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viernes, 30 de noviembre de 2018

“Defendamos Baruta”

Cuando el país se prepara para una nueva cita electoral para el próximo domingo 9 de diciembre, el clima de la opinión pública nacional se está caldeando por donde menos debería ser. Se trata de la diatriba entre quienes convocan a acudir a la cita comicial y quienes, por una u otra razón, llaman a no asistir.

Y decimos que esta es la discusión que menos debería ocuparnos, porque para quienes tenemos un compromiso con la defensa de la democracia, no podemos vernos como enemigos, más bien, son otros los favorecidos que esta discusión se presente.

Podemos entender buena parte de la argumentación de quienes alegan que es mejor quedarse en casa, somos solidarios en la petición de mejores condiciones electorales que nos permitan enfrentar venideros comicios.

Ahora bien, la pasividad jamás traerá cambios. La acción puede tener diversas consecuencias y resultados, pero de una manera u otra, estamos empujando hacia adelante. Y, probablemente, entre ese cúmulo de consecuencias, puede estar la que nos haga avanzar un paso hacia adelante hacia nuestros objetivos.

Es inquietante pero entendible ver cómo algunas personas sienten que el voto es una acción vacía de significados y que puede no llevar a resultado alguno. Siempre hemos considerado el voto como un testimonio.

En primer lugar, porque nadie dijo que esto fuera fácil. Enrumbar a Venezuela hacia un camino de paz y progreso es un camino largo y complejo, como bien lo hemos visto. Prometer soluciones mágicas es irresponsable, tanto como lo es quedarse de brazos cruzados y perder cualquier oportunidad de cambiar las circunstancias.

En segundo término, no dejamos de preguntarnos a quiénes beneficia abstenerse de participar. Y tenemos muy claro que no es a nosotros.

Algunos piensan que el voto no sirve para modificar nuestra circunstancia.

Sin embargo, a través de él, hemos defendido nuestras propuestas y nuestros valores para construir la Venezuela que merecemos, como fue el caso del referendo constitucional de 2007 y las parlamentarias de 2015.

Y nos permitimos hablar de una circunstancia mucho más cercana a nuestra experiencia, como lo ha sido la historia de Baruta. Ha quedado demostrado en todas las elecciones de los últimos tiempos, incluso en las más recientes, en las cuales se logró -contra todo pronóstico- llevar a la alcaldía a un representante de las fuerzas alternativas democráticas.

Y es que estamos hablando de un municipio caraqueño altamente consciente y ejemplarmente movilizado, a través de estos años tan complejos que nos ha tocado vivir en Venezuela.

La creciente inquietud ciudadana del baruteño, ha permitido otorgarle al municipio de manera reiterada, gobiernos locales que han preservado su calidad de vida y sus virtudes, convirtiéndolo en uno de los más buscados en el país para residir o establecer comercios.

Todo esto ha sucedido por que los vecinos jamás han faltado a la cita electoral cuando es convocada, y han acudido masivamente.

Ese es el gran punto a favor de acudir a votar: mientras mayor sea la participación, más garantías hay de pasar por encima de cualquiera de esas circunstancias que hacen a algunos dudar sobre el valor de la participación electoral.

En este sentido, los baruteños han logrado hacer del municipio no solamente un bastión de la participación electoral, sino también de la Venezuela posible. Esa donde los ciudadanos deciden su destino como colectividad y demuestran el poder de su voluntad en las mesas electorales.

La tarea ahora es justamente, blindar a ese gobierno local que los vecinos se han otorgado a sí mismos. Se trata de las elecciones de concejales, quienes son nada menos que el poder legislativo local.

Y me permito hablar de esta instancia en primera persona, ya que tuve el privilegio de hacer una carrera de varios años en la cámara municipal baruteña y puedo decir de primera mano cuál es el tamaño de la enorme responsabilidad que cargan sobre sí estos funcionarios públicos locales.

El trabajo conjunto entre la cabeza del poder ejecutivo y los concejales, puede convertirse en el gran motor municipal. Y en caso contrario, dejar al alcalde contrapuesto a quienes no tengan interés en el bienestar del municipio, o tengan otra agenda de intereses, puede ser la causa de circunstancias adversas para las comunidades.

Por eso, vale la pena apostarle a la defensa de lo que hemos logrado y a ir más allá, ante la posibilidad de ganar nuevos terrenos en la próxima contienda electoral. Porque podemos demostrar cómo el país que queremos se construye desde las bases de las comunidades. Cómo la gente impone de abajo hacia arriba su voluntad y si arriba no la escuchan pues insiste e insiste, con las herramientas de la democracia, como lo es precisamente el voto.

David Uzcátegui
Twitter: @DavidUzcategui
Instagram: @DUzcategui

viernes, 11 de mayo de 2018

“Cantos de sirena”

La próxima elección presidencial en México, ha estado revestida de polémica como pocas antes que esta. Y no es para menos, porque puntea en las encuestas el controversial candidato Andrés Manuel López Obrador.

El asunto es que el aspirante en cuestión viene con un discurso y un accionar que recuerdan a otras experiencias políticas fracasadas en distintas latitudes, amén de no tener asidero en circunstancias viables para sacar adelante a un país.

El señor López Obrador parece ser de esta camada de políticos latinoamericanos que apelan a decir lo que los electores quieren escuchar.

Todos queremos vivir mejor, todos aspiramos q que nos resuelvan la existencia, es humano quiere pagar menos y recibir más. Y por supuesto, soñamos con un país, con un Estado idealizado que lo resuelva todo y nos llene de dádivas.

Pero si conectamos por un instante con la sensatez, no cabe menos que preguntarnos de dónde va a salir ese maná de bondades. Porque hablando nuevamente desde la lógica y el sentido común, todo tiene un precio.

Todo vale algo, nada es de gratis, todo sale de alguna parte. Pero ese no es un razonamiento que esté dispuesto a aplicar el candidato que apele a la emoción más que a la razón.

AMLO, como se le conoce por sus iniciales, tiene la mesa servida. Las numerosas acusaciones de corrupción que han enrarecido la vida de los mexicanos, aunadas al desprestigio de la clase política, hacen que una ciudadanía indignada busque desesperadamente a un salvador. Y este astuto político lo tiene muy claro.

De cara a las elecciones presidenciales de México el venidero 1 de julio, López Obrador se presenta como favorito. Las encuestas dan a este hombre de izquierda de 64 años una enorme ventaja, muy por encima de quien le sigue en intención de voto, Ricardo Anaya, un abogado de 39 años, del Partido de Acción Nacional (PAN) que encabeza una coalición de derecha e izquierda. El poco popular candidato del partido oficialista, el Partido Revolucionario Institucional (PRI), José Antonio Meade, se encuentra muy lejos, en el tercer lugar.

Por supuesto, los fantasmas del pasado reciente de la izquierda latinoamericana y sus estrepitosos fracasos, son el “bacalao al hombro” de este político. Picando adelante, ha intentado aplacar estos temores nombrando un equipo de expertos de alto nivel como su gabinete y ha prometido a los empresarios que no habrá expropiaciones ni nacionalizaciones si él gana. Así se adelanta a uno de los peores temores que puede espantar a su electorado, cosa que por cierto no parece estar sucediendo. La ira vengadora está por encima de cualquier riesgo que pueda encarnar este aspirante a la silla presidencial.

Tiene otro punto a favor: fue alcalde de la Ciudad de México y su gestión, si bien polémica, no hizo que la sangre llegara al río, como se podía esperar. Fue bastante más prudente en su acción que en su verbo, aunque se le atribuya un sello indeleblemente populista y de paso, no haya sido tampoco particularmente brillante al frente de esa caótica ciudad, la más habitada del planeta.

Es la tercera vez que aspira a llegar a la residencia presidencial de Los Pinos. Las dos anteriores fueron en 2006 y 2012, e incluso cantó fraude en la primera. Tras ello lideró una ocupación del centro de la ciudad de México que duró meses.

Ahora, según muchos de sus seguidores – los humoristas los llaman AMLOvers- ha moderado bastante su accionar incendiario e incluso su vocabulario. Parece que la madurez ha hecho bien al llamado “peje”, apodo que debe a un pez caracterizado por su agresividad y por ser frontal en sus ataques.

Sin embargo, aún inquieta cómo pretende cumplir muchas de esas promesas que lucen como cantos de sirena.

Por ejemplo, ofrece diversas ayudas, como becas y apoyos para madres solteras, pero no explica de dónde saldrán, ya que lo ofrecido supera por mucho el presupuesto destinado al órgano encargado de ofrecer apoyos al pueblo, por lo que deberá aclarar cómo va a hacer para cumplir con las prebendas que promete.

También propone realizar consultas al pueblo cada dos años para que decida si le permitiría continuar o no como presidente. Una promesa que a los venezolanos nos suena, pero que en México es inconstitucional, además de costosa y extremadamente populista. ¿Será que se lanza con una Constituyente para sacarla adelante?

Sin embargo, el deseo de justicia y escarmiento que anima a muchos electores es como para enfrentar la ocasión con precaución. Ya sabemos en qué clase de tempestades pueden terminar estos vientos que llevan al poder a candidatos vengadores.

Quisiéramos mejor suerte para México y para Latinoamérica en general. Pero ya sabemos que cada nación debe transitar su propia historia. Ojalá sea para bien.

David Uzcátegui
Twitter: @DavidUzcategui
Instagram: @DUzcategui

viernes, 13 de abril de 2018

“Cuando el petróleo no nos alcance”

El pasado mes de enero de este año, el diario El Espectador de Colombia tituló reseñando que la “Producción petrolera de Venezuela cayó casi 12% en diciembre”, según la Organización de Países Exportadores de Petróleo, que es la fuente citada.

La información no sería inquietante si hubiéramos escuchado aquellos consejos de venezolanos que debemos tener muy presentes, como Arturo Uslar Pietri o Juan Pablo Pérez Alfonso. La manoseada frase de “Sembrar el petróleo”, que a muchos pareció tan plausible y que se utiliza cuando conviene; pero que lamentablemente, jamás nadie puso en práctica.

EL hecho es que no solamente no la escuchamos, sino que hoy somos más dependientes que nunca de esa industria. Nos quedamos monoproductores y monoexportadores. Pero lo que jamás se pensó fue en el declive de la productividad de esta industria.

Y para hacer la desgracia completamente redonda, como una tragedia griega, este revés en la principal industria que sustenta al país, se da en momentos en los cuales no podemos echar mano a otro bien nacional.

Por si fuera poco, mientras nosotros nos miramos al ombligo, el mapa petrolero mundial cambia segundo a segundo, y a paso de vencedores. Aparecen nuevos productores, nuevas tecnologías que multiplican la eficiencia de la producción a niveles exponenciales y mucho más allá; mientras de manera paralela el petróleo como fuente energética es sustituida con alternativas como la solar o la eólica. Los carros híbridos y eléctricos ganan terreno de manera impresionante en el mundo entero.

Bien que se dice que es inútil llorar sobre la leche derramada. Pero es que lo que no tiene explicación alguna es el hecho de que Venezuela pase por esto cíclicamente, y vuelva a caer en la misma trampa del inmediatismo sin visión de futuro.

Lo que puede marcar la diferencia en esta oportunidad, es que bien pudiera ser la última vez que vivamos el ciclo.

Como ha sucedido antes en nuestra historia, tuvimos un gran boom petrolero en la década pasada. Y como siempre, obedeció a factores externos, como la invasión a Irak, que disparó a los cielos el precio de los hidrocarburos.

Esa monumental montaña de ingresos ha debido ser aprovechada en educación, en infraestructura. En llenarnos de hospitales, de escuelas, de vías de comunicación. En capacitar personal para la industria turística, en formar docentes, entre tantas otras urgencias. En una palabra: en inversión. Pero no fue así.

Noruega, por ejemplo, llegó mucho más tarde que nosotros a la parranda de la fiesta petrolera. Mientras nosotros ya superamos el siglo de historia en este apartado, los nórdicos apenas llegan a la mitad.

Sin embargo, ellos a punta de ahorro e inversión, ni se enteran de los bajones del mercado petrolero mundial. A nosotros, los predecibles e imaginables altibajos de este negocio, nos afectan casi como una ruleta rusa.

Pero la cosa, insistimos, es que esto va más allá. Ya no se trata de que el petróleo cueste menos. Es, sencillamente, que ahora tenemos menores capacidades para producirlo. Y hasta donde nos alcanza la mirada, no hay Plan B.

Esos fabulosos montos ingresaron, dieron para todo. Hasta para comprar todo lo que consumíamos en el exterior, por solamente dar un ejemplo.  Una conducta que fue como dispararse en el pie, porque hoy no tenemos industria. Y ya no hay divisas suficientes para hacer ese mercado en otras tierras.

En una onda de autocrítica, si algo ha hecho daño a la venezolanidad es ese orgullo por el petróleo. Nos quedamos en lo que ahora se denomina como “la zona de confort”, en un bombeo de pozos que se pensaba iba a ser permanente, algo que se puede entender en la población pero que es una conducta inexcusable para los gobiernos. Para los de antes y para los de ahora. Para todos.

Antes los precios del petróleo iban y venían, con lo cual nuestro sistema económico sufría altas y bajas. Pero ahora es mucho más que eso. Se trata de un cambio en el mercado petrolero mundial, aunado a una merma en las capacidades de nuestra propia industria puertas adentro. En pocas palabras, la tormenta perfecta.

Presumimos de tener las mayores reservas petroleras del mundo, pero sobre este tema cabe una gran pregunta: ¿tenemos la tecnología para extraerlas, procesarlas y comercializarlas? ¿Tenemos al personal calificado? Porque sin estos elementos, dichas reservas no pasan de ser una frase presuntuosa.

Parafraseando al escritor Gabriel García Márquez, ¿se dirige el sistema rentista venezolano hacia una muerte anunciada? Esto debe suceder en algún momento. Si no es por decisión de las autoridades del país, será por el mismo cambio de la dinámica mundial, en la cual no parecemos estar insertados. Sería muy lamentable que ocurriera por la segunda opción. Pero parece ser hacia donde nos dirigimos hoy.

David Uzcátegui
Twitter: @DavidUzcategui
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viernes, 23 de marzo de 2018

“Con la misma moneda”

Tener que pagar una empanada y un café con transferencia, puede haber sonado como un chiste no hace mucho tiempo atrás. Hoy, es una insólita realidad, debido a un hecho del cual todos estamos conscientes y que afecta a la ciudadanía en general: la escasez de dinero en efectivo en el país.

La situación es tan generalizada, que se ha convertido en costumbre el pagar los más elementales bienes de consumo mediante una transacción bancaria electrónica; aunque eso no siempre es posible, porque en más de una oportunidad las conexiones tampoco responden con la velocidad necesaria.

Entre los bienes más preciados en nuestro territorio, está justamente el dinero físico y tangible, ya que existen innumerables operaciones que deben hacerse cada día con los escurridizos billetes, tales como el pago de pasajes, por nombrar solamente una.

Adicionalmente, se suma el hecho de que, si algún bien de consumo va a ser cancelado electrónicamente, los vendedores solicitan que se les cancele un monto mayor, a veces muy superior al que cobrarían en el caso contrario. Tal práctica, en el marco de los precios que actualmente se registran en el país, es todo un torpedo a la línea de flotación de cualquier presupuesto personal o familiar.

Este asunto que entorpece el día a día de todos nosotros, no es nada nuevo, aunque sí se debe decir que ha venido progresando y complicándose paulatinamente.

Los registros del fenómeno se remontan al año 2012, apenas cuatro años después de aquella medida gubernamental que le quitó tres ceros a la moneda, justamente para hacerla más manejable, y que presentó un nuevo cono monetario adecuado a las denominaciones recién estrenadas.

Esta fue una medida que de entrada funcionó muy bien. Sin embargo, el asunto fue que se arregló solamente la fachada, sin atacar el verdadero fondo del problema. ¿Cuál es este, según nuestro punto de vista? Que los precios siguieron aumentando, debido a un errado manejo del asunto económico.

Este tipo de reajustes monetarios suelen ser acompañados –o al menos, deberían serlo- por un profundo saneamiento de las finanzas públicas, por un ajuste del gasto. Y por supuesto, por una mayor oferta de bienes y servicios, porque ya lo sabemos: mientras más disponibilidad de mercancías exista, el consumidor podrá obtener precios más ventajosos. Es el ABC del manejo económico de los países.

Sin embargo, tomamos precisamente la dirección contraria. Se estrechó la producción en manos particulares, sin que se concretara alguna alternativa que paliara esta sensible ausencia de opciones.

Y así fue como pronto el nuevo cono monetario resultó insuficiente para contener el boyante aumento de los precios.

Tan es así, que hace poco vimos la entrada en circulación de nuevos billetes, todos evidentemente de mayor denominación. Y esta era la medida correcta. No la más deseable, pero sí la correcta, para evitar que la gente tuviera que cargar con cantidades de efectivo que no son manejables, hasta para hacer las transacciones más elementales de la cotidianidad. Y por otro lado, se suplía la ausencia de disponibilidad de dinero, que ya se sentía cada vez más.

Sin embargo, al poco tiempo nos dimos cuenta de que los nuevos billetes habían sido desbordados por la realidad y tampoco eran solución para el problema. Y no es que esta acción –repetimos- haya sido inadecuada. El asunto es que si no se atajan las causas, vamos a seguir en el círculo vicioso de modificar una y otra vez el cono monetario para que, al poco tiempo se vuelva tan inoperante como el anterior.

Y son tales las cantidades de efectivo que demanda en la actualidad la vida cotidiana del país, que sencillamente es imposible suplirlas.

Esto coloca todo el flujo de transacciones cotidianas en una especie de cámara lenta que resta aún más velocidad a nuestra rutina, cuando estamos en momentos en los cuales lo deseable sería acelerarla al máximo de cara a la productividad, el único remedio para salir adelante y conjurar el momento adverso que vivimos como nación.

Salir a la búsqueda de billetes es una más de las tareas que el venezolano debe anotar en su nueva agenda, restando tiempo a sus labores, y por lo tanto no solamente a su productividad, sino a su calidad de vida, al compartir con su familia, al descanso y al esparcimiento, que debe ser parte de una vida sana, esa misma que parece escaparse y alejarse a muy alta velocidad.

En conclusión, cualquier medida que se tome no va a servir por mucho tiempo, si no se ataca la causa. Y no lo decimos nosotros. Ya lo hemos visto: se ha modificado el cono monetario dos veces en una década, solamente para seguir entrampados en el mismo problema.

La economía venezolana debe dar un giro de 180 grados o seguiremos atrapados en el mismo círculo de equivocaciones. ¿Quién agarra el toro por los cuernos?

David Uzcátegui
Twitter: @DavidUzcategui
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sábado, 17 de marzo de 2018

“A la luz de los hechos”

La creciente reincidencia de los apagones en diversas regiones venezolanas, los ha convertido en un tema de conversación recurrente en los últimos días. Y es que resulta muy difícil evadir la atención de un hecho que trastorna la cotidianidad ciudadana de tantas maneras.

La inquietud ante los más recientes problemas eléctricos, radica en dos aspectos que complican más el panorama: se prolongan durante más tiempo y abarcan espacios geográficos cada vez mayores.

Para el día 12 de marzo, el diario El Universal titulaba: “Seis estados de Venezuela con fallas eléctricas por ‘bajo nivel’ de represa en Barinas”. La misma información agregaba que un sujeto fue capturado por realizar un “acto de sabotaje” en la subestación eléctrica de Caucagua, en el estado Miranda. Esto –suponemos-, es a propósito de que los fallos eléctricos se producen en diversos puntos de la geografía nacional y por ello es de suponer que se deben a más de una causa.

Incluso, estos hechos llegan a ser titulares en medios internacionales, los cuales reflejan la reiteración de los hechos.

La plataforma informativa Sputnik, perteneciente a la federación rusa, tituló el pasado día 13 de este mes: “Gobierno de Venezuela activa plan de contingencia por apagones al oeste de Venezuela”.

A continuación, en el cuerpo de la nota, se procede a exponer la versión oficial del gobierno venezolano con las siguientes palabras: “El Gobierno de Venezuela activó un plan de contingencia para atender las fallas eléctricas que se registran desde hace una semana en cinco estados del oeste y aseguró que son consecuencia, en su mayoría, del período de sequías que afecta la generación de energía hídrica”.

La misma noticia reconoce que los estados más afectados por las interrupciones del servicio eléctrico en las últimas dos semanas han sido Trujillo, Barinas, Portuguesa, Táchira y Mérida.

Finalmente aseguran que, de acuerdo a los reportes meteorológicos, a partir del 20 de marzo iniciarán las lluvias en las zonas del río Uribante Caparo, estado Táchira, el cual surte el embalse La Vueltosa, por lo que se espera que la situación mejore.

Lo cierto, es que necesitamos con urgencia una respuesta concreta y efectiva de las autoridades con respecto a esta problemática nacional, que entorpece hasta los actos más sencillos de la cotidianidad e incluso va más allá, al afectar la operatividad de tareas medulares de la sociedad, como los hospitales.

Las actividades de las amas de casa, los aparatos eléctricos del hogar, los aires acondicionados, las computadoras, las oficinas y sistemas de transporte como el Metro, son también afectados y ralentizan la productividad nacional, la cual tanto necesitamos empujar justamente en este momento.

Si bien es cierto que la sequía afecta la generación del sistema hidroeléctrico -que es uno de los más confiables y limpios-, también es verdad que sabemos que nuestro país está sometido, por naturaleza, a estos ciclos de estaciones secas y estaciones lluviosas. Por lo tanto, se impone la planificación y la alternativa, y no actuar de manera reactiva ante la contingencia, porque esto sin duda lleva tiempo y ello implica que el problema rebote en la calidad de vida de la gente.

Esto implica un monitoreo constante de las condiciones climáticas –en el caso de las fuentes de energía hidroeléctrica- para tomar con tiempo las precauciones necesarias. Para ello, entre otras cosas, se necesita sin duda una mayor inversión. Y ser rigurosos en la excelencia del personal que se seleccione para operar una industria tan medular para el funcionamiento del país.

Y por supuesto, urge también la creación de energías alternativas.

A la termoeléctrica no le podemos decir que no, porque ella se sustenta del petróleo y esta es nuestra mayor riqueza, asentados como estamos sobre la mayor reserva petrolera del planeta. Sin embargo, hay que recordar que esta es una energía menos amigable con el ambiente y su utilización debería limitarse a estos tiempos de contingencia y posteriormente ser sustituida paulatinamente por energía más limpia, como la eólica o la solar, que ya van ganando espacios en países preocupados por el hoy tan delicado asunto ambiental.

Y por ahora, lo más urgente es despolitizar el problema. No es asunto de oficialismo y oposición, en tanto y en cuanto nos afecta a todos permanentemente. Y desde nuestro punto de vista se trata de un asunto netamente técnico, el cual no es otro que garantizar el suministro permanente de energía eléctrica a todos los venezolanos. A veces llega y a veces no. Y tiene que llegar siempre.

Un cambio de foco en este sentido, sería un gran comienzo para sanear un asunto que es tema de conversación entre todos los colores ideológicos del país por igual.

David Uzcátegui
Twitter: @DavidUzcategui
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sábado, 10 de marzo de 2018

“Vientos electorales”

Ya desde hace unas cuantas semanas, el debate público venezolano se ha centrado en la inminencia de nuevas elecciones, en la pertinencia de la fecha y en las condiciones para acudir a las urnas electorales.

En realidad, cabe preguntarse si la presencia de este tema ha desaparecido en algún momento de la opinión pública, cuando siempre se ha sostenido que desencuentros del calibre de lo que hoy vivimos en la sociedad venezolana, solamente se pueden dirimir con una cita comicial, como una manera de sanar a la colectividad, pasar la página y poder seguir adelante con una nueva etapa histórica de la nación.

El rumbo de la ruta electoral venezolana ha sido errático en los últimos tiempos. Recordemos el malogrado intento de referendo revocatorio presidencial que correspondía y que finalmente no fue activado, un plebiscito ciudadano que fue un acto poderosamente expresivo de la inconformidad popular, las elecciones a una Asamblea Nacional Constituyente que aparecieron de un día para otro y finalmente, unas elecciones municipales marcadas por la abstención.

Esto último no es de extrañarse, ante la reiterada frustración de la gente que no se siente escuchada, a lo cual se suma todo el panorama adverso que hoy debemos enfrentar en nuestra tierra a nivel social y económico.

Sin embargo, la justificada rabia no nos puede generar una ceguera selectiva o momentánea de un hecho medular: las situaciones cambian, la vida sigue.

Y el hecho es que, tal como todos lo sentimos, el agua nos está llegando al cuello.

Sin duda, la falta de credibilidad que se ha ganado a pulso un proyecto político que se ha empeñado en defraudar una y otra vez a sus propios electores, ha hecho que sepulten su propio capital. Y la novedad no es que nadie crea en la actual administración; la novedad es que, entre los innumerables incrédulos, se cuentan hoy sus propios seguidores.

Y es a partir de esta premisa que debemos agudizar nuestras virtudes de observación. Porque, entre otras cosas, debe haber bastante más que inquietud en las filas del oficialismo cuando la desesperanza ha ganado a sus propios partidarios, a punta de seguir estrellándose una y otra vez contra el mismo muro de los lamentos.

Y esto es lo que puede ser el detonante de nuevos matices en medio de la situación extrema que encontramos.

Nos referimos, por ejemplo, al hecho de que el gobierno haya accedido a postergar por un mes la extremadamente precipitada convocatoria y a que, adicionalmente, se produzcan acciones tan inesperadas como abrir el registro electoral en Miami, la ciudad con mayor cantidad de venezolanos en el mundo, tras haberlos dejado desatendidos por varios años. Y resulta curiosa esta decisión, cuando los hechos han demostrado que los compatriotas que viven en el sur de Florida son mayoritariamente opositores.

La lectura de estos y otros hechos, puede ser la necesidad de convocar gente para que participe de una u otra manera en el evento comicial, tras evaluar que el desplome de la credibilidad en decisiones que van de lo impositivo a lo errático, está espantando incluso a quienes los seguían incondicionalmente.

Prueba de ello es sin duda el hecho de que muchos de los más representativos líderes que han luchado por años del lado de las fuerzas alternativas democráticas, hayan decidido pasar de largo en esta cita.

No es poco lo que mencionamos, ya que entre ellos se cuentan unos cuantos que han reiterado que se debe participar en todos los eventos electorales, vistos estos como un escalón imprescindible en la superación de lo que hoy luce como un callejón sin salida.

La barra de la paciencia nacional se ha forzado hasta niveles inimaginables en los últimos tiempos. Los venezolanos nos sentimos literalmente rodeados y sin vía alguna de alivio a los numerosos problemas que nos agobian. ¿Cuál podría ser el próximo nivel en este escenario tan adverso que hoy vivimos si la situación sigue por el mismo camino?

¿Habrá llegado el momento esperado? Ese, en el cual quienes hoy llevan las riendas del país entiendan que el cúmulo de errores es tal que hace insostenible el rumbo actual.

Ni lo afirmamos ni lo negamos. Pero sí invitamos a observar. Y a hacerlo con la cabeza fría que debe caracterizar a los movimientos políticos, si es que se busca ser acertado en las acciones, aún a pesar de padecer una situación francamente desesperante.

Al gobierno no le conviene quedarse solo en el ring, porque no habrá espectáculo. Y menos aún, puede permanecer inmóvil ante la desmotivación de sus propios seguidores.

Tenemos una gran oportunidad. Un gobierno con grandes índices de impopularidad. Nos quedaremos sentados viendo cómo se pasa la oportunidad? No lucharemos entonces? A veces lo que es mediáticamente popular no es lo políticamente correcto.

David Uzcátegui
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viernes, 26 de enero de 2018

“Presidenciales”

Aunque todos los venezolanos sabemos que este año corresponde realizar elecciones presidenciales en nuestro país, hemos sido sorprendidos con la intempestiva noticia de una convocatoria a los mencionados comicios para el mes de abril.

Este anuncio ha profundizado mucho más la ya compleja discusión al respecto, dado que desde hace rato hay inconformidad en amplios sectores de las mayorías nacionales con la manera como vienen su cediendo los eventos electorales.

Sin embargo –y no podemos perder esto de vista-, las elecciones son tan urgentes como necesarias. La cosa está en el “cómo”. Y aquí por supuesto, si hay mucha tela que cortar.

Desde siempre nos hemos anotado, y quienes nos leen lo saben, en el grupo de quienes defienden los encuentros en comicios para dirimir diferencias. Y más aún en un país como el nuestro, donde al momento actual las diferencias de fondo son complejas, amplias y muy dolorosas. Y, por si fuera poco, crecen día a día.

El asunto está en cómo se convocan los mencionados eventos electorales. Los mismo que pueden sanar a una sociedad y que, manejados con desatino, pueden complicar aún más la situación de la misma.

Por ejemplo, el tema de la validación de los partidos ha traído una polémica enorme y para nada exenta de razón. Y la mencionamos porque es quizá el más claro ejemplo de cómo el evento electoral se recarga de vericuetos innecesarios, que no hacen sino complicar el panorama, que ya bastante gris es de por sí.

Demás está decir que Venezuela ha atraído la atención internacional como nunca antes y que desde las más diversas latitudes se envían mensajes en favor de nuestra democracia y haciendo un llamado a que los venezolanos podamos acudir a votar en las condiciones más favorables al ejercicio de nuestro derecho.

Por ejemplo, el Grupo de Lima, que se encontraba reunido en Santiago de Chile para analizar la crisis venezolana, advirtió que la convocatoria a la realización de los comicios en el actual cuatrimestre, imposibilita de que estas elecciones estén dotadas de las condiciones más idóneas.

El pronunciamiento en cuestión fue firmado por cancilleres y representantes de Argentina, Brasil, Canadá, Chile, Colombia, Costa Rica, Guatemala, Guyana, Honduras, México, Panamá, Paraguay, Perú y Santa Lucía.

En el texto mencionado, se lee: “Exigimos que las elecciones presidenciales sean convocadas con una adecuada anticipación, con la participación de todos los actores políticos venezolanos y con todas las garantías que corresponda, incluida la participación de observadores internacionales independientes”.

El texto resume en un solo párrafo, las inquietudes que muchos tenemos al respecto. Y la primera es, por supuesto, lo precipitado del hecho, que va obviamente en contra de las fuerzas alternativas democráticas y favorece a quienes se encuentran en el poder, por el solo hecho de que esta posición es en sí un incuestionable activo de fuerza.

Sin embargo, es urgente subrayar también que desde ya se debe generar una estrategia para enfrentar este evento, quizá el más esperado por quienes deseamos un cambio en el rumbo nacional.

Sin duda, las elecciones presidenciales son, entre todos los actos electorales que se realizan en nuestra tierra, las que más marcan el destino de nuestro gentilicio. Y es que, para bien o para mal, el sistema político venezolano ha puesto siempre un enorme peso en la figura del presidente. Esto no es nuevo, aunque se haya exacerbado en las dos últimas décadas.


Lamentablemente, esta convocatoria unilateral y sin aviso, torpedeó gravemente el diálogo que se estaba realizando en República Dominicana, que es otro de los tableros en el cual hay que buscar las urgentes soluciones que demanda una ciudadanía exhausta.

Las elecciones eran piedra angular de la agenda y el llamado de la ANC deja sorpresivamente por fuera a actores que no solamente hacen legítima vida política en el país desde hace muchos años, sino que además representan a gruesos sectores de la población, como bien lo hemos podido ver en encuentros electorales recientes.

Por lo tanto, la inconformidad con las condiciones de estos comicios no nos puede hacer perder de vista que por fin estamos en la antesala de lo que puede ser un cambio radical en la conducción de nuestro destino.

¿Cuál es la solución? Unidad. Esa siempre ha sido la respuesta en momentos de crisis tan complejos como los que actualmente atravesamos. Hay ejemplos en la historia del mundo entero, en todos los tiempos.

Toca hilar fino y hacer política con la mayor sensibilidad posible. Porque no podemos permitirnos dinamitar este evento, pero tampoco podemos aceptar que se concrete sin unas condiciones mínimas para todos los actores que legítimamente buscan su participación en el mismo.

David Uzcátegui
Twitter: @DavidUzcategui
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viernes, 19 de enero de 2018

“Partidos válidos”

De cara a las elecciones presidenciales, que van a suceder este año, toda la sociedad venezolana se encuentra ante una incógnita que hay que resolver: ¿cómo quedan los partidos políticos en la Venezuela actual?

Porque nos encontramos a las puertas del llamado “proceso de validación de partidos políticos”, impuesto por el Consejo Nacional Electoral, hecho que, como era de esperarse, ha causado enorme polémica.

Y es que la validez de un partido político se mide por su crecimiento orgánico, por su compromiso con el momento histórico, con su capacidad para leer el escenario que le ha tocado enfrentar y por su propósito de influir en la historia de una nación para el mayor bien posible.

El proceso de validación de firmas para partidos políticos será a finales de este mes de enero y mientras lo esperamos, se abre una discusión absolutamente legítima al respecto.

Porque desde nuestro punto de vista, no es más que buscarle la quinta pata al gato. No es más que un contratiempo, una dificultad adicional al hecho de querer ejercer el voto y materializar la democracia.

Es una creación que se puede acatar, teniendo en la mira el bien común de todos los venezolanos, pero se acata bajo protesta, por innecesaria, por complicada y por contribuir a enrarecer más la atmósfera de una nación que ya de por sí respira demasiada tensión en el ambiente.

El presidente de la República aseguró, de cara a los nuevos diálogos en Santo Domingo, que a la oposición venezolana se le brindarán todas las garantías para que participe en las ineludibles elecciones presidenciales.

Esperamos que así sea y que haga buena su palabra. Porque la fragilidad del contrato social en la Venezuela actual es tal, que no se puede apostar sino a cualquier remedio que tengamos a mano todos los que convivimos en esta tierra.

Y resulta que, como siempre lo hemos dicho, el mejor remedio es el encuentro en las votaciones. No solamente es el más efectivo, sino también es el que toca actualmente por cronograma.

Por ello, esta propuesta emanada de la Asamblea Nacional Constituyente el pasado 20 de diciembre, nos parece definitivamente inadecuada.

La justificación que se da para la misma es que los partidos que no participaron en las recientes elecciones municipales, deben pasar por un proceso de validación.

¿Por qué estamos en desacuerdo con ello?

Pues, principalmente, porque era libertad y potestad de cada agrupación el decidir si iba o no a un encuentro comicial en particular, sin que eso pueda detonar en modo alguno ninguna forma de sanción o señalamiento.

Porque, por otro lado, la validación de un partido político se da en las urnas electorales y, por lo tanto, es justamente acudiendo libremente a estos comicios como podremos medir la validez de las agrupaciones políticas nacionales.

Y desde aquí todos nuestros lectores saben que nosotros siempre defendimos la participación en el reciente encuentro electoral de diciembre pasado.

Paro también saben quienes nos siguen, que somos propulsores de que exista la máxima diversidad posible en el marco de la necesaria coalición de organizaciones políticas para empujar colectivamente un cambio de rumbo, que ya no se puede postergar más.

Por ello nos parece legítimo que cada quien adopte una posición, sin que haya que pagar costo alguno por ello. Y que la discusión de las estrategias a seguir se dé al seno interno de las organizaciones, sin presión de ningún tipo desde fuera.

Pero sin duda estamos hablando de lo deseable, de lo que debería ser y no de la realidad, que nos pone frente a un escenario que está lejos del ideal; pero que es el que enfrentamos. Y hay que asumirlo.

Desde aquí, creo que debemos acudir a ese requerimiento. Y creo que quienes vayamos, lo hacemos en la certeza y la fe de que es inmensa la mayoría de venezolanos que quiere un cambio, y que no habrá forma de torcerlo.

Si esta es una de las estaciones, pues habrá que transitar el camino una vez más. Porque solamente la constancia y la terquedad pueden concretar un cambio, un cambio del cual nadie ha dicho nunca que será fácil. Y como siempre, también postulamos que la acción es infinitamente mejor que la inacción.
 
Sabemos que la cita electoral es la que menos se puede desperdiciar entre las oportunidades y que, justamente, si esta cita es para resolver el asunto presidencial, la convocatoria a este acto será muy elevada en cantidad de votantes.

No tenemos duda de que este evento hablará a nuestro favor, en pro de quienes visualizamos una Venezuela de progreso y bienestar. Por ello vamos a cumplir ese requisito, para luego vernos en las urnas comiciales. Pero, antes de ello, invitamos a nuestros adversarios, que son quienes administran el poder, a crear las condiciones de mayor convivencia posible. Por el bien de todos.

David Uzcátegui
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