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viernes, 11 de enero de 2019

“Inflación y dólares: batalla perdida”

Para los venezolanos no es nada nuevo el fenómeno inflacionario. Si bien nuestro país disfrutó por largas décadas de una de las inflaciones más bajas del mundo, ese caballo de Troya entró en nuestro país durante los años 80 y, con marchas y contramarchas, lo cierto es que cada vez ha sido más y más pronunciado.

Uno de los más socorridos métodos para intentar sobreponerse a los reveses de sus efectos, es buscar refugio en una moneda fuerte. El ahorro en dólares o el intentar realizar actividades profesionales o económicas que generen ingresos en esta moneda, ha sido uno de los refugios más seguros para ganarle la partida a ese monstruo tan voraz.

Esta ha sido una costumbre común en los países latinoamericanos, la mayoría de los cuales han vivido incontrolables espirales de subida de precios desde mucho antes de que la situación afectara a Venezuela.

En la última década los venezolanos apelaron a este recurso para correr la arruga de las limitaciones financieras en cada hogar. El dinero enviado por familiares que viven en otras naciones y generan recursos en divisas ha sido crucial para muchos. Otros tantos han realizado trabajos temporales en otras naciones para traer al país sus ingresos y algunos más incluso han logrado concretar labores a distancia desde nuestro país, a cambio de remuneraciones en dólares.

De esta manera, muchos lograban ganar un round a las reiteradas subidas en los precios de bienes y servicios.

Sin embargo, grande ha sido la sorpresa de quienes tenían el privilegio de contar con algún ingreso en dólares, cuando se han dado cuenta de que, de un tempo para acá, dichos dólares compran cada vez menos en nuestra tierra. Como si estuviéramos hablando de bolívares. A pesar de todos estos malabares para intentar mantener un mínimo poder adquisitivo, la capacidad de compra sigue cayendo. Y no hay dólar que la ataje.

Es una realidad: el cada vez más creciente fenómeno de la subida de precios también se está comiendo a los dólares. Para el día 14 de octubre de 2018, el portal web de la agencia internacional de noticias EFE (España) titulaba: “La inflación venezolana devora dólares y euros mientras fulmina al bolívar”.

El portal Proeconomía asegura que la causa de este fenómeno, es que la inflación ha aumentado de manera más acelerada que el tipo de cambio nominal en el mercado paralelo.

Continúa explicando que, hasta el pasado mes de septiembre, el nivel de precios de la economía había aumentado a un ritmo 13,4 veces más acelerado que el precio del dólar en el mercado paralelo.

Esta situación, ha hecho que cada vez se necesiten más dólares para adquirir los mismos bienes. Si en enero de 2018, se necesitaba 1 US$ para adquirir un bien, en septiembre del mismo año, para adquirir ese mismo bien, se necesitaban 13 US$.

El pasado mes de noviembre, el economista Luis Vicente León hizo alusión al fenómeno durante un Congreso de Economía celebrado en la Universidad Católica Andrés Bello.

“Llamarlo inflación en dólares está mal dicho”, precisó sobre la pérdida del poder adquisitivo de los dólares en el país. “Una cesta de bienes convencional en Venezuela conformada por un conjunto de productos que podía adquirirse en 10 dólares en diciembre (de 2017), hoy (noviembre de 2018) requiere 190 dólares”.

¿Qué está sucediendo entonces? Pues que las tasas de inflación y devaluación, aunque ambas crecientes, van a ritmos distintos. Y el crecimiento de los precios es mucho mayor a la revalorización del dólar frente al actual bolívar soberano.

A esto, se suma la escasez de bienes y servicios disponibles en comparación a la demanda. Y ya sabemos en qué se traduce esto: cuando un producto es difícil de conseguir, cuando muchas personas andan tras ese producto y existen pocas unidades del mismo, su valor se incrementa automáticamente. Incluso en dólares.

Hemos llegado al punto en el cual productos exactamente iguales cuestan más en Venezuela que en cualquier otro país. 

¿Es que entonces ya ni siquiera el dólar es un escudo ante el crecimiento exponencial de los precios?

Pues en el momento actual, eso es lo que parece. Semejante fenómeno es simplemente otro medidor de que la hiperinflación que padece Venezuela ha trepado hasta un nivel superior. Va a un ritmo mucho mayor que la devaluación del signo monetario nacional frente al dólar.

Según los especialistas, se trata de una situación temporal y llegará el momento en el cual la inflación y la devaluación vuelvan a ir a un ritmo más cercano. Esto es como dicen los abuelos, “alegría de tísico”, ya que si sucede en medio de tasas elevadas para ambos indicadores, como hemos visto desde hace unos cuantos años, seguiremos confrontando una economía que hace muy cuesta arriba vivir. ¿Hasta cuándo?

David Uzcátegui
Twitter: @DavidUzcategui
Instagram: @DUzcategui

lunes, 7 de enero de 2019

“Cambio”

Una vez pasado el necesario y urgente reencuentro navideño con familiares, amigos y un poco de la paz que nos hace tanta falta, toca de nuevo abordar la compleja situación nacional y cómo desarmar esta intrincada trama de errores que tantas adversidades ha traído a Venezuela.

Y desde nuestra perspectiva, el asunto número uno a atender es la economía.
No está demás recordar aquella famosa frase atribuida al presidente estadounidense Bill Clinton, “es la economía, estúpido”, creada por su comando de campaña cuando enfrentó al entonces primer mandatario, George Bush padre.

Se dice que fue un cartel colgado por uno de sus asesores en la oficina, para que tuviera presente que esa era la clave para vencer a un contrincante que gozaba de altos niveles de popularidad, pero que arrastraba en paralelo una economía que hacía aguas.

Y así fue como Clinton ganó. No hubo manera de rebatir sus argumentos frente a la condición elemental para el bienestar de la gente en cualquier nación: la economía.

De este lado del charco, dos décadas se han ido en asuntos ideológicos y retóricos, que se robaron el foco durante un buen tiempo, y que fueron bastante potables en tanto y en cuanto los altos precios del petróleo permitían disimular cualquier desatino administrativo, con la abundancia de recursos que caracterizó a aquellos años.

Y uno de los mayores errores fue sin duda el control cambiario. Error que arrastramos hasta el día actual.

Son muy escasos los países que recurren a una medida tan extrema, y la misma es el reconocimiento por parte del gobierno de que algo no anda bien. La desconfianza de la gente y las empresas en el escenario de la nación, obliga a sacar los preciados recursos financieros para protegerlos. Por allí se dice que no hay nada más cobarde que un dólar, y hay mucho de cierto en eso.

Sin embargo, es algo de absoluta lógica el tratar de preservar e incrementar el patrimonio, de cuidarlo frente a cualquier amenaza de hacerlo mermar.

Al enrarecimiento político de la primera década venezolana del siglo XXI, siguió el famoso y polémico control cambiario. Una medida que había sido tomada durante períodos anteriores en el país, pero que jamás se prolongó como en el caso actual, cuando ya se aproxima a los 16 años, tras su creación en el 2003.

Y lamentablemente, su extensa vida es la confirmación de que no hay confianza en nuestra economía. Es, primero que nada, una medida cosmética para disimular esta inquietud que a todos nos ha punzado en algún momento.

Toca pues, hablar de un tema tabú, que desde hace mucho tiempo se menciona por lo bajo: la unificación cambiaria.

Expertos de todas las tendencias, de varias generaciones, han insistido en que es la primera medida que hay que tomar para comenzar a sanear la maltrecha economía nacional.

Muchas veces lo hemos dicho: la economía no obedece órdenes. Cualquier intento de hacerlo, crea distorsiones que terminan actuando como bumerangs que destinados a golpear a quienes intentaron imponer tercamente su voluntad.

Quizá el mayor error del modelo que se ha intentado imponer a Venezuela, ha sido su pretensión de controlarlo todo. Cualquier estudiante de economía sabe que una tasa de cambio impuesta desde el gobierno es artificia y como tal, insostenible.

La intervención estatal en la libre convertibilidad cambiaria ha devenido en un enorme e ineficiente aparato burocrático que ha demorado la atención a necesidades urgentes mientras se ocupa de un papeleo totalmente prescindible.

Y la demostración de que esta estrategia ha traído más dolores de cabeza que beneficios, está clara en las múltiples transformaciones que ha sufrido la Comisión de Administración de Divisas (CADIVI) luego bautizada como Centro de Comercio Exterior (CENCOEX) y  sus diversos derivados cambiarios como el Sistema Marginal de Divisas (SIMADI) y el llamado dólar DICOM.

Y es por estos también que la nueva y recién estrenada moneda ha perdido tanto terreno frente al dólar en tan poco tiempo. Se pueden hacer cuantas reconversiones se quieran, siempre se va a perder la carrera contra la divisa estadounidense en tanto y en cuanto no se afronte la realidad y se agarre al toro por los cachos.

Productividad, libertad y confianza son las únicas maneras de estabilizar el signo monetario nacional. ¿Es el desmontaje del control cambiario el que va a devolver las aguas a su cauce o lo hará la confianza de la gente?

Lo que sabemos es que la primera de las variables es la que está en manos de quienes administran el país. Y sin duda, la estabilización será consecuencia de la confianza. De una confianza que tiene que ver con orden, con transparencia y con correcto manejo de los recursos para que no se generen más números en rojo que hagan tambalear la viabilidad de nuestro país.

David Uzcátegui
Twitter: @DavidUzcategui
Instagram: @DUzcategui

viernes, 21 de diciembre de 2018

¿Montaña rusa o ruleta rusa?

El año que temina ha desafiado la capacidad de asombro de los venezolanos ante las inéditas situaciones que hemos presenciado en nuestro país. Especificamente en lo económico, hemos llegado a cosas jamás imaginadas cuando de adversidades se trata.

Sin duda hay que comenzar hablando de la reconversión monetaria, la segunda en una década, que lamentablemente cumplió con los más nefastos presagios.

Alguna vez dijimos que la medida en sí era correcta, de cara a los montos inmanejables de dinero que había que gastar para comprar los más elementales recursos de subsistencia.  Había que convertir esas cantidades insólitas en montos manejables.

Pero también dijimos que, si no se saneaban numerosos aspectos errados del manejo económico nacional, la nueva moneda sería sal y agua en meses. En realidad, sucedió a velocidad de montaña rusa.

Demás está decir que a estas alturas del partido, la ciudadanía ha perdido la confianza en bolívar soberano, el nuevo signo monetario; tanto o más que en su predecesor, el ya fallecido bolívar fuerte.

Y por si fuera poco, ya tampoco se consigue a alguien que crea en la capacidad de quienes administran actualmente nuestra nación, para conjurar la crisis y colocarnos nuevamente en la senda del añorado crecimiento.

El Fondo Monetario Internacional, organización financiera de referencia mundial,  ya no prevé una caída del Producto Interno Bruto de Venezuela del 15%, como hace medio año, sino del 18%. Y otra del 5% para 2019; y otra del 1,5% para 2020.

Sabemos que las cifras emitidas por ese organismo no suelen ser del agrado de quienes hoy ostentan el poder. Y se podrán hacer muchas críticas a esa institución, algunas acertadas, otras no tanto. Pero lo cierto es que sus mediciones referenciales son de aceptación mundial y difícilmente refutables.

De hecho, el Banco Central de Venezuela había dejado de publicar los índices referenciales en una cantidad de asuntos en los cuales debe hacerlo. No sabemos si esta actitud se debió a lo inmanejable de las cifras o a que era mejor no hacer públicos unos números tan sombríos.

Sin embargo, ante la presión internacional, las cifras reaparecieron. Y superan los peores temores. Efectivamente, es el mismo BCV quien reconoció, el pasado mes de noviembre, una contracción del 17% para este año en nuestra economía.

Y lo hizo porque no podía permitir que la falta de información sobre nuestras finanzas cerrara las líneas de crédito a la nación, en momentos en los cuales al gobierno le urge mantener abiertas todas las fuentes de financiamiento, ante los crecientes reveses de nuestra economía.

En el mismo informe, las cifras oficiales del BCV ubican la inflación al cierre de 2017 en 860%, una cifra conservadora, si se considera que el pronóstico del FMI la contabilizó en 2.818%, y la agencia de información financiera Bloomberg proyectó un 1.718%. 

Sea cual sea la cifra que tomemos como cierta, quedamos del mismo modo en el limbo de las espirales inflacionarias más notables de la historia y cumplimos con el dudoso honor de estar entre las cifras de inflación más altas del siglo XXI, cuando el fenómeno parecía estar cada vez más relegado a la centuria pasada, producto de guerras y de pésimos manejos económicos que se han superado con estudio y conocimiento, y que cada vez son menos frecuentes en el planeta.

Como dato adicional, el organismo señala que la inflación cerrará en 1.370.000% este año, pese a que ellos mismos habían calculado en julio que sería de un millón por ciento.

Para poner la guinda a la torta, el FMI, en su informe de perspectivas económicas globales que se difundió recientemente, indica que prevé que Venezuela tendrá en 2019 una inflación de 10.000.000% con una reducción del producto interno bruto de un 5% y proyecta que la economía caerá en un 18%.

Agregan que “Se espera que la hiperinflación de Venezuela empeore rápidamente, impulsada por el financiamiento monetario de grandes déficits fiscales y la pérdida de confianza en la moneda", según reseña la agencia de noticias española EFE.

Sin embargo, mucha gente dice que para qué sirven estas cifras, que no se sienten reflejados en ellas. Y tienen su buena parte de razón. Las urgencias, las carencias, las necesidades y las frustraciones no se pueden pintar en números.

En lo que sí coinciden cifras y sentimientos, es en la grandilocuencia. Los números son absurdamente altos, como también lo es la rabia y la impotencia ante la inacción de quienes ocupan puestos de poder, cuyo deber es sacar a la nación de este agujero sin fondo, de esta ruleta rusa en la cual sabemos que cada decisión errónea en materia económica puede traer la detonación fatal contra cualquier posibilidad de salir adelante y hundirnos en abismos mucho peores.

David Uzcátegui
Twitter: @DavidUzcategui
Instagram: @DUzcategui

viernes, 16 de noviembre de 2018

“El gallo pelón”

Los venezolanos sabemos muy bien de qué va el famoso cuento del gallo pelón. Es una broma, un vacilón, como diríamos en buen criollo. Es una historia que siempre se anuncia, pero jamás se concreta. Como diría alguien por ahí, da más vueltas que un perro antes de echarse, para no llegar a ninguna parte.

A cuento del gallo pelón suena la economía en las manos de quienes hoy administran el país. Porque siempre las cosas van a mejorar luego, pronto, mañana. Pero nunca mejoran. Y al día siguiente nos vuelven a relatar la misma historia.

Y esto lo decimos a propósito de la nueva y reciente reconversión monetaria, la segunda en una década.

Se nos anunció como la panacea, como lo que tenía que ser hecho para poder superar el tremendo desbarajuste que el alza desproporcionada de los precios ha traído a nuestro país.

Sin embargo, en cosa de meses, hemos visto cómo el remedio no surtió efecto. La espiral de los precios sigue elevándose como si nada, como si no se hubiera enterado de que se tomó una medida de gran envergadura. Y es que, en verdad, no se enteró.

Alguna vez, tiempo atrás lo dijimos por aquí. La reconversión monetaria o crear una nueva moneda, era una medida necesaria. Pero apenas una sola entre muchas otras que debieron ser tomadas, cosa que no se hizo. Por tanto, es inútil.

Poniéndolo otra vez en buen criollo, es poner los carros delante de los caballos. La creación de una nueva moneda -o “eliminarle ceros”, como decimos coloquialmente- es la última de las medidas a tomar para sanear la economía enferma de una nación.

Porque, ya lo hemos visto dos veces en una década, si sencillamente se elimina un puñado de ceros de golpe y porrazo, sin atacar los errores, dichos ceros se reproducen como el monte después de las lluvias.

La primera vez, hace una década, le gente creyó. Se saltó del bolívar -que duró más de cien años- al bolívar fuerte. Esto caló bien en el ánimo de la ciudadanía. Parecía que teníamos en las manos una moneda con poder adquisitivo. 

Por si fuera poco, las cantidades se hacían más manejables. Eran necesarios menos billetes en la cartera para comprar lo mismo. En fin, un sueño hecho realidad… que duró muy poco.

Para hacer corto un cuento largo que todos vivimos porque lo sufrimos, los famosos ceros a la derecha nos agobiaron nuevamente. Y la vida del bolívar fuerte fue muy corta, apenas diez años.

En esta nueva incursión de la reconversión monetaria, la gente fue cautelosa, no creyó. Muchos lo tenían bien fresco y el escepticismo fue la norma. No ha pasado mucho tiempo para comprobar que llevábamos razón.

Es algo similar a lo que sucede con los frecuentes anuncios de aumento de sueldos. Algo que debería ser celebrado, ya se escucha como quien oye llover. Porque todos sabemos que se trata de un intento desesperado por alcanzar los precios, y que va a fracasar, como sin duda fracasó el aumento inmediatamente anterior, lo cual es la causa para anunciar otro más.

Aquello de que los precios suben por el ascensor y los sueldos por las escaleras, dejó de ser una metáfora precisa hace mucho rato. Mientras los ingresos de los venezolanos van a pie, los egresos se montaron en un avión.

Lo psicológico también influye y pega. Así como hubo confianza en aquel intento de reconversión de una década atrás, el actual ha estado marcado por una acentuada incredulidad. No se logró levantar la confianza ni mucho menos la fe.

Esta semana, la agencia de noticias EFE anunció que Venezuela entró en el ciclo más letal de este fenómeno que se haya dado en la historia de América Latina. Otros medios internacionales apuntan en sus titulares que la tendencia parece ser de largo aliento.

Lo hemos mencionado anteriormente: la causa de este tipo de fenómenos es que el dinero existente en el mercado que no se encuentre apoyado en contrapartida por crecimiento en la producción de bienes y servicios. ¿La solución? Producción, productividad, oferta. Generar confianza y dejar que el emprendedor particular haga su trabajo, bajo un marco de reglas claras y de disciplina fiscal.

Porque la producción nacional es clave para atacar lo que actualmente vivimos, así como el origen de todo esto tiene mucho que ver con los tiempos en los cuales los altos precios petroleros llevaron a comprar todo importado y a dar la espalda a la producción nacional, llevando a muchas empresas a desaparecer. Es hoy cuando nos damos cuanta de cuánto las necesitábamos.

En el caso venezolano, y como bien lo hemos padecido, la desconfianza ha llevado a menguar aceleradamente la oferta en el mercado. Por ello, hasta que esta situación no se corrija, cualquier intento de reconversión monetaria será pulverizado en cosa de meses. El carro y los caballos de los cuales hablábamos unas líneas más arriba. O el cuento del gallo pelón.

David Uzcátegui
Twitter: @DavidUzcategui
Instagram: @DUzcategui


viernes, 29 de junio de 2018

“Sal y agua”


La semana pasada, el gobierno nacional anunció otro nuevo aumento del salario mínimo venezolano. Son decisiones que a nadie toman por sorpresa, ya que estamos acostumbrados desde hace años a varios aumentos de salario mínimo al año.

El salario mínimo aumentó de 1.000.000 bolívares a Bs 3.000.000, mientras que el bono de alimentación, situado en Bs 1.555.500, quedó en 2.196.0000 dando un total de 5.196.000 bolívares.

Lamentablemente todos sabemos de sobra que estos aumentos, lejos de traer un beneficio, son la confesión de cuán grave está nuestra economía. Porque, cabe preguntarse: si la alocución presidencial anunció un 103% de aumento integral en esta última oportunidad, ¿por qué no alcanza a cubrir la brecha con el precio de los productos más elementales? Y es que, desde cualquier otro país, un aumento superior al 100% sonaría escandaloso. Pero hay que conocer la realidad de Venezuela.

Son incrementos reactivos, que responden a una inflación que se ha hecho incontrolable. Como dice el lugar común, el sueldo sube por la escalera mientras los precios lo hacen en ascensor. O en nuestro caso, en cohete.

Ya toda la gente lo sabe: a mayor cantidad de incremento de sueldos por año, mayor es también la confesión de que los aumentos de los precios están muy por encima.

Y para muestra, basta un botón: seis aumentos salariales el año pasado y tres más en lo que va del corriente. Consecuencia: no hay mejoría alguna en la situación. Y, entre otras cosas, se asfixia un poco más a las escasas empresas que aún sobreviven y se empeñan en producir.

Los episodios de incremento de precio reiterados, como los que estamos viendo hoy, son una pesadilla para cualquier país y atormentan a sus ciudadanos con la incapacidad de comprar hasta lo más necesario. En el mundo de han visto una y otra vez casos como el de Zimbabue, que llegó a ver billetes con valores superiores al trillón. Los precios cambiaban en minutos.

Otro de los entuertos que hay que resolver con urgencia, es el hecho de que casi el 50% de los ingresos de un trabajador en condiciones de sueldo mínimo son una bonificación, lo cual quiere decir que no tiene incidencia en beneficios como prestaciones sociales.

Por cierto, entre los anuncios también destaca un “bono de guerra económica”, el cual trae a colación ese término que se ha utilizado desde hace ya casi una década para justificar las enormes distorsiones que vive la economía nacional en manos de una de las gerencias más desatinadas que haya visto país alguno.

Sí, es así: si comparamos los exiguos ingresos de los trabajadores venezolanos con los precios que hace rato se les escaparon de las manos, no queda otra que declarar ganadores a los adversarios del gobierno.

Pero estos no son el llamado imperio ni los empresarios, ni los extraterrestres. Son las leyes de la economía, inexorables, que no pueden ser torcidas ni ignoradas. Y mucho menos modificadas a punta de gritos o decretos. A esto, debemos agregar los reiterados intentos de quienes gobiernan, de apagar los incendios con más gasolina.

Ciertamente, Venezuela vive en una economía de guerra. Aunque por ninguna parte vemos bombardeos o campos de batalla contra el invasor enemigo, los efectos que sentimos en nuestros bolsillos solo pueden ser comparables a la devastación que vivió Europa tras la Segunda Guerra Mundial.

Sin embargo, el gobierno anuncia reiteradamente su salida al ataque contra esa entidad abstracta que ha bautizado como guerra económica. ¿Por qué entonces, no se pueden atajar los precios? ¿Por qué las órdenes, los operativos, la persecución, no funcionan?

Pues porque los precios no son causas, son consecuencias. De la muy escasa producción nacional, de las empresas que ya no producen porque han cerrado en estos años por diversas causas, de los inversionistas y los profesionales que se han marchado ante el sombrío panorama que tiene años empeorando y no promete mejorar.

Y lo que es peor aún, lejos de funcionar para contener los incrementos, trabajan en el sentido exactamente contrario: disparan los precios aún más.

Por allí se dice que los capitales son cobardes. Y hay que asumir que es absolutamente cierto. Es una realidad y más aún, se trata de una de las reglas que deben tener en cuenta quienes pretendan manejar una economía.

La agitación permanente que se ha convertido en la marca de la Venezuela de los últimos años es mucho peor de lo que cualquiera pueda imaginar, en cuanto a torpedear cualquier intento de recuperación que pueda tener nuestra economía.

Un incremento de sueldos jamás será una buena noticia, mientras no se ataje la inflación y no se estabilicen los precios. Será digno de celebración cuando logremos tener bajas cotas de inflación y el aumento en cuestión sea superior a ellas. Si no, siempre será sal y agua.

David Uzcátegui
Twitter: @DavidUzcategui
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sábado, 26 de mayo de 2018

“La economía, la economía.…”

La frase que titula este artículo fue utilizada en la campaña electoral de Bill Clinton contra el presidente de Estados Unidos en ese entonces, George Bush padre, en el año 1992. 

Poco antes de las elecciones, Bush era considerado imbatible, debido a sus éxitos en política exterior, como el fin de la Guerra Fría y la Guerra del Golfo Pérsico. James Carville, estratega de la campaña electoral de Bill Clinton, señaló que éste debía enfocarse sobre cuestiones más relacionadas con la vida cotidiana de los ciudadanos y sus necesidades más inmediatas. 

Con el fin de mantener el foco en un mensaje, Carville pegó un cartel en las oficinas centrales con tres puntos escritos: Cambio vs. más de lo mismo; “la economía, estúpido”; y no olvidar el sistema de salud.

Aunque el cartel era solo un recordatorio interno, la frase se convirtió en una especie de eslogan no oficial de la campaña de Clinton, que resultó decisivo para modificar la relación de fuerzas y derrotar a Bush, algo impensable poco antes.

Aunque el presidente saliente había logrado estruendosos éxitos en el tablero internacional, por ello había descuidado lo doméstico, y muy puntualmente la economía, cosa que resentían los estadounidenses en sus mesas y en sus bolsillos. 

La gran lección del éxito de Clinton tiene que ver con haber puesto el foco en la cotidianidad y en la economía. En pocas palabras, en el día a día de los ciudadanos, en lo que les afecta y les duele más hondamente. 

Venezuela en estos momentos está saliendo de otra de tantas diatribas políticas, que nos han copado la atención desde hace ya unos cuantos años y que nada aportan al bienestar de la gente. 

Más allá de las épicas batallas imaginarias, o de la discusión sobre quién ganó o quién perdió -que hay que darla, pero no es el tema de hoy-, nos cabe una pregunta crucial: ¿y la economía? ¿Alguien piensa en ella? ¿Alguien se ocupa de eso? 

Porque el clamor de las calles no es otro que la pérdida abismal de la calidad de vida en el país. Porque las cifras de abstención en la cita electoral fueron desproporcionadamente elevadas, sea cual sea la fuente que tomemos. Y hay que saber leer con urgencia las señales de hartazgo que enviaron los votantes. 

No se puede seguir adelante con la diatriba política, cuando la vida misma se le ha vuelto a todos un calvario. Y los llamados a accionar inmediatamente frente a esta grave situación, son ni más ni menos que quienes tienen el poder. No hay otros responsables. 

Estamos recibiendo indicadores de la profundidad del problema económico que no pueden dejar de ser tomados en cuenta. 

Por ejemplo, nos enteramos de que el Banco Interamericano de Desarrollo no desembolsará más prestamos al país hasta que no se le liquiden los pagos atrasados que están pendientes. 

Esta información es apenas la punta del iceberg del complejo trance económico que atraviesa nuestra nación. 

Para hacer corto un cuento muy largo, bien sabemos que la actual administración -y la anterior, que es la misma- lejos de diversificar la economía, se afincaron más en la producción y exportación petrolera. Cosa que no estaría mal si no se hubieran ignorado los archiconocidos ciclos de altas y bajas de los precios petroleros. 

La soberbia de los tiempos de las vacas gordas, llevó a aplastar a la emergente producción nacional con importaciones pagadas por los ingresos petroleros. La persecución a la iniciativa particular por razones políticas dejó al país convertido en un verdadero desierto en el ámbito productivo. 

Solamente quedaba el ingreso petrolero como único sustento de una nación entera. Pero los precios bajaron. Algo que muchos -aunque no todos- sabíamos que iba a pasar. Y entonces, se vieron las costuras de un delirante proyecto de poder que no construyó país. 

Por si fuera poco, todas las fuentes del sector petrolero coinciden en afirmar que es sostenido el descenso en la producción nacional. No se trata solamente de que el petróleo cueste menos, el asunto es que producimos menos también. 

Así pues, la economía venezolana se encuentra en medio de un terrible nudo gordiano, entre precios petroleros bajos, producción baja y muy escasas alternativas de impulsar otros sectores de la productividad. Tormenta perfecta.

¿Quién tiene respuesta a esta situación? ¿Cómo escapar de este laberinto, de este callejón sin salida?

Respuestas hay, por supuesto. El asunto es que la inacción gubernamental nos ha llevado muy lejos en el deterioro y que habría que actuar hoy mismo, con medidas radicales y drásticas, con un golpe de timón de 180 grados, que significaría entre otras cosas, renunciar a una ideología política que ha fracturado las dos piernas a la economía. 

Es el momento de elegir entre lo político y lo económico. Se juega la supervivencia de un país. ¿Qué elegiría usted?


David Uzcátegui
Twitter: @DavidUzcategui
Instagram: @Duzcategui


viernes, 4 de mayo de 2018

“El aumento que nadie quiere”

El reciente Día del Trabajador se celebró, una vez más, con un aumento de sueldos y salarios. En esta oportunidad, superó el 95%, sin contar tickets de alimentación. Es esta una tradición que se pierde de vista en la cultura venezolana. Solamente que esta vez – y ya desde hace rato- no son muchos quienes celebran la noticia.

Y esto se debe a que la ciudadanía, meridianamente clara, ha entendido que la seguidilla de aumentos salariales que presenciamos desde hace años no es motivo para alegrarse. Muy por el contrario, es sin duda una señal de alarma. Y el espectador desprevenido de la tragicomedia venezolana, que presencie el episodio desde afuera, se preguntará por qué.

La respuesta es muy sencilla y la entiende quien tenga dos dedos de frente y no esté ciego por fanatismos: este es apenas un síntoma más de lo enferma que está la economía nacional.

A estas alturas de la vida y ante los numerosos aumentos salariales de este gobierno, todos sabemos que no contribuyen a reforzar el poder adquisitivo, sino que, muy por el contrario, son el último eslabón de una cadena inflacionaria y por lo tanto llegan cuando ya hay muy poco que hacer por proteger el bolsillo del trabajador.

Contrariamente a lo que se pueda pensar si se desconoce la tensa y compleja situación nacional, no son el punto final de la desgracia, sino el comienzo de otra nueva.

Y es que un aumento de sueldos en medio de la situación económica adversa que padecemos, en primer lugar, no alcanza para nada. En segundo término, será pulverizado en cosa de días por la inflación indetenible, la verdadera causa de todo y que nadie pareciera poder atajar. Y finalmente, coloca una presión adicional sobre la escasa empresa privada que nos queda, que no produce dinero para pagarlo en una economía recesiva, viéndose obligada en el mejor de los casos a restringir los puestos de trabajo que ofrece y en el peor, como ya lo hemos visto tantas veces, a cerrar.

Y es que no se puede obligar a troche y moche un aumento salarial en una nación que no es productiva, porque no genera riquezas ni recursos para pagarlo.

Vean este sencillo ejemplo: esta semana el pasaje sube a 5 mil bolívares, mientras el banco solamente nos entrega 20 mil bolívares a sus clientes. Esto se va en dos días, y solamente en los pasajes. Se trata de una buena imagen de las desproporciones entre lo que un limitado sistema de corsés puede permitir ofrecer y las necesidades nacionales.

Se puede manipular el discurso y alegar que ningún otro gobierno en el mundo da tantos y tantos aumentos salariales, que ningún otro país puede decir que les subió el sueldo a sus trabajadores a casi el doble. Se puede decir, sí. Pero, ¿quién se alegra?

La respuesta es fácil: nadie. Y no se alegra nadie por la sencilla razón de que esos aumentos siempre son una consecuencia de la inflación y un aumento de semejantes proporciones, solamente sirve para refrendar los niveles de inflación que padecemos. Amén de que sabemos que está muy lejos de paliar las crecientes necesidades.

Valga acotar que, si el sueldo se duplica, todos tenemos claro que esto es una medida de cuánto han subido los precios últimamente. Es un secreto a voces, que no se puede ocultar con un dedo porque todos lo padecemos en el bolsillo. Para muestra de lo que decimos, basta un botón: se trata del tercer aumento de sueldo en lo que va de año. Y cabe preguntarse qué ha sucedido con los otros dos, para que sea ya necesario un tercero, cuando ni de lejos hemos arribado a la mitad del año.

Y lo más desolador de tan adverso panorama, es que por ninguna parte se ve aunque sea la menor acción encaminada en la dirección correcta. Pareciera que quienes gobiernan hoy no tienen la menor idea de cómo atajar una inflación y revertirla. Es más, pareciera que se disfrutara intentando apagar el fuego con gasolina, porque no hay explicación lógica a tanto despropósito junto.

Para abatir la inflación, hay que producir. Y producir desde todos los flancos. Administración pública y empresa privada. Hay que elevar la oferta de productos en los anaqueles, para que la demanda sea ampliamente satisfecha.

Hay que disciplinar el gasto público. El orden en las cuentas gubernamentales es esencial en países azotados por la inflación. Y de nuevo caemos en el tema de que no se puede cargar con todo el peso de las responsabilidades a un gobierno hipertrofiado, que se ocupa de cosas que no debe, que tiene que delegar a quienes lo puedan hacer mejor. Y es inquietante que, en semejante situación económica, la nómina pública supere los dos millones de personas.

Hay que abrir las puertas a la iniciativa privada, apuntalara, confiar en ella. Porque no hay país en el mundo, por más petrolero que sea, que pueda alimentar a toda su población a partir del Estado.

David Uzcátegui
Twitter: @DavidUzcategui
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viernes, 27 de abril de 2018

"Cable a tierra"

El asunto económico en Venezuela se ha convertido en algo tan complejo, que cuesta seguirle la pista. Los recovecos y retruécanos con los que sorprende a cada momento la muy controlada economía nacional, nos hacen extremadamente difícil trazar un mapa de cuál es nuestra realidad a nivel de números.

Sin embargo, de pronto encontramos entre la maraña de números y afirmaciones, un dato de muy buena fuente que nos hace pisar el freno y prestar atención. Según la empresa de consultoría y análisis financiero Ecoanalítica, la caída del ingreso de los venezolanos – entre marzo de 2017 y el mismo mes de 2018- alcanzaría 89,9%, de acuerdo con el índice de salario real. Esto se revela en su informe semanal, en el cual refleja el impacto de la hiperinflación en la economía y en el ingreso de los trabajadores.

Para graficarlo con bienes tangibles y concretos, tomemos el ejemplo de algún bien de consumo cotidiano, como podrían ser los huevos. Con lo que se compraban diez unidades hace un año, hoy apenas se puede adquirir una.

Esto no habla sino de una cosa: nos hemos comido la flecha en el manejo económico del país, y en lugar de sumar e incrementar a la calidad de vida del venezolano, hemos visto cómo se le resta cotidianamente, y en este caso, con números en la mano.

También la empresa Ecoanalítica asegura que Venezuela habría entrado formalmente en inflación en noviembre de 2017.

Si comenzamos a pelar la cebolla de esta noticia, encontraremos capas y más capas de matices que le dan una dimensión cada ve más compleja a este asunto tan lamentable.

Como bien lo sabemos, como lo dicta la lógica y el sentido común y como además lo corroboran las empresas especializadas en estudios de mercado, cada vez más venezolanos destinan sus ingresos única y exclusivamente a la adquisición de alimentos y sin embargo ni siquiera este rubro elemental de la existencia lo pueden cubrir a plena satisfacción.

Esto, para no hablar de cómo han quedado prácticamente desplazadas todas las demás necesidades humanas, como ropa y calzado, vivienda, transporte y un largo etcétera, a los cuales lo que se destina es prácticamente cero del presupuesto familiar.

Y hay que ver otro matiz de esto: la caída del consumo de otros bienes que no sean los rubros alimenticios, ha desacelerado hasta niveles insospechados la comercialización de otros bienes y servicios que deberían ser de consumo masivo pero para los cuales hoy no hay recursos en muchos hogares, con lo cual la economía nacional recibe un torpedo en la línea de flotación.

Y no estamos hablando de bienes superfluos o suntuarios, sino de artículos que deben ser parte de la cotidianidad de quienes vivan en una sociedad promedio.

Tampoco se trata de hacer una oda al consumismo ni mucho menos. Habría que entender que el consumo trae el doble beneficio de satisfacer necesidades de la gente y de inyectar un dinero circulante a la economía a través de los comerciantes que reciben el ingreso por sus ventas y que a la vez lo redistribuyen al pagarle a sus empleados y proveedores, para que estos a su vez adquieran los bienes y servicios que necesitan.

Quedan y mucho más allá de lo alcanzable otras aspiraciones legítimas, como vivienda y vehículo, las cuales demandan una capacidad de ahorro para la cuota inicial y de pago para el compromiso mensual que significan. Y una vez más, no se trata de consumo superfluo: es nada más y nada menos que el legítimo derecho, la lógica aspiración de cualquier familia en cuanto a constituir un hogar.

Parafraseando a Martin Luther King, suponemos que somos muchos quienes temenos un sueño y no es otro que el recuperar la capacidad adquisitiva del venezolano, que se puedan cubrir todas las necesidades elementales con el ingreso por realizar una labor que beneficie a la sociedad y que pueda incluso permitir el privilegio del ahorro y del esparcimiento, que son dos elementos que nos hacen crecer como personas.

Que el círculo virtuoso de la economía se revierta en números azules que recompensen la capacidad y el desempeño de cada uno y que con eso se asegure una calidad de vida para cada familia, en la cual tenga cabida la capacidad de crecer, de proyectar, de soñar. Y lo que es más importante aún: de hacer realidad esos sueños sin que ello se sienta como frivolidad o imposibilidad, sino como un legítimo derecho que forma parte de nuestra condición humana.

Sí, pareciera que cada vez estamos más lejos de eso, pero mantener presente en nuestra conciencia que no solamente es posible sino imprescindible, nos marcará el rumbo hacia las metas, hacia lo que podemos y queremos concretar en nuestro futuro. Porque la mejor manera de hacer aterrizar los sueños, es comenzando por reconocer las realidades. Inlcuso si estas son demasiado duras.

David Uzcátegui
Twitter: @DavidUzcategui
Instagram: @DUzcategui

viernes, 13 de abril de 2018

“Cuando el petróleo no nos alcance”

El pasado mes de enero de este año, el diario El Espectador de Colombia tituló reseñando que la “Producción petrolera de Venezuela cayó casi 12% en diciembre”, según la Organización de Países Exportadores de Petróleo, que es la fuente citada.

La información no sería inquietante si hubiéramos escuchado aquellos consejos de venezolanos que debemos tener muy presentes, como Arturo Uslar Pietri o Juan Pablo Pérez Alfonso. La manoseada frase de “Sembrar el petróleo”, que a muchos pareció tan plausible y que se utiliza cuando conviene; pero que lamentablemente, jamás nadie puso en práctica.

EL hecho es que no solamente no la escuchamos, sino que hoy somos más dependientes que nunca de esa industria. Nos quedamos monoproductores y monoexportadores. Pero lo que jamás se pensó fue en el declive de la productividad de esta industria.

Y para hacer la desgracia completamente redonda, como una tragedia griega, este revés en la principal industria que sustenta al país, se da en momentos en los cuales no podemos echar mano a otro bien nacional.

Por si fuera poco, mientras nosotros nos miramos al ombligo, el mapa petrolero mundial cambia segundo a segundo, y a paso de vencedores. Aparecen nuevos productores, nuevas tecnologías que multiplican la eficiencia de la producción a niveles exponenciales y mucho más allá; mientras de manera paralela el petróleo como fuente energética es sustituida con alternativas como la solar o la eólica. Los carros híbridos y eléctricos ganan terreno de manera impresionante en el mundo entero.

Bien que se dice que es inútil llorar sobre la leche derramada. Pero es que lo que no tiene explicación alguna es el hecho de que Venezuela pase por esto cíclicamente, y vuelva a caer en la misma trampa del inmediatismo sin visión de futuro.

Lo que puede marcar la diferencia en esta oportunidad, es que bien pudiera ser la última vez que vivamos el ciclo.

Como ha sucedido antes en nuestra historia, tuvimos un gran boom petrolero en la década pasada. Y como siempre, obedeció a factores externos, como la invasión a Irak, que disparó a los cielos el precio de los hidrocarburos.

Esa monumental montaña de ingresos ha debido ser aprovechada en educación, en infraestructura. En llenarnos de hospitales, de escuelas, de vías de comunicación. En capacitar personal para la industria turística, en formar docentes, entre tantas otras urgencias. En una palabra: en inversión. Pero no fue así.

Noruega, por ejemplo, llegó mucho más tarde que nosotros a la parranda de la fiesta petrolera. Mientras nosotros ya superamos el siglo de historia en este apartado, los nórdicos apenas llegan a la mitad.

Sin embargo, ellos a punta de ahorro e inversión, ni se enteran de los bajones del mercado petrolero mundial. A nosotros, los predecibles e imaginables altibajos de este negocio, nos afectan casi como una ruleta rusa.

Pero la cosa, insistimos, es que esto va más allá. Ya no se trata de que el petróleo cueste menos. Es, sencillamente, que ahora tenemos menores capacidades para producirlo. Y hasta donde nos alcanza la mirada, no hay Plan B.

Esos fabulosos montos ingresaron, dieron para todo. Hasta para comprar todo lo que consumíamos en el exterior, por solamente dar un ejemplo.  Una conducta que fue como dispararse en el pie, porque hoy no tenemos industria. Y ya no hay divisas suficientes para hacer ese mercado en otras tierras.

En una onda de autocrítica, si algo ha hecho daño a la venezolanidad es ese orgullo por el petróleo. Nos quedamos en lo que ahora se denomina como “la zona de confort”, en un bombeo de pozos que se pensaba iba a ser permanente, algo que se puede entender en la población pero que es una conducta inexcusable para los gobiernos. Para los de antes y para los de ahora. Para todos.

Antes los precios del petróleo iban y venían, con lo cual nuestro sistema económico sufría altas y bajas. Pero ahora es mucho más que eso. Se trata de un cambio en el mercado petrolero mundial, aunado a una merma en las capacidades de nuestra propia industria puertas adentro. En pocas palabras, la tormenta perfecta.

Presumimos de tener las mayores reservas petroleras del mundo, pero sobre este tema cabe una gran pregunta: ¿tenemos la tecnología para extraerlas, procesarlas y comercializarlas? ¿Tenemos al personal calificado? Porque sin estos elementos, dichas reservas no pasan de ser una frase presuntuosa.

Parafraseando al escritor Gabriel García Márquez, ¿se dirige el sistema rentista venezolano hacia una muerte anunciada? Esto debe suceder en algún momento. Si no es por decisión de las autoridades del país, será por el mismo cambio de la dinámica mundial, en la cual no parecemos estar insertados. Sería muy lamentable que ocurriera por la segunda opción. Pero parece ser hacia donde nos dirigimos hoy.

David Uzcátegui
Twitter: @DavidUzcategui
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sábado, 7 de abril de 2018

“Vacacionar en Venezuela”

A propósito del más reciente asueto nacional, con motivo de la Semana Santa, mucha gente ha puesto sobre el tapete el hecho de que cada vez se hace más difícil aprovechar los días libres para conocer más nuestro país.

Se trata de una situación extremadamente lamentable, pues los venezolanos siempre hemos presumido, y no sin razón, de tener una de las naturalezas más generosas del continente.

Desde nuestro punto de vista, es particularmente triste que nos veamos limitados para mostrar a nuestros hijos y para disfrutar con ellos, una geografía que en el pasado recorrimos con tanta libertad.

El primero de los obstáculos sería sin duda, el económico. No necesitamos abundar en el escenario que transitan hoy la gran mayoría de familias venezolanas, donde evidentemente las prioridades a cubrir dejan en niveles de imposibilidad la recreación y el esparcimiento, merecidos por demás para los trabajadores y necesarios para niños, niñas y adolescentes en el marco de su desarrollo.

Sin embargo, en el caso de que pudiera haber una cierta disposición a entregarse durante los asuetos a conocer y disfrutar más del país, las adversidades que se enfrentan son tantas, que harían desistir al más optimista.

Mencionemos por ejemplo, el asunto de la electricidad. Sea por sabotaje, por reveses de la naturaleza o por falta de mantenimiento, la irregularidad en el suministro eléctrico es algo democráticamente repartido en todo el territorio nacional, con las consecuencias por demás conocidas.

Sabemos que nos atenemos a fallas en la iluminación de las vías y de las ciudades, a que no encontremos aire acondicionado en el lugar a donde nos dirijamos, a que servicios como la comida o las comunicaciones fallen. Y obviar esto es imposible, si nos disponemos a viajar. Especialmente porque sabemos que lo sufrimos en nuestra vida cotidiana y que no vamos a poder alejarnos de ello en nuestras vacaciones.

Adicionalmente, el asunto del transporte tampoco la pone fácil. El carro propio se piensa dos veces para usarlo, porque las refacciones no andan precisamente abundantes o económicas. Y por estas mismas causas, cualquier clase de transporte colectivo tampoco se cuenta entre los más fáciles.

Todo esto conforma un cuadro muy lamentable, ya no solamente por lo que nos perdemos quienes quisiéramos viajar por nuestra tierra y sabemos que tal propósito constituye una guerra de obstáculos, sino también porque teníamos una tradición turística que está desapareciendo.

Venezuela siempre ha tenido los activos naturales necesarios para ser una potencia turística, sin embargo, no hay un plan para aprovecharlos. En este sentido, la iniciativa particular, materializada en alternativas como pensiones, posadas, servicios de transporte o lugares para comer, había conseguido convertirse en una fuente de sustento para muchas familias en todo nuestro territorio.

Sin embargo, con la mengua del flujo de viajeros, muchos han desistido de estos negocios, otrora lucrativos. Unos cuantos se han dedicado a ver de qué manera se buscan la vida, mientras otros más han emprendido la aventura en otras latitudes.

No solamente nos perdemos de las famosas bellezas naturales de nuestro territorio, sino también de la hospitalidad de su gente, y se desvanece para colmo lo que podría ser una industria de referencia mundial, un ingreso alternativo para nuestra economía y una actividad que posicionara en lo más elevado el nombre de Venezuela en el mundo.

Porque otra realidad que torpedea a la posibilidad de hacer prosperar nuestro turismo es la desaparición de nuestro país de los mapas de numerosas rutas aéreas internacionales.

Es sumamente lamentable el desacuerdo que quienes hoy gobiernan mantuvieron con la aviación proveniente del exterior, que llevó a muchas de sus aerolíneas a dejar de tocar tierra venezolana, mientras las escasas que permanecen lo hacen con una frecuencia mínima.

Nos hemos perdido también del orgullo de esos visitantes extranjeros contemplando boquiabiertos las bendiciones que caracterizan a la venezolanidad.

Digamos como el Premio Nobel de la Paz, Martin Luther King: Yo tengo un sueño. Y es que a la belleza natural se sume la infraestructura, que bien puede salir de la riqueza petrolera, de una riqueza que se invierta sabiamente para generar otras industrias.

Que a la bondad y la hospitalidad del venezolano se agregue la formación, porque las grandes potencias turísticas del planeta se levantan sobre la atención y el servicio que los locales brindan a los visitantes.

Terca como es, Venezuela está allí, esperando tiempos mejores para poder brillar con todo lo que siempre ha tenido y seguirá teniendo. Sin embargo, esperamos ver esos tiempos mejores más pronto que tarde. En el turismo, Venezuela también está condenada al éxito.

David Uzcátegui
Twitter: @DavidUzcategui
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