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viernes, 19 de mayo de 2017

“Resistir”

David Uzcátegui
@DavidUzcategui

El escenario político, social y económico de Venezuela se enrarece por minutos, a niveles nunca antes imaginados. La falta de entendimiento entre quienes ostentan el poder y el resto de la sociedad, ha sellado en las últimas semanas una ruptura de graves proporciones en el contrato social.

El origen de esta nueva espiral de deterioro en nuestra convivencia como nación, tiene sin duda que ver con el intento del Tribunal Supremo de Justicia por intervenir las funciones de otro poder, el Legislativo, el más legítimo de los poderes públicos al momento actual, tras haber sido renovado en elecciones el pasado 6 de diciembre de 2015.

La cultura política de los venezolanos es enorme como consecuencia de lo que hemos vivido en estos años. Quizá es algo que el oficialismo no midió; pero la gravedad de ese intento de colonizar un poder independiente, encendió la ira nacional y las manifestaciones no se han detenido desde entonces.

Las fachadas de los eufemísticos diálogos que nos ocupaban hasta hace poco, se cayeron sin mayor esfuerzo, para dar paso a una represión pura y dura, que ya es conocida del mundo entero gracias a las fotografías y videos de los celulares, difundidas a través de las redes sociales.

Con torpeza de elefante en cristalería, el gobierno intenta apagar el fuego con gasolina. Con demostraciones de poder y fuerza bruta, que logran amedrentar, no están haciendo otra cosa que generar una escalada en la ira popular.

Y por si fuera poco, el fallido intento de someter a la Asamblea Nacional, ha sido sustituido por otro disparate de proporciones aún mayores, como lo es el intento de imponer una Asamblea Nacional Constituyente hecha a la medida para permanecer en el poder y sortear la crisis actual.

Disparate que, por supuesto, está muy lejos de aportar a la solución del descontento popular que hierve hoy en cada localidad de Venezuela.

Ante la sordera del poder, ante su insistencia en hacerse trajes a la medida para mandar como mejor le parezca, ante la arremetida desproporcionada contra las demostraciones ciudadanas, ¿qué nos queda? Resistir.

¿Qué entendemos por resistir? Primero que nada, no renunciar a nuestras certezas ni a nuestras convicciones. Por más amenazas, por más cerco, por más que se nos quiera encerrar en la desesperanza.

En segundo lugar, seguir adelante con la construcción del país que creemos posible, viable, y que nos merecemos. No podemos asumir como natural un modelo de país donde la escasez de bienes y de valores nos lleva a vivir una vida a medias, una vida amputada de derechos irrenunciables.

El incremento de la fuerza bruta para tratar de apagar la voluntad de cambio nacional, no es síntoma de otra cosa que no sea la falta de razón, lo cual se al otorga automáticamente a quienes están empujando un cambio con su grito en la calle, ya que les han sido cerradas sistemáticamente otras alternativas de expresión, como el referendo revocatorio y las elecciones regionales. 

Y el venezolano resiste. No solamente continúa alzando su voz, sino que encuentra formas cada vez más creativas y efectivas de hacerlo, formas que hace eco y derrumban los muros del silencio que se construyen con soberbia y terquedad.

Aunque la ciudadanía está más clara que nunca al respecto, nunca está de más recordar que, ante la irracionalidad del poder, tenemos el derecho de sostenernos en nuestros principios inalienables de compromiso con la libertad, la justicia, la paz y tantos otros valores que se pretende confiscar al venezolano en este momento.

El que se pretenda uniformar el pensamiento de la gente, sus creencias, es razón de sobra para plantarse en la acera contraria de un propósito que desdice de la razón de ser de la humanidad.

¿Cómo se traducirá esto en los días por venir en Venezuela? Lamentablemente, no nos vienen momentos fáciles, gracias a la intransigencia de quienes acaparan el poder.

Pero de este lado, nos negamos a flaquear en nuestras certezas, seguimos firmes en el reclamo de nuestros derechos y, como dijera Mahatma Ghandi, “abrazamos la verdad”.

Una nueva Venezuela se empuja de abajo hacia arriba con indetenible fuerza, con perseverancia por encima de cualquier obstáculo y dispuesta a no renunciar a sus objetivos de dejar en el pasado este mal momento de la historia.

Quienes tenemos la certeza estar haciendo lo correcto, no vamos a ceder en nuestra posición, ahora menos que nunca, mientras esperamos el momento en el cual el desgaste por las reiteradas equivocaciones cometidas, pongan punto final a un experimento político que jamás debió suceder, debido a los elevados índices de dolor y sufrimiento que ha traído a nuestra gente.

Ahora más que nunca, seguimos adelante con nuestras certezas.

viernes, 12 de mayo de 2017

¿Constituyente comunal?

David Uzcátegui
@DavidUzcategui

En una sociedad ampliamente fracturada y descompuesta como la venezolana, cualquier evento que cite a los ciudadanos en comicios contribuye a bajar la tensión y a buscar soluciones.

Por ello, es enorme la mayoría que ha alzado la voz ante la confiscación del referendo revocatorio presidencial que nos tocaba; así como frente a la reiterada postergación de las elecciones regionales.

Evidentemente, este par de maniobras han sido adelantadas por el gobierno ante la certeza de que no hay manera humana de que los resultados les sean favorables.

Por ello, llama de entrada y enormemente la atención el hecho de que sean ellos mismos quienes pongan ahora en la mesa, una Constituyente.

Entre las discusiones que ocupan a diversos sectores de las fuerzas democráticas, la Constituyente ha sido un tema presente desde hace años, de cara al profundo daño que se le ha hecho al país en estas dos décadas.

Es el oficialismo el que siempre ha estado negado a esta opción, anclado en lo que han llamado “la mejor Constitución del mundo”. A la cual, por cierto, han intentado hacerle diversas enmiendas y reformas, básicamente dirigidas a perpetuarse en el poder.

Por eso sorprende que la iniciativa parta ahora desde el poder. Nunca pierden las capacidades de sorprendernos. La mejor Constitución del mundo, ya no sirve. Así de daño se le habrá hecho a Venezuela.

Pero por supuesto, hay que ver el anverso y el reverso. Y no hace falta meterle mucha lupa para descubrir que, una vez más, quieren hacer las cosas a su manera.

La tolda roja se ha inventado esta vez una particularísima Constituyente a su medida, que de manera descarada ignora los procedimientos para adelantar este procedimiento, por demás legal siempre y cuando sea apegado a los supuestos que lo conforman. Lo cual – vaya sorpresa- no es el caso.

La Constitución de 1999 nació de un proceso que se inició con un referendo en el cual los votantes convocaron el proceso constituyente, luego se fue a elecciones de constituyentistas que redactaran el nuevo texto y, finalmente fue aprobado en otro referendo.

En aquel momento, la elevada popularidad del presidente Hugo Chávez logró que una amplia mayoría de los redactores de la Constitución le fueran afines, lo cual aunado a algunas triquiñuelas matemáticas –el “KinoMerentes” le garantizó que los constituyentistas prácticamente se dedicaran a tomar dictado de sus deseos.

De hecho, no tuvo empacho en presentar una Constitución propia, que dijo haber redactado él mismo y que dejó en manos de los asambleístas como una propuesta. Propuesta que, sabíamos, era una orden.

Sin embargo, detalles más, detalles menos, se cumplió con un proceso que revistió legitimidad, al menos en las formas.

No es el caso actual.

Para comenzar, no se debe perder de vista que la autodenominada revolución está lanzando esta propuesta en el momento de más baja popularidad de su historia.

Por ello, no se debe obviar un detalle que invalida del todo esta idea: se pretende eliminar la elección universal, directa y secreta.

Se piensa convocar a un cuerpo afín al gobierno para que redacte el nuevo texto, con una suerte de delegados o intermediarios que elijan a estos redactores y que por supuesto, sean afines a la ideología roja-rojita. Y evidentemente, los referendos para convocar el proceso constituyente y aprobar la nueva Carta Magna, brillan por su ausencia.

Por otro lado, se empastela aún más el asunto, al decir que esta Constituyente no es para redactar una nueva Constitución, sino para “reforzar” la actual. Constituyente es para Constitución nueva, no para borronear la existente; no hay vuelta de hoja.

Desde esta esquina, pensamos que debemos recoger el guante del gobierno e ir a Constituyente, siempre y cuando se cumplan todos los supuestos legales para su convocatoria. Es inaceptable que ningún gobierno fije los parámetros para este proceso.

A estas alturas de la historia de Venezuela, el desquiciado proyecto político que han pretendido imponernos, está comprobadamente fracasado. Llevan las de perder, y menos que nunca tienen autoridad para imponer los parámetros que pretendan sacarnos de la crisis que ellos mismos crearon.

Una Constituyente real, en los marcos legales, es una solución a la más trágica crisis que haya padecido Venezuela en su historia. La refundación de una República consumida hasta sus cimientos por una nefasta administración, es hoy más necesaria que nunca.

Pero no serán quienes cargan con la culpa de semejante tragedia quienes pongan las reglas. No serán quienes llevan las de perder los que manejen el proceso. Será la ciudadanía, desde su sentir actual, quien dé el visto bueno a cada fase de este camino a recorrer. ¿Se atreverán quienes gobiernan hoy a pasar por esta prueba de fuego?