hay acercamiento alguno del gobierno con los sectores productivos privados, que han sido puestos al margen desde hace años, gracias a la perniciosa combinación de los elevados precios petroleros –que ya desaparecieron- con la soberbia que inyectaron postulados ideológicos anacrónicos y que ya se encuentran fuera de consideración en el resto del planeta.

En paralelo, se insiste en el encompinchamiento con países que puedan tener alguna afinidad ideológica, pero que no son los más prósperos ni tienen mayores aportes que hacer en cuanto a tecnología y conocimientos, el equivalente a lanzarnos en una piscina con una roca amarrada a los pies.

La realidad de la Venezuela de hoy es muy distinta a la de hace una década, y la prepotencia escudada en la bonanza de PDVSA, está totalmente caduca.

Esto, sin tener en cuenta que ni siquiera sabemos qué terreno pisamos en este aspecto, ya que el seguimiento de los indicadores económicos por parte de los entes oficiales responsables del asunto, se ha convertido en un hecho irregular de un tiempo para acá, impidiendo tanto al gobierno como a los particulares una planificación adecuada de sus actividades en el área.

¿Dónde está la educación? Pero la educación verdadera, no la ideologización. La creación de venezolanos críticos y autónomos, con criterio para opinar, para discernir, para aportar ideas y propuestas que nos hagan un mejor país.

En el grueso listado de problemas que confronta la Venezuela actual para ser viable, se encuentra el hecho de que la economía de un país no obedece a órdenes ni a decretos. Es un arte y una ciencia que se debe manejar con ingenio, sensatez y sensibilidad, no a dedazos ni mucho menos a gritos.

¿Se habrá planteado esta peculiar ANC restablecer la disciplina fiscal, el orden en el gasto público, el control del endeudamiento? Porque fueron aquellos vientos los causantes de estas tempestades.

Nada de esto se logra con partidarios sumisos, que tomen como santa palabra la voluntad emanada desde las alturas del poder.

Lamentablemente parece que esta ANC, impuesta tan a contrapelo, no trae más que la retórica que ya nos sabemos de memoria y que no solamente no ha podido solucionar nada en años y más años de ser repetida, sino que ha acompañado, como música de fondo, al deterioro nacional que todos sentimos en las calles y en nuestras casas.

viernes, 4 de agosto de 2017

“Dos Venezuelas”

David Uzcátegui
@DavidUzcategui

La realización de elecciones para elegir los miembros de una Asamblea Nacional Constituyente, según los parámetros establecidos por el gobierno para la misma, no solamente está demasiado lejos de solucionar los numerosos y complejos problemas que agobian a la Venezuela actual. Muy por el contrario, los agrava y para colmo agrega otros nuevos y bastantes más inquietantes.

El primero de ellos es la profundización de la división nacional.

Un país exhausto y sin recursos, que se acerca a las dos décadas de una confrontación que no solamente no ha podido solucionarse, sino que además se agudiza exponencialmente con el paso de los días, no solamente no encuentra solución en este hecho, sino que amanece más fracturado al día siguiente.

Al menos, sí existe algo rescatable de esta desafortunada e inoportuna convocatoria a una ANC: se reconoce que la situación adversa es estructural y de fondo.

Porque el hecho de llamar a un instrumento que pretende refundar la República, es el equivalente a admitir que los problemas son tan numerosos como complicados, que desbordan incluso al contrato social actualmente vigente.

Como lo dijéramos tiempo atrás, la iniciativa oficialista de llamar a una Constituyente, es el último as bajo la manga que se puede sacar una administración que no ha atinado a solucionar nada.

Sin embargo, hay que precisar. una Constituyente no soluciona la intrincada situación actual, y las soluciones no tienen en modo alguno por qué pasar por una ANC.

Muy por el contrario, este instrumento, impuesto a contrapelo de la voluntad de las mayorías, puede ser profundamente contraproducente y lanzarnos hacia niveles mucho más complejos de los problemas que hoy padecemos.

No es necesario cambiar de Constitución para solucionar la tragedia nacional. Incluso, ni siquiera sería necesario cambiar de gobierno. Lo es, sí, cambiar urgente y radicalmente de actitud, de forma de gobernar y de administrar.

Sin embargo, la profundización de los errores que hemos visto durante los últimos años, nos hace entender que solamente aumentamos la velocidad a la que transitamos un camino totalmente errado.

Las naciones que con más frecuencia cambian su texto constitucional suelen ser las más inestables y conflictivas; mientras, por su parte, los países que se orientan más hacia el progreso y el desarrollo, suelen tener cartas magnas de muy larga data.

Otra cosa que resulta curioso es que este cambio constitucional sea impuesto por el mismo proyecto político que impulsó la Constitución vigente, algo que no tiene mucho sentido, ya que este tipo de situaciones suceden ante golpes radicales de timón. ¿Por qué se quiere cambiar la actual?

Las respuestas están allí, en la que data de 1999. Si se leyera, y, sobre todo, si se respetara y se pusiera en práctica, saldríamos de muchos de los problemas que nos aquejan hoy.

La voluntad política de parte del gobierno se podría demostrar, por ejemplo, al tomar en cuenta el evento electoral del pasado 16 de julio, organizado y ejecutado impecablemente por la ciudadanía, tras la reiterada negativa del organismo electoral en cuanto a convocar las citas comiciales que por derecho correspondían, como lo es el caso del referendo revocatorio presidencial de 2016 y las postergadas elecciones regionales.

En la mencionada consulta popular, una cantidad enorme de venezolanos habló contundentemente, pero ha sido invisibilizada y descalificada por quienes hoy mandan.

El gobierno, por su parte, convoca a otra cita electoral sin las bases adecuadas, lo cual ha sido sobradamente discutido tanto en Venezuela como fuera de nuestras fronteras. Y de esta manera, se profundiza el desencuentro entre las dos visiones de país que prevalecen y que, al momento de hoy, no consiguen punto de encuentro, agravando los males que al día de hoy arrastramos.

Dudamos muy seriamente que la profundización de la forma de gobernar que nos ha traído hasta aquí, nos vaya a sacar de la más compleja situación de la historia republicana. Estamos seguros de que ni “la mejor Constitución del mundo” podrá solucionar nada si no existe la voluntad política para hacerlo. Mucho menos lo hará un nuevo texto constitucional que, a diferencia del vigente en la actualidad, no ha cumplido con los supuestos para fundarlo sobre bases sólidas.

Y para colmo, se reafirma la voluntad de pasar por encima de la Venezuela democrática, al pretender desplazar de su espacio natural a la Asamblea Nacional, electa en comicios regulares y transparentes.
Desde las alturas del poder se niegan a escuchar. No solamente no se soluciona nada, sino que se profundiza nuestra desgracia. Nos dirigimos a continuar una confrontación que solamente trae miseria y dolor. Este no es el camino para reunificar a Venezuela y conducirla hacia su bienestar.

viernes, 28 de julio de 2017

“Este domingo”


Ante la dramática diferencia en la percepción de la situación del país, que enfrenta al actual gobierno y a las fuerzas democráticas, la palabra desobediencia, se ha colocado en el tapete desde hace un buen tiempo.

Muchos ciudadanos se cuestionan sobre si deben o no obedecer órdenes de funcionarios que están violentando las más elementales normas de la legalidad, por no decir de la lógica misma.

Sin embargo, no es eso lo que vamos a tratar en estas líneas, porque lo que queremos afirmar desde aquí es que el único desobediente en esta historia es el gobierno.

No solamente desoye las numerosas urgencias de la gente, sino que además está descalificando también un mandato contundente expresado a través de la masiva consulta popular del pasado domingo.

Y por si fuera poco, tampoco escucha la voz de la Constitución Nacional, la misma que pretenden ignorar sin más, al seguir adelante con una Constituyente que está muy lejos de cumplir con los parámetros en ella establecidos. En una carta magna, dicho sea de paso, nacida del último proceso constituyente que se ha visto en la historia venezolana y que dejó parámetros bien claros.

La pequeña diferencia, es que las simpatías masivas se inclinaban a favor de quienes hoy mandan en aquellos tiempos. Hoy no. Evidentemente, por eso se buscan atajos y se reinventa la rueda.

Y desde hace rato se ha hecho inocultable que el actual modelo político que pretende seguir rigiendo a Venezuela, no funciona. Tiempo atrás hubo una ilusión de que sería viable; pero esta fantasía se desplomó aparatosamente con la caída de los precios del petróleo.

Coincidiendo este revés económico con la desaparición del líder de este proyecto político, la magia se esfumó.

La gente cayó en la realidad, en esa que se construyó gracias a una pésima administración de las mayores riquezas de nuestra historia que, si hubieran sido invertidas y multiplicadas, nos hubieran colocado a la par del continente en todo sentido.

Pero los hechos son exactamente los opuestos.

Y es allí donde se empieza cocinar este choque de trenes que tiene en vilo no solamente a nuestra tierra, sino al mundo entero.

La gente comienza a desaprobar las ejecutorias gubernamentales, al ver que no le traen bienestar alguno. El gobierno que una vez operara a través de la seducción de las masas, comienza a utilizar la fuerza, al ver que el encanto se fracturó.

¿Cuándo empezó entonces, esta desobediencia por parte de los poderosos?

Es larga la lista de desacatos que en las oficinas gubernamentales se han perpetrado contra la ciudadanía; sin embargo, es muy claro un hecho que marcó lo que hoy vivimos: la confiscación del referendo revocatorio presidencial que debió celebrarse en 2016.

La válvula de escape al legítimo y creciente descontento popular era ese urgente trámite en el cual todos manifestaríamos nuestra voluntad respecto a la continuidad o el cese en sus funciones del actual primer mandatario.

Sin embargo, se corrió la arruga hasta desvanecerlo, básicamente por que todos sabíamos -ellos y nosotros- que el resultado no les sería favorable.

Luego, y en la otra cara de la moneda, presenciamos -ya sin asombro alguno, hay que decirlo- cómo se pretendió confiscar potestades a la Asamblea Nacional, que es el más vigente de los poderes, porque su elección es la de más reciente data entre todos ellos, y adicionalmente, en el marco de su pluralidad, es la que mejor representa al mapa político actual de los habitantes de esta nación.

La condena a todo este cúmulo de desatinases se pudo sentir en la brillantemente celebrada consulta popular del pasado domingo. Organizada por los ciudadanos, sin recursos y en tiempo récord, mostró el músculo de los venezolanos ávidos de democracia.

Y sus resultados dieron un mandato claro, que en Miraflores se niegan a escuchar pero que es obvio en sus exigencias. Un mandato que los mismos que se niegan a reconocerlo, pueden ignorar. Lamentablemente, siguen adelante en un país paralelo, hecho a la medida de sus caprichos y sus voluntades, atropellando y llevándose por delante las urgencia del “soberano”, como ellos mismos llaman a quienes utilizaron cuando el viento les era favorable, y que ahora olvidan tras la amarga aceptación de que perdieron el favor de las mayorías hace mucho rato.

¿Hasta dónde puede llevar esta desobediencia del mandato popular a nuestra patria? Lamentablemente no nos queda otra que decir que lo veremos en los próximos días. La voluntad de quienes mandan amenaza con ejecutarse a contrapelo en las próximas horas, con la consumación de la elección para conformar un ANC que no fue consultada al pueblo. Ellos saben que están haciendo algo que no deben hacer; pero lo que es más importante, lo sabemos todos nosotros. Amanecerá y veremos.

David Uzcátegui
@DavidUzcategui

viernes, 21 de julio de 2017

“Ciudadanía”

David Uzcátegui
@DavidUzcategui

La impactante épica ciudadana del pasado domingo, sin duda le dio la vuelta a la página en la historia de Venezuela. Hay que haber escogido conscientemente la ceguera como forma de vida, para negarlo.

Ante la reiterada negativa de quienes hoy administran el país a escuchar a la gente, ante la desesperación legítima de las necesidades no satisfechas, ante la ruptura de los canales de diálogo, ante la descalificación de las urgencias, el pueblo decidió gritar. Y el grito se escuchó en el mundo entero. No por nada, el conglomerado de medios internacional BBC tituló la información como "El grito que dio Venezuela".

Los venezolanos decidimos exigir, tomar la iniciativa, demostrarle a ese poder tan mal llevado, que si no cumplen con los deberes para los cuales están allí, nosotros no vamos a ser cómplices ni sumisos, y nos vamos a hacer sentir. Nos hicimos sentir.

Bien debería sacar la actual administración –y cualquier gobierno del mundo- una lección que se ha repetido reiteradamente y hasta el cansancio en la historia universal. Cuando un país es acorralado, arrinconado, puesto contra la pared, cuando se cercenan derechos, cuando el instrumento de comunicación es la burla y la humillación, la expresión popular abre un nuevo cauce. Y eso fue lo que sucedió en nuestra nación.

Todos a una, como en la clásica obra teatral Fuenteovejuna, creamos una nueva vía de expresión popular. Un torrente caudaloso de voluntades, que se expresaron en todas partes del planeta, porque los venezolanos que han partido al exilio, presionados por la agobiante situación nacional, fueron una expresión multitudinaria que hizo noticia en el mundo entero.

Y quizá fueron el elemento más resaltante en la opinión pública internacional, que se pregunta por qué, si la autodenominada revolución es tan exitosa como dice ser, tantos han optado por buscar un destino mejor lejos de su tierra.

Ya está dicho, pero no está demás recalcarlo: la consulta popular de este pasado domingo, sí es vinculante.

Y no hay más que ir a la Constitución Nacional y revisar ese artículo 70, sobre el cual propios y extraños, de cualquier color político, han tenido el ojo puesto en los últimos días.

Dicho artículo establece entre los medios de participación y protagonismo del pueblo en ejercicio de su soberanía, en lo político, a la consulta popular, afirmando que sus decisiones serán de carácter vinculante. Y agrega que “La ley establecerá las condiciones para el efectivo funcionamiento de los medios de participación previstos en este artículo”.

Dicho está, y en letra constitucional. La consulta popular existe, es vinculante y los funcionarios encargados de impartir la ley en nuestro país, tienen el mandato de ocuparse de asegurar las condiciones para el efectivo funcionamiento de dichos medios de participación.

Desoír a más de siete millones de voluntades, nos refrenda lo que sabemos desde hace rato: este gobierno no escucha a nadie. Está en el poder por otros apetitos, por otros intereses, porque tiene una agenda propia ajena al bien nacional.

Pero no está allí por el servicio, por una palabra que no entiende y que se le escapa, que debe ser el norte de todo funcionario público y que, en el manual de estilo oficialista es ignorada olímpicamente; para ser sustituida por otras tareas, que son una traición al mandato popular que recibieron, al cual no han honrado y que hoy, moral y legalmente, ya perdieron.

El nudo en el cual se encuentra atascado el régimen actual, parte del hecho de que todo el marco constitucional vigente y sus leyes derivadas, fueron concebidos en una ola de popularidad que ocurrió hace ya casi dos décadas y que se extinguió hace rato, a punta de hacer mal el trabajo.

Ahora, cuando los instrumentos que estaban creados para jugar siempre a su favor están trabajando en su contra, quieren cambiarlos. Es aquí donde radica la absoluta falta de espíritu democrático.

Es por eso que se nos confisca el referendo revocatorio presidencial que ha debido ocurrir en 2016, y es por eso que la presión comienza a aumentar a niveles exponenciales en nuestra sociedad.

Las alarmas democráticas del venezolano se encendieron al faltar una consulta de obligatorio cumplimiento, máxime cuando la nación se ahoga en problemas, ante la apatía de quienes deberían resolverlos.

Por si fuera poco, como la Constitución ya no nos sirve, vamos a inventarnos una nueva. Pero ni siquiera bajo los preceptos que establece la actual, que vio la luz bajo el mandato de quien se supone es el líder supremo para los gobernantes actuales. No, hay que hacerlo de otra manera, porque no nos acomoda a nuestros planes.

Todo este juego antidemocrático es el detonante de la indignación ciudadana que salió a manifestarse el domingo 16. El balón quedó del lado del gobierno.

jueves, 6 de julio de 2017

"Respeto a los poderes"


David Uzcátegui
@DavidUzcategui

Quizá uno de los más lamentables legados que nos estén dejando estos días a los venezolanos, sea el irrespeto a los poderes constituidos, y más aún si hablamos de poderes legítimamente electos por la ciudadanía.

El más reciente y doloroso episodio que refrenda lo que aquí afirmamos, se dio el pasado 5 de julio con motivo de la conmemoración de los 206 años de la Independencia de nuestro país.

Sin coordinación alguna y haciendo uso de la fuerza, representantes del poder Ejecutivo invadieron el Palacio Federal Legislativo para hacer a su manera, lo que ellos consideraban que debían hacer en la fecha.

Lógicamente, y si nos retrotraemos a las prácticas de los países civilizados, la ocasión es adecuada para que los poderes convivan y se reconozcan bajo la celebración de la fecha patria. Pero sabemos que Venezuela está fracturada, tremendamente fracturada.  Y eso, lamentablemente, no es posible.

Se trata de un episodio muy lamentable, que no deja de ser otro retrato más de cómo no se debe proceder en naciones democráticas, donde es normal que diversos entes del Estado estén en manos  de corrientes políticas diferentes e incluso opuestas, sin que ello implique menoscabo del respeto y de la convivencia.

O más aún, justamente por ello, estas virtudes deben prevalecer, en tanto y en cuanto el hilo de la civilidad es cada vez más delgado en forma proporcionalmente inversa a los desacuerdos entre tendencias políticas opuestas.

El hecho en cuestión es el más reciente de una serie de atropellos al poder Legislativo, el cual no es reconocido desde el Ejecutivo a partir de haber sido ganado en forma avasallante por las fuerzas alternativas democráticas en diciembre de 2015.

Desde entonces, hemos visto cosas como las polémicas sentencias del Tribunal Supremo de Justicia, que tuvieron que ser echadas para atrás por su carencia absoluta de bases; o la toma del parlamento por parte de fuerzas del orden y de grupos civiles afectos al gobierno que atropellaron al presidente de ese poder el pasado 27 de junio, e incluso mantuvieron retenidos contra su voluntad a un grupo de periodistas que eran homenajeados ese día.

Situaciones como las enumeradas, se suman al del nombramiento en paralelo de dos vicefiscales generales de la República, uno por el Legislativo y otro más por el poder Judicial. Esto solamente por recordar otro de los casos más recientes que enfrentan a los poderes públicos nacionales.

Recordemos que la Sala Constitucional designó a Katherine Nayarith Haringhton Padrón como vicefiscal en desconocimiento de la Asamblea Nacional. Esto sucedió apenas un día después de que el Parlamento, controlado, por la oposición, ratificara en ese cargo a Rafael González, designado por la fiscal general, Luisa Ortega Díaz, el 17 de abril pasado.

De acuerdo con el artículo 25, apartado 3, de la Ley Orgánica del Ministerio Público, el Parlamento es el único que puede proceder a elegir al vicefiscal. Este lunes la mayoría de los parlamentarios aprobó a Rafael González para el cargo.

Este nuevo impase que se suma a una lista ya demasiado larga, es una muestra de que la convivencia entre poderes se encuentra atravesando un trance sumamente delicado y que movimientos como los realizados en la mañana del 5 de julio deben ser hechos con el mayor protocolo posible, en tanto y en cuanto los ánimo están por demás revueltos en el país.

El desafío en estas circunstancias no es un buen consejero. El venezolano ha probado sobradamente tener una aguda intuición política y una formación ciudadana sólida, y percibe por tanto cuando se realiza un movimiento indebido de cara al bienestar nacional.

En pleno siglo XXI ya no se trata de quién tiene la fuerza; sino de quién quiere el bienestar nacional y trabaja por el mismo. Cualquier otra agenda debe quedar automáticamente execrada, ante los complejos días que vivimos.

Mil veces lo hemos dicho en este espacio: el país no va a salir del trágico revés que hoy transita si todos no remamos en la misma dirección. Parece que no se comprende que esta confrontación, que hace rato pasó de castaño a oscuro, nos va a hundir a todos, en caso de seguir adelante. Aún a quienes le apuestan a ella como arma política, pensando que así pueden mantener, acrecentar y perpetuar el control.

Somos los primeros que votamos por una convivencia transparente y sana entre poderes, en tanto y en cuanto sabemos que es el pilar fundamental para el progreso de un país. Sin embargo, y con la sinceridad por delante, eso no parece posible en la coyuntura actual.

No solamente la ciudadanía vigila, el mundo también. Volver al cauce de la institucionalidad sería lo más recomendable y lo más ano para todos. Una relación ganar-ganar. ¿Será posible aún?

viernes, 23 de junio de 2017

“Fuerza y responsabilidad”

David Uzcátegui
@DavidUzcategui

Uno de los asuntos más delicados y sensibles que se ha puesto en la palestra pública en las últimas semanas es la actuación de los organismos del orden público frente a los ciudadanos que salen a expresar su modo de pensar.

Las versiones sobre lo que sucede, son variadas e incluso, radicalmente opuestas.

Quizá el más contundente episodio sobre este tema en los últimos días, tuvo que ver con el hecho de que el ex comandante general de la Guardia Nacional Bolivariana, mayor general Antonio Benavides Torres rechazara el pasado lunes el uso de armas de fuego en el restablecimiento del orden público, ya que está prohibido su uso por la norma venezolana.

La afirmación la hizo escribiéndola a través de su cuenta de la red social Twitter. Como ya es conocido de la opinión pública, el funcionario fue removido de su cargo pocas horas después y se anunció un nuevo destino para él dentro de la estructura gubernamental.

Antes de ser separado de sus funciones, había asegurado que la unidad que dirige tiene estrictas instrucciones de mantenerse apegado a la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela para preservar el control del orden público.

Estos comentarios fueron realizados tras el fallecimiento de un adolescente la tarde de ese mismo día, presuntamente por el uso de arma de fuego por parte de las Fuerzas Armadas, hecho en el que cinco personas habrían resultado heridas.

Benavides Torres informó la detención de los efectivos que presuntamente están involucrados en la irregularidad, a la vez que hizo un llamado para detener la violencia en las manifestaciones públicas.

Sin embargo, el viceministro de Comunicación internacional William Castillo, negó el pasado martes 20 a la televisora basada en Estados Unidos, TV Venezuela, todas estas acusaciones. "la GNB no está utilizando armas para atacar a las manifestaciones", dijo desde México, con motivo de la reunión de la Organización de Estados Americanos.

Esto reedita la polémica posición de la fiscal general de la República, Luisa Ortega Díaz, quien ha hecho un reiterado recuento de los presuntos excesos de las autoridades en las recientes demostraciones de los últimos meses.

Según el sitio web de BBC Mundo, la titular del Ministerio Público declaró, sobre el fallecimiento del joven Juan Pernalete, que "De acuerdo con nuestra investigación la muerte del estudiante se produce por un shock cardiogénico por traumatismo cerrado de tórax. Él fue impactado por un objeto como éste(…) esto es una bomba lacrimógena", en encuentro con los medios de comunicación sostenido el pasado miércoles 24 de mayo.

La funcionaria agregó que el objeto había sido disparado por la Guardia Nacional, pero que aún no se había individualizado al responsable.

Y a ello se agregan aquellas declaraciones del ministro de la Defensa, general Vladimir Padrino López –que citáramos no hace mucho en este espacio-, quien dijera en un acto transmitido por la televisora estatal Venezolana de Televisión: "No quiero ver un guardia nacional más cometiendo una atrocidad en la calle".

El escenario pues, está servido para abrir la discusión la respecto, ya que, incluso desde figuras vinculadas al oficialismo, han surgido señalamientos y condenas al accionar de las fuerzas públicas en las pasadas semanas.

Estamos en pleno siglo XXI y ciertamente, existen estrictas normativas de carácter internacional que son de obligatorio cumplimiento por las fuerzas del orden público destinadas a cuidar las demostraciones ciudadanas.

Pero más allá de ello, hay estricta normativa emanada en nuestra propia tierra, específicamente en la Constitución Nacional, que también pone límites inequívocos a las potestades de estos organismos.

La espesa sombra de las actuaciones inadecuadas y excesivas, lo que hace es agregar más calor a esta olla de presión que hoy es Venezuela, y generar un rechazo aún mayor a una serie de políticas equivocadas que conducen al país por un rumbo torcido; agregándose ahora el ingrediente de poner en riesgo la integridad de las personas que tiene derecho a expresar su desacuerdo con los numerosos desatinos oficialistas en la conducción del país.

Bien harían quienes hoy conducen al país, en investigar seriamente los mencionados excesos y en castigarlos con todo el peso de la ley. El hecho de que funcionarios se pronuncien de modo individual frente a lo que ya la opinión pública conoce, lo que hace es reiterar la terquedad gubernamental en cuanto a no querer ver el espeso bosque que tiene frente a sí.

Los reconocimientos a cuentagotas de la delicada situación no son lo más deseable; pero también suman, ya que no se puede seguir tapando el sol con un dedo. La desnudez del Emperador también es evidente en este sentido.


viernes, 9 de junio de 2017

“Padrinazgo”

David Uzcátegui
@DavidUzcategui

El cada vez más caótico panorama que hoy padecemos los venezolanos, difícilmente puede ser ignorado. Y eso nos lo confirma el hecho de que importantes funcionarios, así como figuras emblemáticas del oficialismo, se hayan venido manifestando en las últimas semanas contra los despropósitos gubernamentales y los atropellos a la ciudadanía.

El caso más reciente, y sin duda el más importante, ha sido el pronunciamiento del ministro de la Defensa, Vladimir Padrino López. “No quiero ver un Guardia Nacional más cometiendo una atrocidad en la calle”, fue la contundente frase que lanzara el alto funcionario, con la cual reconoció públicamente los excesos cometidos contra los ciudadanos en las últimas semanas.

Quizá en medio del torbellino que es la actualidad nacional, la posición de Padrino no haya sido lo suficientemente sopesada. Es una campanada, un “hasta aquí”, un reconocer que alguien debe “ponerle un parao” a esto. Y ese “alguien”, son los responsables del poder, ni más ni menos.

Se empieza a tejer entonces un hilo que guía el señalamiento de los excesos, lo cual es el comienzo para que cesen y para que sean castigados.

Desde hace años, quienes no estamos de acuerdo con lo que sucede en nuestra tierra, nos hemos tropezado reiteradamente contra un infranqueable muro que blinda al gobierno contra los señalamientos y quejas que le dirigimos.

Y reiteramos nuestro derecho a ser escuchados. En una democracia, los gobernantes son empleados de la gente, y existe el derecho a exigirles cuentas y a señalarles sus errores. Esto es lo normal, y el hecho de que este hábito tan saludable nos haya sido confiscado por tantos años, no quiere decir que se haya erradicado. Muy por el contrario, parece regresar, y por la calle del medio, a punta del esfuerzo ciudadano por hacer se escuchar ante estos oídos sordos.

¿Cambiará la actuación de las fuerzas del orden público de aquí en adelante, tras el pronunciamiento de Padrino López? ¿Podremos todos salir a expresar nuestra opinión en las calles de Venezuela?

La duda existe, y no sin motivos. Lo que hemos visto por tanto tiempo, nos induce lo que especialistas han bautizado como “la desesperanza aprendida”. Sin embargo, gestos como el que analizamos, deben reafirmarnos que la denuncia ciudadana reiterada, termina por demoler los muros de silencio que el poder construye a su alrededor.

Debemos seguir adelante con nuestras convicciones, porque, los hechos de los últimos días nos han demostrado que, a cuentagotas, se suma. Al momento de escribir estas líneas, el ministro de la Defensa es la última de una suma de personalidades que han convalidado, desde un punto de vista o desde otro, lo que la gran mayoría de los venezolanos viene denunciando desde hace ya un buen rato.

Las realidades son innegables en este mundo globalizado. Celulares en mano, los venezolanos se han dado a la tarea de registrar y difundir las actuaciones inapropiadas de unos cuantos uniformados.

El punto delicado, el punto de quiebre, tiene que ver aquí con el hecho de decidir si se trata de hechos aislados, de actuaciones individuales; o si es una política generalizada. Es allí donde los pronunciamientos como el de Padrino son claves, porque llegará el momento de sacar esas cuentas.

Y los venezolanos comprometidos a salvaguardar la ciudadanía que no cumplan con su deber, tendrán que responder. Su responsabilidad será individual y no podrán alegar que “cumplían órdenes”. Ahora menos aún, con la contundente declaración del alto funcionario.

"El que se aparte de la línea de Estado, de la preeminencia del respeto de los derechos humanos y que se comporte no como un profesional, entonces tiene que asumir su responsabilidad", fueron sus palabras. Una declaración que quedará para la historia y que servirá para confrontar en algún momento, el accionar de estos cuerpos con la posición pública de su máximo líder.

Quienes se sientan tentados a violentar esta línea, deberían pensarlo mucho mejor de aquí en adelante. Ahora lucen mucho más desamparados de cara a la posibilidad de poder defender cualquier exceso futuro.

Como se suele decir, los árboles no dejan ver el bosque. Y es que, a punta de sacrificio y tenacidad, a un costo extremadamente alto, la ciudadanía venezolana está empujando a las instituciones a cumplir su rol.

Veamos el vaso medio lleno y reconozcamos la dimensión enorme del esfuerzo que hemos hecho en estas semanas, que ha conseguido voltear a la opinión pública internacional a nuestro favor, que ha logrado que prominentes figuras del chavismo señalen los desaciertos en materias como la descabellada Asamblea Nacional Constituyente oficialista y que figuras como la Fiscal General y el ministro de la Defensa suenen campanazos de advertencia. Aunque no nos demos cuenta, lo estamos logrando.

viernes, 2 de junio de 2017

“Constituyente y CNE”

David Uzcátegui
@DavidUzcategui

Para quienes siguen con atención los vertiginosos acontecimientos de Venezuela, debe generar curiosidad la rápida respuesta del Consejo Nacional Electoral ante la propuesta del poder Ejecutivo de convocar una muy sui generis Asamblea Nacional Constituyente.

Y la respuesta, como era de esperarse, fue positiva. El organismo electoral ha puesto el foco en materializar en tiempo récord la solicitud en cuestión.

Llama poderosamente la atención, insistimos, porque aún está fresca en la memoria del venezolano –y de la opinión pública internacional- el hecho de cómo se convirtió en sal y agua la solicitud de un referendo revocatorio al presidente de la República; así como el reiterado retraso en las elecciones regionales.

Si comparamos, por ejemplo, la actual propuesta de ANC con el referendo revocatorio que nos fue confiscado a los ciudadanos por el poder Electoral, el revocatorio en cuestión tenía unos cuantos puntos a favor.

Primeramente, fue convocado por el pueblo. La gente salió a firmar masivamente y muy por encima de la extremada lentitud en el proceso, de la escasez de puntos de recolección de firmas, de máquinas captahuellas y de la cantidad de alcabalas y obstáculos que se pusieron en las vías para llegar a la cita.

Sin embargo, el legítimo evento comicial se desapareció entre galimatías, dejando cargada a la gente de frustración e indignación. Cargas que por cierto, sumaron al cúmulo de injusticias de las cuales es objeto la población venezolana y que hoy mantienen en protesta continua a un enorme número de ciudadanos.

En su momento, el CNE aseguró que acataba las medidas ordenadas por los tribunales y que había girado instrucciones de posponer el proceso de recolección de firmas hasta nueva instrucción judicial, según se podía leer en un comunicado publicado en su página de internet.

La autoridad electoral suspendió así el proceso para la recolección de las firmas del 20% de los electores del país, que era el siguiente requisito para celebrar el revocatorio y que estaba previsto para la semana siguiente a esta declaración.

Todo esto se hizo alegando que un tribunal penal del estado Aragua, anuló el proceso de recolección de firmas que ya se había realizado, superando ampliamente la meta fijada.

Por su parte, la ANC oficialista se está saltando el muy importante paso de someter a aprobación del pueblo, mediante referendo, las bases que regirán este proceso, que si bien puede ser propuesto por el primer mandatario, debe ser refrendado por la gente, tanto en la activación del mismo como en la aprobación del texto que resulte.

El mismo Luis Emilio Rondón, rector principal del CNE, rechazó que se comiencen las postulaciones de los candidatos a la Asamblea Nacional Constituyente sin normas que regulen dicho proceso.

Llama pues la atención que, ante un proceso apegado estrictamente a la letra constitucional, como lo fue la más reciente solicitud del referendo revocatorio presidencial, el ente electoral haya caído en la inercia y la inoperancia, al punto de convertir dicha exigencia popular en una idea inoperante; mientras ante una propuesta que cojea de varias patas, actúe con celeridad ejemplar.

Cojea por ejemplo, de llevar un apellido. La “Constituyente Comunal” no existe en el texto constitucional y, en el marco de todo lo que está sucediendo en la nación en estos momentos, cualquier sospecha de sesgo, por mínima que sea, es extremadamente delicada.

En paralelo, esto significa un nuevo escalón en la confrontación entre los poderes Legislativo y Ejecutivo, donde el último ha intentado desconocer a toda costa al primero, desde que la correlación de fuerzas cambió dramáticamente en el parlamento, a raíz de las elecciones del 6 de diciembre de 2015, cuando, contra todos los obstáculos, las fuerzas alternativas democráticas se lograron adueñar de una inocultable mayoría, por mandato de la gente.

Todo el proceso de esta curiosa Constituyente que ha sido expuesto a la opinión pública, está salpicado de lo que se ha dado en llamar “caramelitos de cianuro”. Mucho efectismo y muchos conejos que salen del sombrero, cartas que se oculta bajo la manga; pero se aleja peligrosamente no solo del texto constitucional; sino también de lo que fue la Constituyente de 1999, la más reciente de nuestra historia.

Llama la atención que muchos de los constituyentistas de entonces hayan expresado su rechazo a la propuesta actual. Y eso incluye a emblemáticas figuras del chavismo quienes, justamente, destacan las diferencias entre aquel proceso y este que se pretende implementar hoy; amén de las diferencias insalvables entre lo que propone para estos casos la Constitución que ellos mismos firmaron y lo que hoy sucede.

¿Sigue el CNE el mandato del pueblo? No lo creemos. Aún hay tiempo de rectificar.

viernes, 19 de mayo de 2017

“Resistir”

David Uzcátegui
@DavidUzcategui

El escenario político, social y económico de Venezuela se enrarece por minutos, a niveles nunca antes imaginados. La falta de entendimiento entre quienes ostentan el poder y el resto de la sociedad, ha sellado en las últimas semanas una ruptura de graves proporciones en el contrato social.

El origen de esta nueva espiral de deterioro en nuestra convivencia como nación, tiene sin duda que ver con el intento del Tribunal Supremo de Justicia por intervenir las funciones de otro poder, el Legislativo, el más legítimo de los poderes públicos al momento actual, tras haber sido renovado en elecciones el pasado 6 de diciembre de 2015.

La cultura política de los venezolanos es enorme como consecuencia de lo que hemos vivido en estos años. Quizá es algo que el oficialismo no midió; pero la gravedad de ese intento de colonizar un poder independiente, encendió la ira nacional y las manifestaciones no se han detenido desde entonces.

Las fachadas de los eufemísticos diálogos que nos ocupaban hasta hace poco, se cayeron sin mayor esfuerzo, para dar paso a una represión pura y dura, que ya es conocida del mundo entero gracias a las fotografías y videos de los celulares, difundidas a través de las redes sociales.

Con torpeza de elefante en cristalería, el gobierno intenta apagar el fuego con gasolina. Con demostraciones de poder y fuerza bruta, que logran amedrentar, no están haciendo otra cosa que generar una escalada en la ira popular.

Y por si fuera poco, el fallido intento de someter a la Asamblea Nacional, ha sido sustituido por otro disparate de proporciones aún mayores, como lo es el intento de imponer una Asamblea Nacional Constituyente hecha a la medida para permanecer en el poder y sortear la crisis actual.

Disparate que, por supuesto, está muy lejos de aportar a la solución del descontento popular que hierve hoy en cada localidad de Venezuela.

Ante la sordera del poder, ante su insistencia en hacerse trajes a la medida para mandar como mejor le parezca, ante la arremetida desproporcionada contra las demostraciones ciudadanas, ¿qué nos queda? Resistir.

¿Qué entendemos por resistir? Primero que nada, no renunciar a nuestras certezas ni a nuestras convicciones. Por más amenazas, por más cerco, por más que se nos quiera encerrar en la desesperanza.

En segundo lugar, seguir adelante con la construcción del país que creemos posible, viable, y que nos merecemos. No podemos asumir como natural un modelo de país donde la escasez de bienes y de valores nos lleva a vivir una vida a medias, una vida amputada de derechos irrenunciables.

El incremento de la fuerza bruta para tratar de apagar la voluntad de cambio nacional, no es síntoma de otra cosa que no sea la falta de razón, lo cual se al otorga automáticamente a quienes están empujando un cambio con su grito en la calle, ya que les han sido cerradas sistemáticamente otras alternativas de expresión, como el referendo revocatorio y las elecciones regionales. 

Y el venezolano resiste. No solamente continúa alzando su voz, sino que encuentra formas cada vez más creativas y efectivas de hacerlo, formas que hace eco y derrumban los muros del silencio que se construyen con soberbia y terquedad.

Aunque la ciudadanía está más clara que nunca al respecto, nunca está de más recordar que, ante la irracionalidad del poder, tenemos el derecho de sostenernos en nuestros principios inalienables de compromiso con la libertad, la justicia, la paz y tantos otros valores que se pretende confiscar al venezolano en este momento.

El que se pretenda uniformar el pensamiento de la gente, sus creencias, es razón de sobra para plantarse en la acera contraria de un propósito que desdice de la razón de ser de la humanidad.

¿Cómo se traducirá esto en los días por venir en Venezuela? Lamentablemente, no nos vienen momentos fáciles, gracias a la intransigencia de quienes acaparan el poder.

Pero de este lado, nos negamos a flaquear en nuestras certezas, seguimos firmes en el reclamo de nuestros derechos y, como dijera Mahatma Ghandi, “abrazamos la verdad”.

Una nueva Venezuela se empuja de abajo hacia arriba con indetenible fuerza, con perseverancia por encima de cualquier obstáculo y dispuesta a no renunciar a sus objetivos de dejar en el pasado este mal momento de la historia.

Quienes tenemos la certeza estar haciendo lo correcto, no vamos a ceder en nuestra posición, ahora menos que nunca, mientras esperamos el momento en el cual el desgaste por las reiteradas equivocaciones cometidas, pongan punto final a un experimento político que jamás debió suceder, debido a los elevados índices de dolor y sufrimiento que ha traído a nuestra gente.

Ahora más que nunca, seguimos adelante con nuestras certezas.

viernes, 12 de mayo de 2017

¿Constituyente comunal?

David Uzcátegui
@DavidUzcategui

En una sociedad ampliamente fracturada y descompuesta como la venezolana, cualquier evento que cite a los ciudadanos en comicios contribuye a bajar la tensión y a buscar soluciones.

Por ello, es enorme la mayoría que ha alzado la voz ante la confiscación del referendo revocatorio presidencial que nos tocaba; así como frente a la reiterada postergación de las elecciones regionales.

Evidentemente, este par de maniobras han sido adelantadas por el gobierno ante la certeza de que no hay manera humana de que los resultados les sean favorables.

Por ello, llama de entrada y enormemente la atención el hecho de que sean ellos mismos quienes pongan ahora en la mesa, una Constituyente.

Entre las discusiones que ocupan a diversos sectores de las fuerzas democráticas, la Constituyente ha sido un tema presente desde hace años, de cara al profundo daño que se le ha hecho al país en estas dos décadas.

Es el oficialismo el que siempre ha estado negado a esta opción, anclado en lo que han llamado “la mejor Constitución del mundo”. A la cual, por cierto, han intentado hacerle diversas enmiendas y reformas, básicamente dirigidas a perpetuarse en el poder.

Por eso sorprende que la iniciativa parta ahora desde el poder. Nunca pierden las capacidades de sorprendernos. La mejor Constitución del mundo, ya no sirve. Así de daño se le habrá hecho a Venezuela.

Pero por supuesto, hay que ver el anverso y el reverso. Y no hace falta meterle mucha lupa para descubrir que, una vez más, quieren hacer las cosas a su manera.

La tolda roja se ha inventado esta vez una particularísima Constituyente a su medida, que de manera descarada ignora los procedimientos para adelantar este procedimiento, por demás legal siempre y cuando sea apegado a los supuestos que lo conforman. Lo cual – vaya sorpresa- no es el caso.

La Constitución de 1999 nació de un proceso que se inició con un referendo en el cual los votantes convocaron el proceso constituyente, luego se fue a elecciones de constituyentistas que redactaran el nuevo texto y, finalmente fue aprobado en otro referendo.

En aquel momento, la elevada popularidad del presidente Hugo Chávez logró que una amplia mayoría de los redactores de la Constitución le fueran afines, lo cual aunado a algunas triquiñuelas matemáticas –el “KinoMerentes” le garantizó que los constituyentistas prácticamente se dedicaran a tomar dictado de sus deseos.

De hecho, no tuvo empacho en presentar una Constitución propia, que dijo haber redactado él mismo y que dejó en manos de los asambleístas como una propuesta. Propuesta que, sabíamos, era una orden.

Sin embargo, detalles más, detalles menos, se cumplió con un proceso que revistió legitimidad, al menos en las formas.

No es el caso actual.

Para comenzar, no se debe perder de vista que la autodenominada revolución está lanzando esta propuesta en el momento de más baja popularidad de su historia.

Por ello, no se debe obviar un detalle que invalida del todo esta idea: se pretende eliminar la elección universal, directa y secreta.

Se piensa convocar a un cuerpo afín al gobierno para que redacte el nuevo texto, con una suerte de delegados o intermediarios que elijan a estos redactores y que por supuesto, sean afines a la ideología roja-rojita. Y evidentemente, los referendos para convocar el proceso constituyente y aprobar la nueva Carta Magna, brillan por su ausencia.

Por otro lado, se empastela aún más el asunto, al decir que esta Constituyente no es para redactar una nueva Constitución, sino para “reforzar” la actual. Constituyente es para Constitución nueva, no para borronear la existente; no hay vuelta de hoja.

Desde esta esquina, pensamos que debemos recoger el guante del gobierno e ir a Constituyente, siempre y cuando se cumplan todos los supuestos legales para su convocatoria. Es inaceptable que ningún gobierno fije los parámetros para este proceso.

A estas alturas de la historia de Venezuela, el desquiciado proyecto político que han pretendido imponernos, está comprobadamente fracasado. Llevan las de perder, y menos que nunca tienen autoridad para imponer los parámetros que pretendan sacarnos de la crisis que ellos mismos crearon.

Una Constituyente real, en los marcos legales, es una solución a la más trágica crisis que haya padecido Venezuela en su historia. La refundación de una República consumida hasta sus cimientos por una nefasta administración, es hoy más necesaria que nunca.

Pero no serán quienes cargan con la culpa de semejante tragedia quienes pongan las reglas. No serán quienes llevan las de perder los que manejen el proceso. Será la ciudadanía, desde su sentir actual, quien dé el visto bueno a cada fase de este camino a recorrer. ¿Se atreverán quienes gobiernan hoy a pasar por esta prueba de fuego?