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viernes, 20 de abril de 2018

“19 de abril, ejercicio ciudadano”

Sin lugar a dudas, el 19 de abril de 1810 -cuyo aniversario conmemoramos esta semana- representa el inicio del ejercicio de la ciudadanía en Venezuela. Al amanecer de aquel día histórico, el pueblo caraqueño acudía a los ritos del Jueves Santo y copaba la Plaza Mayor.

El Capitán General de Venezuela, Vicente Emparan también se dirigía a la Catedral, pero antes de llegar fue abordado por un puñado de criollos, quienes lo invitaron a dirigirse al Cabildo.

Una vez en el lugar, Juan Germán Roscio y José Félix Sosa le hablaron de la necesidad de formar una Junta de Gobierno, desconociendo al Consejo de Regencia que se había instalado en España, en reemplazo de la Junta Central de Sevilla.

José Félix Ribas, Francisco José Ribas, Gabriel Ponte y Francisco Javier de Ustáriz alegaron que aquel órgano gubernamental en suelo español se había formado sin el voto de los venezolanos y que por lo tanto, no le debían obediencia. Esta es, entonces, la primera ocasión en la cual se defiende la importancia del sufragio en el suelo venezolano para quienes nacieron en él.

Lo más anecdótico y a la vez lo más trascendental de este día histórico, sucede cuando, de manera por demás determinada, el clérigo José Cortés de Madariaga le solicita a Emparan su renuncia.

La propuesta era que el mando pasara a una “Junta Suprema conservadora de los derechos de Fernando VII”- el Rey depuesto-, integrada por venezolanos. El Capitán General lo rechazó, asegurando que la mayoría del pueblo lo apoyaba. Para confirmarlo salió al balcón y cometió el error de preguntar a los caraqueños congregados en la Plaza Mayor si estaban contentos con su mando y deseaban que continúe su gobierno. Detrás de él, Madariaga hizo un gesto de negación con la mano, con lo cual consiguió que los presentes respondieran: “¡No lo queremos!”. Emparan respondió entonces: “¡Pues yo tampoco quiero mando!”. Renunció y se marchó a España.

Los originarios forjadores de la independencia y la ciudadanía venezolana habían obtenido su primera victoria sin derramar una sola gota de sangre.

Si bien era apenas la primera semilla, la primera piedra de lo que sería un largo, complejo, doloroso y sangriento proceso; fue quizá y sin duda el acto más civil y civilista de aquella gesta.

Lo primero a destacar es el hecho de que sus propulsores habían nacido en suelo venezolano, y por lo tanto se comienza a entender que constituíamos otro gentilicio, con derechos a la determinación sobre nuestro propio territorio y a decidir formas de gobierno y funcionarios que la saquen adelante.

El improvisado e imprevisto episodio de Emparan consultando a la gente desde aquel balcón se tradujo en el primer acto de votación popular realizado en nuestras tierras, de una manera totalmente transparente y a la vista de todos, a tal punto que el aludido Capitán General no tuvo más remedio que dimitir, ante la inocultable manifestación de la voluntad de la gente.

La serena etapa colonial, que ya superaba los trescientos años, es abruptamente interrumpida gracias al conocimiento, a la conciencia, a los movimientos liberales y libertadores que se daban en forma previa y paralela, no solamente en América, sino también en otros rincones del planeta.

Las nuevas formas de organización de las sociedades se expandieron de manera por demás rápida, tomando en cuenta el momento histórico en el cual aconteció todo esto. El pase de página terminó siendo irreversible y nos comenzó a hacer dueños de nuestro destino, un derecho inalienable que se ha ido reafirmando paso a paso, en los últimos dos siglos.

Desde la visión que hoy tenemos del 19 de abril de 1810, hay que celebrar que nacimos como nación con el pie derecho. Fue a partir de un diálogo, las diferencias se debatieron, la gente manifestó su decisión y esta fue acatada por la autoridad.

Y valga el comentario para reconocer la actitud de Vicente Emparan, quien optó por consultar a los presentes y, a pesar de que la respuesta le fue adversa, no ofreció resistencia y decidió renunciar. No siempre se menciona que su reacción ha podido ser la opuesta y complicar así las cosas hubiera sido muy sencillo para él. El final sin duda hubiera sido el mismo, pero por senderos más tortuosos.

Que esta conciencia no se pierda. Que se cultive, que crezca. Que exista la más absoluta certeza de que los venezolanos, como cualquier ciudadano del mundo, tenemos el derecho de autodeterminarnos. Que no es una concesión ni un obsequio, sino un derecho inherente a nuestra condición humana. Que si alguna vez nos fue embargado, ya lo reconquistamos. Que si se nos vuelve a confiscar, debemos volver a exigirlo. Y sobre todo, a ejercerlo. Somos los dueños de nuestro destino como colectividad y eso no tiene vuelta de hoja.

David Uzcátegui
Twitter: @DavidUzcategui
Instagram: @DUzcategui
www.daviduzcategui.com

viernes, 3 de noviembre de 2017

“Cataluña: ¿un disparate?“

Entre las noticias que convocan los ojos del mundo en este momento, está la declaración unilateral de independencia por parte de Cataluña y la respuesta del gobierno español.

Se trata sin duda de un asunto sumamente complejo y delicado, ya que arrastra particularidades de esta región autónoma que tiene personalidad propia y ha dejado en claro sus particularidades de idiosincrasia.

Sin embargo, esas autonomías parecen haber sido hasta ahora, una manera de mantener el respeto por las características propias del gentilicio, permitiendo a su vez gozar de los beneficios que trae a todos una España fuerte y unificada.

Yendo de lo específico a lo general, el mundo marcha de manera bastante exitosa –traspié más, traspié menos- hacia unificaciones en bloques. Y es, justamente, la Unión Europea uno de los experimentos más exitosos en este sentido, en los últimos tiempos de la historia.

Por supuesto, el asunto tiene sus bemoles y sus detractores, como lo fue el reciente caso del Brexit. Sin embargo, las unificaciones tienden a fortalecer las economías, a aprovechar y exprimir las potencialidades de los miembros y a limar las asperezas de tiempos pasados.

En este sentido, la unidad española bajo una misma bandera ha sido bastión para que esa nación se mantenga bajo el paraguas unitario europeo. Y eso ha derivado en numerosos beneficios de este poderoso bloque socioeconómico. Por ello, marchar a contramano de esas tendencias mundiales nos parece, por decir lo menos, suicida.

Apelar a viejas heridas para marcar y dividir, en lugar de contribuir a sanar, es por decir lo menos, irresponsable. Pretender sacar dividendos políticos de enfrentamientos que dividan pueblos, es una de las jugadas más miopes que puede hacer político alguno.

Más aún si el tema en cuestión es motivo de división entre la propia ciudadanía catalana, visto que incluso se han hecho manifestaciones en contra de esta separación hecha a contrapelo y precipitadamente, sin bases ni fundamentos suficientes e incluso, con canales legítimos para solucionar diferencias, que en definitiva son absolutamente válidas pero que al final, están muy lejos de ser una causa para que la sangre llegue al río.

Cayendo también en el más puro pragmatismo, hay que entender que, si bien Cataluña tiene un potencial enorme y unas características positivas muy propias, el constituirse en país lo obliga a crear una serie de organismos de los cuales no dispone.

¿Tiene el pulmón económico para hacerlo?

Como Estado soberano, tendría que ocuparse de manejar las fronteras, las aduanas, crear un Banco Central, una oficina de recolección de impuestos, el establecimiento de relaciones internacionales, una oficina de control aéreo y todo lo relacionado con el área de Defensa.

Sobre si hay o no los recursos para ello, "Madrid nos roba" es un slogan popular entre los independentistas catalanes. La creencia de ellos es que, comparativamente, lo que paga Cataluña es más de lo que recibe del Estado español.

En realidad, Cataluña es más rica que otras regiones españolas y eso no admite discusión alguna. Alberga apenas 16% de la población española, pero representa 19% del Producto Interior Bruto y 25% de las exportaciones de España.

En cuanto al turismo, 18 de los 75 millones de turistas que visitaron España en 2016 se dirigieron hacia a Cataluña como su destino principal, lo que la convierte en la región más visitada del país.
Además, alegan que los catalanes pagan más impuestos de lo que el gobierno español gasta en la región.

Según afirman los partidarios de la independencia catalana, los impuestos pagados por los habitantes de Cataluña superan hasta en 16.000 millones de euros el monto que recibe la región desde Madrid. El gobierno central asegura que en 2014 los catalanes pagaron 10.000 millones de euros más de los que recibieron.

Sin embargo: ¿estos recursos alcanzan para sostener los gastos del nuevo país? El mercado para los productos catalanes es el resto de España y con la independencia, esto se modificaría para mal, con lo cual se estima que las ventas caerían 25%.

Otro gran mercado es la Unión Europea, de la cual quedaría automáticamente fuera. Podría solicitar su ingreso, sin embargo, la aceptación tiene que ser unánime de todos los miembros y España sin duda se opondría.

El gobierno catalán tiene deudas por 90 mil millones de dólares, dos tercios de las cuales son con el gobierno español, que otorga financiamiento a las regiones que no tienen acceso al crédito internacional.

Pero lo más triste de todo es que, mientras discutimos estos asuntos totalmente evitables, España y Cataluña gastan tiempo y energía en una pelea prescindible, en lugar de invertirlos en el progreso conjunto. Eso que llaman “la relación ganar-ganar”.

David Uzcátegui
Twitter: @DavidUzcategui
Instagram:  @DUzcategui

viernes, 21 de abril de 2017

“19 de abril y ciudadanía”

David Uzcátegui
@DavidUzcategui

El haber transitado esta semana por una nueva conmemoración del 19 de abril de 1810, no puede sino generarnos el deseo de desmenuzar un poco más esta fecha tan importante, que para muchos se asume como el punto de partida de la Independencia de Venezuela.

Un proceso tan orgánico como lo es la fundación de una República, tiene por razones obvias, que partir de la gente. Y por supuesto, también de la calle. Y es que todo nace del rechazo manifestado al nuevo gobernador dispuesto por la metrópolis española, Vicente Emparan, cuando se dirigía a misa en aquella Semana Santa de 1810.

Vino luego aquella famosa estampa histórica en la cual el aludido, desde el balcón, consultó a la gente, si quería que siguiera o no al mando. Y todos dijeron que no al pie del balcón, no sin la ayuda del presbítero José Cortés de Madariaga, quien apuntó con un gesto a los presentes la respuesta correcta; quedando así por cierto, plasmada la presencia de un miembro del clero en tan importante acontecimiento.

Nadie imaginaba lo que detonaría aquel día hasta el sol de hoy. Venezuela se pone los pantalones largos e inicia aquella larga y cruenta ruta independentista, que incluso fue exportada a otras naciones y ha valido que, hasta el sol de hoy, nuestra nación sea vista en el mundo entero como sinónimo de libertad.

Mirar hacia 1810 nos potencia para seguir adelante, luchando por el país que merecemos, porque la gran enseñanza de aquella jornada fue que los cambios se empujan desde la gente. Y en la calle.

Valga por cierto, el tardío pero necesario reconocimiento a un Emparan que supo retirarse a tiempo. “Yo tampoco quiero mando”, dijo ante la multitud que lo rechazó. Muy inteligente, de parte del depositario de un poder, es retirarse cuando ya no se le quiere. Forzar la barra conducirá sin duda, más temprano que tarde, a salir por la puerta trasera, sin posibilidad alguna de regreso.

Lo cierto es que aquella fecha fundacional oficiosa de nuestra República tuvo un elevado nivel de civismo, de conciencia, de claridad en los derechos. No es un ejercicio vano el recordarla, muy por el contrario, nos recuerda cosas que no debemos perder de vista.

La primera es, sin duda, que el poder reside en la gente. Que, más allá de imposiciones monárquicas, los venezolanos fundacionales estuvieron muy conscientes de que el poder impuesto desde arriba no iba a ser jamás el signo definitorio de la patria que recién nació.

En segundo lugar, fue un campanazo de cuándo toca cambiar lo viejo. El añejo sistema colonial que ya tenía encima varios cientos de años, no solamente estaba basado en abusos e injusticias, además hacía aguas por haberse prolongado en el tiempo hasta la saciedad.

Tal como ha sucedido en otros pasajes históricos –la caída de la Unión Soviética y del Muro de Berlín, por ejemplo- el cierre de ciclos y el inicio de otros nuevos, es una sinergia entre la gente movilizada y el desplome por su propio peso de estructuras añosas e insostenibles.

Sí, ciertamente, muchos procesos de cambio en la historia –la gran mayoría, hasta donde logramos observar- ocurren impregnados de “sangre, sudor y lágrimas”, como dijera Winston Churchill a sus compatriotas ingleses en pleno trance de la Segunda Guerra Mundial.

Sin embargo, esa historia a contrapelo de la humanidad, ocurre también de tal modo, debido a la tozudez de quienes no entienden que su tiempo ya pasó, que no hay piso de legitimidad real que los respalde, que por el bien de los afectados, deben dar paso a una nueva página.

Y también es real que, tras el ejemplar e impecable proceso de 1810, se desató en Venezuela una de las más cruentas guerras de Independencia de su tiempo.

Para todo esto, queremos recordar que han pasado más de doscientos años. Que creemos en la superación y el avance del género humano. Hemos estudiado, avanzado en disciplinas como la diplomacia. Hay maneras de atajar lo cruento en los cambios sociales.

Lamentablemente, aún existen minorías que permanecen atadas a aquella caduca premisa de que “la violencia es la partera de la historia”. No tiene por qué ser así. No debe serlo. Y el 19 de abril de 1810 nos lo demuestra a los venezolanos en nuestro propio suelo y en la génesis misma de nuestro gentilicio.

Quizá pudiéramos atajar esa sangre, ese sudor y esas lágrimas, si aprendiéramos de nosotros mismos. Sí, tuvimos guerra y episodios heroicos, y compatriotas mártires. Pero hubiera sido mejor ahorrar todo el dolor que fuera posible evitar.

Y es también valioso volver los ojos a aquellos días porque nos reafirman el carácter cívico y pacifista de nuestros orígenes. Hay otras formas de modificar para bien la historia, y no podemos caer en la trampa de aceptar como única, la manera que solamente conviene a unos pocos y perjudica a muchos.