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viernes, 6 de julio de 2018

“Los inmigrantes”


“Los inmigrantes” es el título de un cuento de Rómulo Gallegos, nuestro escritor más emblemático y ex Presidente de la República. En él se relata cómo dos recién llegados a Venezuela progresan, trabajando a brazo partido. Fundan familias, se arraigan y crecen junto con el país.

Este sería por supuesto, el ideal de todo inmigrante. “El sueño venezolano” lo podríamos llamar, por aquellos tiempos en los cuales éramos receptores de refugiados de todas las tierras del mundo. Se integraban, se hacían nuestros y procuraban bienestar para sus hijos, para sus descendientes.

Hoy el panorama ha cambiado radicalmente. Nuestros ciudadanos contribuyen a la ola de emigrantes que buscan seguridad en el mundo entero. Una ola creciente, que pone en aprietos a los destinos soñados por muchos, que ya se desbordan con tanta gente que huye de la adversidad y de la falta de oportunidades.

Esto lo acabamos de ver recientemente en Alemania, cuando la intensa crisis de inmigrantes hizo tambalear al poderoso gobierno de Angela Merkel, quizá la mujer más imbatible de la historia europea, junto a la británica Margaret Tatcher.

Y lo mas insólito es que este cataclismo no fue causado en modo alguno por la administración de ella o por alguna causa intrínseca al país. No.

Se trató de las masas humanas que buscan llegar como sea al país más apetecido de Europa, desde Africa y el Medio Oriente. Esto, sin contar con los inmigrantes de su propio continente, que ven en la prosperdad, solidez y estabilidad alemana su propio ideal de bienestar y progreso, ante carencias en sus propias naciones, las cuales jamás se podrán comparar a otras que están en verdadera desgracia; pero es que nadie puede renunciar a su legítimo deseo de calidad de vida.

El ministro del Interior alemán, Horst Seehofer, líder de la Unión Social Cristiana (CSU, por sus siglas en alemán), seguirá en su cargo tras alcanzar un acuerdo con la Unión Demócrata Cristiana (CDU, por sus iniciales en alemán) de Merkel que, según dijo, frenaría la inmigración ilegal.

La disputa había puesto al gobierno de Merkel al borde del colapso y fue resuelta. Pero el capital político de la dama que domina la política europea desde hace más de 13 años parece disminuido, generando dudas sobre si culminará su mandato. Porque el poder, aún el más robusto, se desgasta. Y todo líder sabe que en algún momento, debe negociar y establecer coaliciones para sustentar la legitimidad y viabilidad de su mandato. Aún si su nombre es Angela Merkel.

Bajo el acuerdo alcanzado, los inmigrantes que ya han solicitado asilo en otros países de la Unión Europea serán retenidos en centros de tránsito en la frontera mientras Alemania negocia sus retornos.

Hasta ahora, los migrantes que solicitan asilo al llegar a Alemania eran repartidos por todo el país hasta que se examinaran sus casos. El nuevo acuerdo pone fin a la generosa política de acogida de migrantes en Alemania. Una pésima y lamentable noticia, pero la realidad es la que manda. Ronda al mundo entero la dicotomía entre naciones fallidas, que no pueden cuidar de sus propios hijos; y otras tantas en las que se puede vivir de un empleo, se puede tener acceso a medicinas, comida, salud, seguridad y educación.


El panorama es lamentable. Aquí, en nuestro continente, vemos cómo miles de centroamericanos huyen de la pobreza y la violencia de sus tierras, amontonándose en las entradas hacia Estados Unidos y provocando otra crisis migratoria.

Raya en la utopía el pensar que todas las naciones deberían erradicar miseria y delincuencia, sanearse y convertirse en un lugar donde valga le pena quedarse, al cual le puedan apostar no solamente su hijos legítimos, sino los inversionistas de otras partes.

En aquel cuento de Gallegos, los hijos de los dos inmigrantes, nacidos ya en Venezuela, se casan y comienzan una nueva familia, esta vez de venezolanos que se arraigan aquí, con la perspectiva optimista que nuestro gentilicio podía abrazar en aquellos años y que era la envidia de muchas naciones en desgracia. Hoy ya no es así, dolorosamente.

Sin embargo, seguimos apostando, al menos en nuestro suelo, a que nuestras riquezas se impongan. No solamente las materiales, sino también las espirituales y las del carácter. Esas son las verdaderas y pueden multiplicar por un millón a las otras.

Que algún día no sea necesario irse, que en algún momento sea seductor regresar, que otras nacionalidades tengan que poner nuestro mapa en su ruta, como fue antes y por muchos años, debido a todo lo bueno que aquí se les puede ofrecer.

Y mientras trabajamos por este sueño posible, queda rogar porque esos líderes mundiales tengan sabiduría y compasión. Que manejen con tacto, con la mayor sensibilidad posible, esta crisis de migración que arropa a todo el planeta.

David Uzcátegui
Twitter: @DavidUzcategui
Instagram: @DUzcategui

viernes, 29 de junio de 2018

“Sal y agua”


La semana pasada, el gobierno nacional anunció otro nuevo aumento del salario mínimo venezolano. Son decisiones que a nadie toman por sorpresa, ya que estamos acostumbrados desde hace años a varios aumentos de salario mínimo al año.

El salario mínimo aumentó de 1.000.000 bolívares a Bs 3.000.000, mientras que el bono de alimentación, situado en Bs 1.555.500, quedó en 2.196.0000 dando un total de 5.196.000 bolívares.

Lamentablemente todos sabemos de sobra que estos aumentos, lejos de traer un beneficio, son la confesión de cuán grave está nuestra economía. Porque, cabe preguntarse: si la alocución presidencial anunció un 103% de aumento integral en esta última oportunidad, ¿por qué no alcanza a cubrir la brecha con el precio de los productos más elementales? Y es que, desde cualquier otro país, un aumento superior al 100% sonaría escandaloso. Pero hay que conocer la realidad de Venezuela.

Son incrementos reactivos, que responden a una inflación que se ha hecho incontrolable. Como dice el lugar común, el sueldo sube por la escalera mientras los precios lo hacen en ascensor. O en nuestro caso, en cohete.

Ya toda la gente lo sabe: a mayor cantidad de incremento de sueldos por año, mayor es también la confesión de que los aumentos de los precios están muy por encima.

Y para muestra, basta un botón: seis aumentos salariales el año pasado y tres más en lo que va del corriente. Consecuencia: no hay mejoría alguna en la situación. Y, entre otras cosas, se asfixia un poco más a las escasas empresas que aún sobreviven y se empeñan en producir.

Los episodios de incremento de precio reiterados, como los que estamos viendo hoy, son una pesadilla para cualquier país y atormentan a sus ciudadanos con la incapacidad de comprar hasta lo más necesario. En el mundo de han visto una y otra vez casos como el de Zimbabue, que llegó a ver billetes con valores superiores al trillón. Los precios cambiaban en minutos.

Otro de los entuertos que hay que resolver con urgencia, es el hecho de que casi el 50% de los ingresos de un trabajador en condiciones de sueldo mínimo son una bonificación, lo cual quiere decir que no tiene incidencia en beneficios como prestaciones sociales.

Por cierto, entre los anuncios también destaca un “bono de guerra económica”, el cual trae a colación ese término que se ha utilizado desde hace ya casi una década para justificar las enormes distorsiones que vive la economía nacional en manos de una de las gerencias más desatinadas que haya visto país alguno.

Sí, es así: si comparamos los exiguos ingresos de los trabajadores venezolanos con los precios que hace rato se les escaparon de las manos, no queda otra que declarar ganadores a los adversarios del gobierno.

Pero estos no son el llamado imperio ni los empresarios, ni los extraterrestres. Son las leyes de la economía, inexorables, que no pueden ser torcidas ni ignoradas. Y mucho menos modificadas a punta de gritos o decretos. A esto, debemos agregar los reiterados intentos de quienes gobiernan, de apagar los incendios con más gasolina.

Ciertamente, Venezuela vive en una economía de guerra. Aunque por ninguna parte vemos bombardeos o campos de batalla contra el invasor enemigo, los efectos que sentimos en nuestros bolsillos solo pueden ser comparables a la devastación que vivió Europa tras la Segunda Guerra Mundial.

Sin embargo, el gobierno anuncia reiteradamente su salida al ataque contra esa entidad abstracta que ha bautizado como guerra económica. ¿Por qué entonces, no se pueden atajar los precios? ¿Por qué las órdenes, los operativos, la persecución, no funcionan?

Pues porque los precios no son causas, son consecuencias. De la muy escasa producción nacional, de las empresas que ya no producen porque han cerrado en estos años por diversas causas, de los inversionistas y los profesionales que se han marchado ante el sombrío panorama que tiene años empeorando y no promete mejorar.

Y lo que es peor aún, lejos de funcionar para contener los incrementos, trabajan en el sentido exactamente contrario: disparan los precios aún más.

Por allí se dice que los capitales son cobardes. Y hay que asumir que es absolutamente cierto. Es una realidad y más aún, se trata de una de las reglas que deben tener en cuenta quienes pretendan manejar una economía.

La agitación permanente que se ha convertido en la marca de la Venezuela de los últimos años es mucho peor de lo que cualquiera pueda imaginar, en cuanto a torpedear cualquier intento de recuperación que pueda tener nuestra economía.

Un incremento de sueldos jamás será una buena noticia, mientras no se ataje la inflación y no se estabilicen los precios. Será digno de celebración cuando logremos tener bajas cotas de inflación y el aumento en cuestión sea superior a ellas. Si no, siempre será sal y agua.

David Uzcátegui
Twitter: @DavidUzcategui
Instagram: @DUzcategui

sábado, 26 de mayo de 2018

“La economía, la economía.…”

La frase que titula este artículo fue utilizada en la campaña electoral de Bill Clinton contra el presidente de Estados Unidos en ese entonces, George Bush padre, en el año 1992. 

Poco antes de las elecciones, Bush era considerado imbatible, debido a sus éxitos en política exterior, como el fin de la Guerra Fría y la Guerra del Golfo Pérsico. James Carville, estratega de la campaña electoral de Bill Clinton, señaló que éste debía enfocarse sobre cuestiones más relacionadas con la vida cotidiana de los ciudadanos y sus necesidades más inmediatas. 

Con el fin de mantener el foco en un mensaje, Carville pegó un cartel en las oficinas centrales con tres puntos escritos: Cambio vs. más de lo mismo; “la economía, estúpido”; y no olvidar el sistema de salud.

Aunque el cartel era solo un recordatorio interno, la frase se convirtió en una especie de eslogan no oficial de la campaña de Clinton, que resultó decisivo para modificar la relación de fuerzas y derrotar a Bush, algo impensable poco antes.

Aunque el presidente saliente había logrado estruendosos éxitos en el tablero internacional, por ello había descuidado lo doméstico, y muy puntualmente la economía, cosa que resentían los estadounidenses en sus mesas y en sus bolsillos. 

La gran lección del éxito de Clinton tiene que ver con haber puesto el foco en la cotidianidad y en la economía. En pocas palabras, en el día a día de los ciudadanos, en lo que les afecta y les duele más hondamente. 

Venezuela en estos momentos está saliendo de otra de tantas diatribas políticas, que nos han copado la atención desde hace ya unos cuantos años y que nada aportan al bienestar de la gente. 

Más allá de las épicas batallas imaginarias, o de la discusión sobre quién ganó o quién perdió -que hay que darla, pero no es el tema de hoy-, nos cabe una pregunta crucial: ¿y la economía? ¿Alguien piensa en ella? ¿Alguien se ocupa de eso? 

Porque el clamor de las calles no es otro que la pérdida abismal de la calidad de vida en el país. Porque las cifras de abstención en la cita electoral fueron desproporcionadamente elevadas, sea cual sea la fuente que tomemos. Y hay que saber leer con urgencia las señales de hartazgo que enviaron los votantes. 

No se puede seguir adelante con la diatriba política, cuando la vida misma se le ha vuelto a todos un calvario. Y los llamados a accionar inmediatamente frente a esta grave situación, son ni más ni menos que quienes tienen el poder. No hay otros responsables. 

Estamos recibiendo indicadores de la profundidad del problema económico que no pueden dejar de ser tomados en cuenta. 

Por ejemplo, nos enteramos de que el Banco Interamericano de Desarrollo no desembolsará más prestamos al país hasta que no se le liquiden los pagos atrasados que están pendientes. 

Esta información es apenas la punta del iceberg del complejo trance económico que atraviesa nuestra nación. 

Para hacer corto un cuento muy largo, bien sabemos que la actual administración -y la anterior, que es la misma- lejos de diversificar la economía, se afincaron más en la producción y exportación petrolera. Cosa que no estaría mal si no se hubieran ignorado los archiconocidos ciclos de altas y bajas de los precios petroleros. 

La soberbia de los tiempos de las vacas gordas, llevó a aplastar a la emergente producción nacional con importaciones pagadas por los ingresos petroleros. La persecución a la iniciativa particular por razones políticas dejó al país convertido en un verdadero desierto en el ámbito productivo. 

Solamente quedaba el ingreso petrolero como único sustento de una nación entera. Pero los precios bajaron. Algo que muchos -aunque no todos- sabíamos que iba a pasar. Y entonces, se vieron las costuras de un delirante proyecto de poder que no construyó país. 

Por si fuera poco, todas las fuentes del sector petrolero coinciden en afirmar que es sostenido el descenso en la producción nacional. No se trata solamente de que el petróleo cueste menos, el asunto es que producimos menos también. 

Así pues, la economía venezolana se encuentra en medio de un terrible nudo gordiano, entre precios petroleros bajos, producción baja y muy escasas alternativas de impulsar otros sectores de la productividad. Tormenta perfecta.

¿Quién tiene respuesta a esta situación? ¿Cómo escapar de este laberinto, de este callejón sin salida?

Respuestas hay, por supuesto. El asunto es que la inacción gubernamental nos ha llevado muy lejos en el deterioro y que habría que actuar hoy mismo, con medidas radicales y drásticas, con un golpe de timón de 180 grados, que significaría entre otras cosas, renunciar a una ideología política que ha fracturado las dos piernas a la economía. 

Es el momento de elegir entre lo político y lo económico. Se juega la supervivencia de un país. ¿Qué elegiría usted?


David Uzcátegui
Twitter: @DavidUzcategui
Instagram: @Duzcategui


viernes, 4 de mayo de 2018

“El aumento que nadie quiere”

El reciente Día del Trabajador se celebró, una vez más, con un aumento de sueldos y salarios. En esta oportunidad, superó el 95%, sin contar tickets de alimentación. Es esta una tradición que se pierde de vista en la cultura venezolana. Solamente que esta vez – y ya desde hace rato- no son muchos quienes celebran la noticia.

Y esto se debe a que la ciudadanía, meridianamente clara, ha entendido que la seguidilla de aumentos salariales que presenciamos desde hace años no es motivo para alegrarse. Muy por el contrario, es sin duda una señal de alarma. Y el espectador desprevenido de la tragicomedia venezolana, que presencie el episodio desde afuera, se preguntará por qué.

La respuesta es muy sencilla y la entiende quien tenga dos dedos de frente y no esté ciego por fanatismos: este es apenas un síntoma más de lo enferma que está la economía nacional.

A estas alturas de la vida y ante los numerosos aumentos salariales de este gobierno, todos sabemos que no contribuyen a reforzar el poder adquisitivo, sino que, muy por el contrario, son el último eslabón de una cadena inflacionaria y por lo tanto llegan cuando ya hay muy poco que hacer por proteger el bolsillo del trabajador.

Contrariamente a lo que se pueda pensar si se desconoce la tensa y compleja situación nacional, no son el punto final de la desgracia, sino el comienzo de otra nueva.

Y es que un aumento de sueldos en medio de la situación económica adversa que padecemos, en primer lugar, no alcanza para nada. En segundo término, será pulverizado en cosa de días por la inflación indetenible, la verdadera causa de todo y que nadie pareciera poder atajar. Y finalmente, coloca una presión adicional sobre la escasa empresa privada que nos queda, que no produce dinero para pagarlo en una economía recesiva, viéndose obligada en el mejor de los casos a restringir los puestos de trabajo que ofrece y en el peor, como ya lo hemos visto tantas veces, a cerrar.

Y es que no se puede obligar a troche y moche un aumento salarial en una nación que no es productiva, porque no genera riquezas ni recursos para pagarlo.

Vean este sencillo ejemplo: esta semana el pasaje sube a 5 mil bolívares, mientras el banco solamente nos entrega 20 mil bolívares a sus clientes. Esto se va en dos días, y solamente en los pasajes. Se trata de una buena imagen de las desproporciones entre lo que un limitado sistema de corsés puede permitir ofrecer y las necesidades nacionales.

Se puede manipular el discurso y alegar que ningún otro gobierno en el mundo da tantos y tantos aumentos salariales, que ningún otro país puede decir que les subió el sueldo a sus trabajadores a casi el doble. Se puede decir, sí. Pero, ¿quién se alegra?

La respuesta es fácil: nadie. Y no se alegra nadie por la sencilla razón de que esos aumentos siempre son una consecuencia de la inflación y un aumento de semejantes proporciones, solamente sirve para refrendar los niveles de inflación que padecemos. Amén de que sabemos que está muy lejos de paliar las crecientes necesidades.

Valga acotar que, si el sueldo se duplica, todos tenemos claro que esto es una medida de cuánto han subido los precios últimamente. Es un secreto a voces, que no se puede ocultar con un dedo porque todos lo padecemos en el bolsillo. Para muestra de lo que decimos, basta un botón: se trata del tercer aumento de sueldo en lo que va de año. Y cabe preguntarse qué ha sucedido con los otros dos, para que sea ya necesario un tercero, cuando ni de lejos hemos arribado a la mitad del año.

Y lo más desolador de tan adverso panorama, es que por ninguna parte se ve aunque sea la menor acción encaminada en la dirección correcta. Pareciera que quienes gobiernan hoy no tienen la menor idea de cómo atajar una inflación y revertirla. Es más, pareciera que se disfrutara intentando apagar el fuego con gasolina, porque no hay explicación lógica a tanto despropósito junto.

Para abatir la inflación, hay que producir. Y producir desde todos los flancos. Administración pública y empresa privada. Hay que elevar la oferta de productos en los anaqueles, para que la demanda sea ampliamente satisfecha.

Hay que disciplinar el gasto público. El orden en las cuentas gubernamentales es esencial en países azotados por la inflación. Y de nuevo caemos en el tema de que no se puede cargar con todo el peso de las responsabilidades a un gobierno hipertrofiado, que se ocupa de cosas que no debe, que tiene que delegar a quienes lo puedan hacer mejor. Y es inquietante que, en semejante situación económica, la nómina pública supere los dos millones de personas.

Hay que abrir las puertas a la iniciativa privada, apuntalara, confiar en ella. Porque no hay país en el mundo, por más petrolero que sea, que pueda alimentar a toda su población a partir del Estado.

David Uzcátegui
Twitter: @DavidUzcategui
Instagram: @DUzcategui

viernes, 27 de abril de 2018

"Cable a tierra"

El asunto económico en Venezuela se ha convertido en algo tan complejo, que cuesta seguirle la pista. Los recovecos y retruécanos con los que sorprende a cada momento la muy controlada economía nacional, nos hacen extremadamente difícil trazar un mapa de cuál es nuestra realidad a nivel de números.

Sin embargo, de pronto encontramos entre la maraña de números y afirmaciones, un dato de muy buena fuente que nos hace pisar el freno y prestar atención. Según la empresa de consultoría y análisis financiero Ecoanalítica, la caída del ingreso de los venezolanos – entre marzo de 2017 y el mismo mes de 2018- alcanzaría 89,9%, de acuerdo con el índice de salario real. Esto se revela en su informe semanal, en el cual refleja el impacto de la hiperinflación en la economía y en el ingreso de los trabajadores.

Para graficarlo con bienes tangibles y concretos, tomemos el ejemplo de algún bien de consumo cotidiano, como podrían ser los huevos. Con lo que se compraban diez unidades hace un año, hoy apenas se puede adquirir una.

Esto no habla sino de una cosa: nos hemos comido la flecha en el manejo económico del país, y en lugar de sumar e incrementar a la calidad de vida del venezolano, hemos visto cómo se le resta cotidianamente, y en este caso, con números en la mano.

También la empresa Ecoanalítica asegura que Venezuela habría entrado formalmente en inflación en noviembre de 2017.

Si comenzamos a pelar la cebolla de esta noticia, encontraremos capas y más capas de matices que le dan una dimensión cada ve más compleja a este asunto tan lamentable.

Como bien lo sabemos, como lo dicta la lógica y el sentido común y como además lo corroboran las empresas especializadas en estudios de mercado, cada vez más venezolanos destinan sus ingresos única y exclusivamente a la adquisición de alimentos y sin embargo ni siquiera este rubro elemental de la existencia lo pueden cubrir a plena satisfacción.

Esto, para no hablar de cómo han quedado prácticamente desplazadas todas las demás necesidades humanas, como ropa y calzado, vivienda, transporte y un largo etcétera, a los cuales lo que se destina es prácticamente cero del presupuesto familiar.

Y hay que ver otro matiz de esto: la caída del consumo de otros bienes que no sean los rubros alimenticios, ha desacelerado hasta niveles insospechados la comercialización de otros bienes y servicios que deberían ser de consumo masivo pero para los cuales hoy no hay recursos en muchos hogares, con lo cual la economía nacional recibe un torpedo en la línea de flotación.

Y no estamos hablando de bienes superfluos o suntuarios, sino de artículos que deben ser parte de la cotidianidad de quienes vivan en una sociedad promedio.

Tampoco se trata de hacer una oda al consumismo ni mucho menos. Habría que entender que el consumo trae el doble beneficio de satisfacer necesidades de la gente y de inyectar un dinero circulante a la economía a través de los comerciantes que reciben el ingreso por sus ventas y que a la vez lo redistribuyen al pagarle a sus empleados y proveedores, para que estos a su vez adquieran los bienes y servicios que necesitan.

Quedan y mucho más allá de lo alcanzable otras aspiraciones legítimas, como vivienda y vehículo, las cuales demandan una capacidad de ahorro para la cuota inicial y de pago para el compromiso mensual que significan. Y una vez más, no se trata de consumo superfluo: es nada más y nada menos que el legítimo derecho, la lógica aspiración de cualquier familia en cuanto a constituir un hogar.

Parafraseando a Martin Luther King, suponemos que somos muchos quienes temenos un sueño y no es otro que el recuperar la capacidad adquisitiva del venezolano, que se puedan cubrir todas las necesidades elementales con el ingreso por realizar una labor que beneficie a la sociedad y que pueda incluso permitir el privilegio del ahorro y del esparcimiento, que son dos elementos que nos hacen crecer como personas.

Que el círculo virtuoso de la economía se revierta en números azules que recompensen la capacidad y el desempeño de cada uno y que con eso se asegure una calidad de vida para cada familia, en la cual tenga cabida la capacidad de crecer, de proyectar, de soñar. Y lo que es más importante aún: de hacer realidad esos sueños sin que ello se sienta como frivolidad o imposibilidad, sino como un legítimo derecho que forma parte de nuestra condición humana.

Sí, pareciera que cada vez estamos más lejos de eso, pero mantener presente en nuestra conciencia que no solamente es posible sino imprescindible, nos marcará el rumbo hacia las metas, hacia lo que podemos y queremos concretar en nuestro futuro. Porque la mejor manera de hacer aterrizar los sueños, es comenzando por reconocer las realidades. Inlcuso si estas son demasiado duras.

David Uzcátegui
Twitter: @DavidUzcategui
Instagram: @DUzcategui

viernes, 13 de abril de 2018

“Cuando el petróleo no nos alcance”

El pasado mes de enero de este año, el diario El Espectador de Colombia tituló reseñando que la “Producción petrolera de Venezuela cayó casi 12% en diciembre”, según la Organización de Países Exportadores de Petróleo, que es la fuente citada.

La información no sería inquietante si hubiéramos escuchado aquellos consejos de venezolanos que debemos tener muy presentes, como Arturo Uslar Pietri o Juan Pablo Pérez Alfonso. La manoseada frase de “Sembrar el petróleo”, que a muchos pareció tan plausible y que se utiliza cuando conviene; pero que lamentablemente, jamás nadie puso en práctica.

EL hecho es que no solamente no la escuchamos, sino que hoy somos más dependientes que nunca de esa industria. Nos quedamos monoproductores y monoexportadores. Pero lo que jamás se pensó fue en el declive de la productividad de esta industria.

Y para hacer la desgracia completamente redonda, como una tragedia griega, este revés en la principal industria que sustenta al país, se da en momentos en los cuales no podemos echar mano a otro bien nacional.

Por si fuera poco, mientras nosotros nos miramos al ombligo, el mapa petrolero mundial cambia segundo a segundo, y a paso de vencedores. Aparecen nuevos productores, nuevas tecnologías que multiplican la eficiencia de la producción a niveles exponenciales y mucho más allá; mientras de manera paralela el petróleo como fuente energética es sustituida con alternativas como la solar o la eólica. Los carros híbridos y eléctricos ganan terreno de manera impresionante en el mundo entero.

Bien que se dice que es inútil llorar sobre la leche derramada. Pero es que lo que no tiene explicación alguna es el hecho de que Venezuela pase por esto cíclicamente, y vuelva a caer en la misma trampa del inmediatismo sin visión de futuro.

Lo que puede marcar la diferencia en esta oportunidad, es que bien pudiera ser la última vez que vivamos el ciclo.

Como ha sucedido antes en nuestra historia, tuvimos un gran boom petrolero en la década pasada. Y como siempre, obedeció a factores externos, como la invasión a Irak, que disparó a los cielos el precio de los hidrocarburos.

Esa monumental montaña de ingresos ha debido ser aprovechada en educación, en infraestructura. En llenarnos de hospitales, de escuelas, de vías de comunicación. En capacitar personal para la industria turística, en formar docentes, entre tantas otras urgencias. En una palabra: en inversión. Pero no fue así.

Noruega, por ejemplo, llegó mucho más tarde que nosotros a la parranda de la fiesta petrolera. Mientras nosotros ya superamos el siglo de historia en este apartado, los nórdicos apenas llegan a la mitad.

Sin embargo, ellos a punta de ahorro e inversión, ni se enteran de los bajones del mercado petrolero mundial. A nosotros, los predecibles e imaginables altibajos de este negocio, nos afectan casi como una ruleta rusa.

Pero la cosa, insistimos, es que esto va más allá. Ya no se trata de que el petróleo cueste menos. Es, sencillamente, que ahora tenemos menores capacidades para producirlo. Y hasta donde nos alcanza la mirada, no hay Plan B.

Esos fabulosos montos ingresaron, dieron para todo. Hasta para comprar todo lo que consumíamos en el exterior, por solamente dar un ejemplo.  Una conducta que fue como dispararse en el pie, porque hoy no tenemos industria. Y ya no hay divisas suficientes para hacer ese mercado en otras tierras.

En una onda de autocrítica, si algo ha hecho daño a la venezolanidad es ese orgullo por el petróleo. Nos quedamos en lo que ahora se denomina como “la zona de confort”, en un bombeo de pozos que se pensaba iba a ser permanente, algo que se puede entender en la población pero que es una conducta inexcusable para los gobiernos. Para los de antes y para los de ahora. Para todos.

Antes los precios del petróleo iban y venían, con lo cual nuestro sistema económico sufría altas y bajas. Pero ahora es mucho más que eso. Se trata de un cambio en el mercado petrolero mundial, aunado a una merma en las capacidades de nuestra propia industria puertas adentro. En pocas palabras, la tormenta perfecta.

Presumimos de tener las mayores reservas petroleras del mundo, pero sobre este tema cabe una gran pregunta: ¿tenemos la tecnología para extraerlas, procesarlas y comercializarlas? ¿Tenemos al personal calificado? Porque sin estos elementos, dichas reservas no pasan de ser una frase presuntuosa.

Parafraseando al escritor Gabriel García Márquez, ¿se dirige el sistema rentista venezolano hacia una muerte anunciada? Esto debe suceder en algún momento. Si no es por decisión de las autoridades del país, será por el mismo cambio de la dinámica mundial, en la cual no parecemos estar insertados. Sería muy lamentable que ocurriera por la segunda opción. Pero parece ser hacia donde nos dirigimos hoy.

David Uzcátegui
Twitter: @DavidUzcategui
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sábado, 7 de abril de 2018

“Vacacionar en Venezuela”

A propósito del más reciente asueto nacional, con motivo de la Semana Santa, mucha gente ha puesto sobre el tapete el hecho de que cada vez se hace más difícil aprovechar los días libres para conocer más nuestro país.

Se trata de una situación extremadamente lamentable, pues los venezolanos siempre hemos presumido, y no sin razón, de tener una de las naturalezas más generosas del continente.

Desde nuestro punto de vista, es particularmente triste que nos veamos limitados para mostrar a nuestros hijos y para disfrutar con ellos, una geografía que en el pasado recorrimos con tanta libertad.

El primero de los obstáculos sería sin duda, el económico. No necesitamos abundar en el escenario que transitan hoy la gran mayoría de familias venezolanas, donde evidentemente las prioridades a cubrir dejan en niveles de imposibilidad la recreación y el esparcimiento, merecidos por demás para los trabajadores y necesarios para niños, niñas y adolescentes en el marco de su desarrollo.

Sin embargo, en el caso de que pudiera haber una cierta disposición a entregarse durante los asuetos a conocer y disfrutar más del país, las adversidades que se enfrentan son tantas, que harían desistir al más optimista.

Mencionemos por ejemplo, el asunto de la electricidad. Sea por sabotaje, por reveses de la naturaleza o por falta de mantenimiento, la irregularidad en el suministro eléctrico es algo democráticamente repartido en todo el territorio nacional, con las consecuencias por demás conocidas.

Sabemos que nos atenemos a fallas en la iluminación de las vías y de las ciudades, a que no encontremos aire acondicionado en el lugar a donde nos dirijamos, a que servicios como la comida o las comunicaciones fallen. Y obviar esto es imposible, si nos disponemos a viajar. Especialmente porque sabemos que lo sufrimos en nuestra vida cotidiana y que no vamos a poder alejarnos de ello en nuestras vacaciones.

Adicionalmente, el asunto del transporte tampoco la pone fácil. El carro propio se piensa dos veces para usarlo, porque las refacciones no andan precisamente abundantes o económicas. Y por estas mismas causas, cualquier clase de transporte colectivo tampoco se cuenta entre los más fáciles.

Todo esto conforma un cuadro muy lamentable, ya no solamente por lo que nos perdemos quienes quisiéramos viajar por nuestra tierra y sabemos que tal propósito constituye una guerra de obstáculos, sino también porque teníamos una tradición turística que está desapareciendo.

Venezuela siempre ha tenido los activos naturales necesarios para ser una potencia turística, sin embargo, no hay un plan para aprovecharlos. En este sentido, la iniciativa particular, materializada en alternativas como pensiones, posadas, servicios de transporte o lugares para comer, había conseguido convertirse en una fuente de sustento para muchas familias en todo nuestro territorio.

Sin embargo, con la mengua del flujo de viajeros, muchos han desistido de estos negocios, otrora lucrativos. Unos cuantos se han dedicado a ver de qué manera se buscan la vida, mientras otros más han emprendido la aventura en otras latitudes.

No solamente nos perdemos de las famosas bellezas naturales de nuestro territorio, sino también de la hospitalidad de su gente, y se desvanece para colmo lo que podría ser una industria de referencia mundial, un ingreso alternativo para nuestra economía y una actividad que posicionara en lo más elevado el nombre de Venezuela en el mundo.

Porque otra realidad que torpedea a la posibilidad de hacer prosperar nuestro turismo es la desaparición de nuestro país de los mapas de numerosas rutas aéreas internacionales.

Es sumamente lamentable el desacuerdo que quienes hoy gobiernan mantuvieron con la aviación proveniente del exterior, que llevó a muchas de sus aerolíneas a dejar de tocar tierra venezolana, mientras las escasas que permanecen lo hacen con una frecuencia mínima.

Nos hemos perdido también del orgullo de esos visitantes extranjeros contemplando boquiabiertos las bendiciones que caracterizan a la venezolanidad.

Digamos como el Premio Nobel de la Paz, Martin Luther King: Yo tengo un sueño. Y es que a la belleza natural se sume la infraestructura, que bien puede salir de la riqueza petrolera, de una riqueza que se invierta sabiamente para generar otras industrias.

Que a la bondad y la hospitalidad del venezolano se agregue la formación, porque las grandes potencias turísticas del planeta se levantan sobre la atención y el servicio que los locales brindan a los visitantes.

Terca como es, Venezuela está allí, esperando tiempos mejores para poder brillar con todo lo que siempre ha tenido y seguirá teniendo. Sin embargo, esperamos ver esos tiempos mejores más pronto que tarde. En el turismo, Venezuela también está condenada al éxito.

David Uzcátegui
Twitter: @DavidUzcategui
Instagram: @DUzcategui

sábado, 10 de marzo de 2018

“Vientos electorales”

Ya desde hace unas cuantas semanas, el debate público venezolano se ha centrado en la inminencia de nuevas elecciones, en la pertinencia de la fecha y en las condiciones para acudir a las urnas electorales.

En realidad, cabe preguntarse si la presencia de este tema ha desaparecido en algún momento de la opinión pública, cuando siempre se ha sostenido que desencuentros del calibre de lo que hoy vivimos en la sociedad venezolana, solamente se pueden dirimir con una cita comicial, como una manera de sanar a la colectividad, pasar la página y poder seguir adelante con una nueva etapa histórica de la nación.

El rumbo de la ruta electoral venezolana ha sido errático en los últimos tiempos. Recordemos el malogrado intento de referendo revocatorio presidencial que correspondía y que finalmente no fue activado, un plebiscito ciudadano que fue un acto poderosamente expresivo de la inconformidad popular, las elecciones a una Asamblea Nacional Constituyente que aparecieron de un día para otro y finalmente, unas elecciones municipales marcadas por la abstención.

Esto último no es de extrañarse, ante la reiterada frustración de la gente que no se siente escuchada, a lo cual se suma todo el panorama adverso que hoy debemos enfrentar en nuestra tierra a nivel social y económico.

Sin embargo, la justificada rabia no nos puede generar una ceguera selectiva o momentánea de un hecho medular: las situaciones cambian, la vida sigue.

Y el hecho es que, tal como todos lo sentimos, el agua nos está llegando al cuello.

Sin duda, la falta de credibilidad que se ha ganado a pulso un proyecto político que se ha empeñado en defraudar una y otra vez a sus propios electores, ha hecho que sepulten su propio capital. Y la novedad no es que nadie crea en la actual administración; la novedad es que, entre los innumerables incrédulos, se cuentan hoy sus propios seguidores.

Y es a partir de esta premisa que debemos agudizar nuestras virtudes de observación. Porque, entre otras cosas, debe haber bastante más que inquietud en las filas del oficialismo cuando la desesperanza ha ganado a sus propios partidarios, a punta de seguir estrellándose una y otra vez contra el mismo muro de los lamentos.

Y esto es lo que puede ser el detonante de nuevos matices en medio de la situación extrema que encontramos.

Nos referimos, por ejemplo, al hecho de que el gobierno haya accedido a postergar por un mes la extremadamente precipitada convocatoria y a que, adicionalmente, se produzcan acciones tan inesperadas como abrir el registro electoral en Miami, la ciudad con mayor cantidad de venezolanos en el mundo, tras haberlos dejado desatendidos por varios años. Y resulta curiosa esta decisión, cuando los hechos han demostrado que los compatriotas que viven en el sur de Florida son mayoritariamente opositores.

La lectura de estos y otros hechos, puede ser la necesidad de convocar gente para que participe de una u otra manera en el evento comicial, tras evaluar que el desplome de la credibilidad en decisiones que van de lo impositivo a lo errático, está espantando incluso a quienes los seguían incondicionalmente.

Prueba de ello es sin duda el hecho de que muchos de los más representativos líderes que han luchado por años del lado de las fuerzas alternativas democráticas, hayan decidido pasar de largo en esta cita.

No es poco lo que mencionamos, ya que entre ellos se cuentan unos cuantos que han reiterado que se debe participar en todos los eventos electorales, vistos estos como un escalón imprescindible en la superación de lo que hoy luce como un callejón sin salida.

La barra de la paciencia nacional se ha forzado hasta niveles inimaginables en los últimos tiempos. Los venezolanos nos sentimos literalmente rodeados y sin vía alguna de alivio a los numerosos problemas que nos agobian. ¿Cuál podría ser el próximo nivel en este escenario tan adverso que hoy vivimos si la situación sigue por el mismo camino?

¿Habrá llegado el momento esperado? Ese, en el cual quienes hoy llevan las riendas del país entiendan que el cúmulo de errores es tal que hace insostenible el rumbo actual.

Ni lo afirmamos ni lo negamos. Pero sí invitamos a observar. Y a hacerlo con la cabeza fría que debe caracterizar a los movimientos políticos, si es que se busca ser acertado en las acciones, aún a pesar de padecer una situación francamente desesperante.

Al gobierno no le conviene quedarse solo en el ring, porque no habrá espectáculo. Y menos aún, puede permanecer inmóvil ante la desmotivación de sus propios seguidores.

Tenemos una gran oportunidad. Un gobierno con grandes índices de impopularidad. Nos quedaremos sentados viendo cómo se pasa la oportunidad? No lucharemos entonces? A veces lo que es mediáticamente popular no es lo políticamente correcto.

David Uzcátegui
Twitter: @DavidUzcategui
Instagram: @DUzcategui


viernes, 16 de febrero de 2018

"Fronteras "

Uno de los asuntos que ha convertido a Venezuela en titular de la prensa internacional en las últimas semanas, es el episodio que hoy se vive en las fronteras. Bien es sabido de muchos, que numerosos venezolanos están marchando hacia los vecinos países de Colombia y Brasil, en busca de muchas cosas, pero básicamente de una: oportunidades. 

Este episodio, complejo y fuera de lo común, es la confirmación de que se acumula la lista de aspiraciones que echamos en falta dentro de nuestro país, como muchos venimos diciendo desde hace años. Y de que esta situación se prolonga tanto, que es mejor macharse a intentarlo en otras latitudes. 

¿Por qué por tierra? ¿Por qué a países vecinos? La respuesta a esto puede darnos muchas más luces de lo esperado. 

Primeramente, el rango de los venezolanos que deciden aventurarse en otros países, ha crecido, es hoy mucho más diverso y variado. Recordemos que desde que tenemos registro de la historia de nuestra patria, hemos sido una tierra receptora de inmigrantes, pero jamás había tocado a nuestro pueblo salir. 

El fenómeno nuevo no llega ni siquiera a las dos décadas y comenzó con un discurso altisonante por parte del poder, el cual comenzó a resquebrajar la confianza y a ahuyentar tanto a los capitales como a la materia gris con calificada formación. Ambos, por cierto, elementos imprescindibles en la construcción de un país y cuya partida fue un torpedo en la línea de flotación del desarrollo venezolano en los años posteriores. Hoy, sin duda, estamos viendo las consecuencias. 

Sin embargo, este clima enrarecido que hoy marca a la venezolanidad y que la ha marcado por años, no ha hecho sino profundizarse con el transcurrir del tiempo. Y ello ha hecho que cada vez más compatriotas consideren la posibilidad de un destino alternativo en otras latitudes. 

La falta de respuestas, la limitación de soluciones y de oportunidades, la ausencia de fe en un porvenir que es a todas luces incierto, dispara el instinto humano de aferrarse a la posibilidad de vivir mejor de alguna manera, como sea. Y es muy doloroso que cada vez más compatriotas consideren que esto solo es posible al otro lado de alguna frontera. 

En el caso de lo que está sucediendo con Colombia, todos sabemos que la historia es vieja y de larga data. En este espacio lo hemos tratado, justamente a raíz de incidentes anteriores en la línea fronteriza con nuestros vecinos colombianos. 

Esa línea en cuestión, es una de las más calientes del continente y del mundo. El paso de un lado a otro siempre ha sido cotidiano y por ello las fuerzas públicas de ambos lados desde siempre han intentado encontrar soluciones a la medida de lo que es una realidad histórica, cultural y social. 

Sin embargo, el incremento de la cantidad de personas que cruzan de Venezuela a Colombia, ha llamado la atención de las autoridades de ese país, porque era a todas luces inesperado y sobrepasaba cualquier cálculo. 

Hay que decir, y esto es importante, que sin duda no todos tienen el plan de permanecer y establecerse en el territorio colindante. Muchos pasan esperando encontrar alguna labor temporal que facilite su sustento, para regresar a nuestro lado y suplir a su familia de lo necesario. Otros se animan al recorrido con el fin de buscar algunos bienes que necesitan y que no están a la mano de este lado. Y siempre, la intención es regresar. 

Pero sí se debe reconocer que otros tantos aspiran a quedarse. E incluso, algunos más usan esta puerta de salida y tienen en sus planes continuar el viaje hacia terceros países por tierra o aire. 

Es lo mismo que nos está sucediendo con Brasil, una frontera con menos movimiento que la colombiana, por la escasa población y por lo agreste de su geografía. El movimiento de coterráneos en esa dirección sí ha resultado una verdadera novedad, que ha sorprendido a las autoridades de los dos lados de la línea limítrofe. 

¿Qué falta en nuestra tierra, para que cantidades cada vez mayores de ciudadanos se animen a buscarlo fuera? 

De nuestra parte, nos negamos a ver la presencia de fuerzas de seguridad colombianas y brasileñas en nuestra frontera como un asunto que pueda presagiar algún tipo de agresión hacia nuestro país. 

Lógicamente, ante el incremento en la llegada de connacionales a las poblaciones limítrofes, se ha necesitado reforzar el orden para administrar la situación inesperada de la mejor manera posible. Cualquier clase de paranoia disparada por estos hechos no haría sino enrarecer aún más una situación ya de por sí delicada y llena de matices que la complican. 

No nos queda más que agradecer la hospitalidad de quienes reciben a los visitantes en ambas tierras y agradecer la comprensión. Sin duda, se encontrarán maneras de administrar esta coyuntura de la mejor manera posible y vendrán tiempos mejores para todos.

David Uzcátegui
Twitter: @DavidUzcategui
Instagram: @DUzcategui