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viernes, 9 de noviembre de 2018

“Estados Unidos se renueva”

El mundo entero está procesando aún los resultados de las elecciones efectuadas en Estados Unidos. Conocidas como de “medio término”, ocurren cada cuatro años y a la mitad de cada mandato presidencial. Sirven para renovar importantes autoridades, entre otras a gobernadores, una parte del senado o cámara alta, a la totalidad de la casa de los representantes o diputados; así como para decidir sobre importantes aspectos de las realidades locales.

El presidente Donald Trump ha calificado la jornada como un gran éxito, suponemos que debido a que la cámara alta se mantuvo en manos de su partido, el Republicano. Sin embargo, como la renovación de esta instancia legislativa es apenas parcial, era bastante difícil que cambiara de color. Por otro lado, copartidarios que no le eran afines y que mantenían una línea más moderada, terminaron su período, con lo cual los senadores republicanos serán más afines a él de ahora en adelante.

Sin embargo, la gran noticia –y el triunfo para la democracia- viene en el hecho de que la cámara baja o de representantes pasa por primera vez en mucho tiempo a tener mayoría demócrata, es decir, opositora. Y es aquí donde se pone interesante el asunto.

Estados Unidos es una de las democracias más emblemáticas de occidente, ya que se precia de garantizarse a sí misma mediante la solidez de sus instituciones, la independencia de sus poderes y una filosofía de gobierno conocida como de “balances y contrapesos”.

El fenómeno Trump había venido acompañado hasta el momento de mayorías en ambas instancias del poder Legislativo y con ello, había sido percibida como una verdadera ola de poder.

Sin embargo, exactamente a dos años del triunfo electoral de este magnate inmobiliario -a medio término de su mandato- sucede este acontecimiento comicial que es una suerte de evaluación de lo habido hasta ahora.

Para los estadounidenses, las elecciones de medio término representan una suerte de referéndum sobre la gestión presidencial, a mitad de su camino. Y Trump no salió mal librado, aunque haya visto menguar su poder a manera de advertencia. Algo usual en las elecciones de medio término.

Para empezar, debemos aclarar que generalmente, en estas elecciones, las instancias a ser electas terminan inclinándose por la voluntad popular hacia la opción opuesta al mandatario de turno. Es lógico que haya desencantos ante excesos y promesas no cumplidas, tras dos años de ejercicio que muchas veces acaban con las ilusiones originales de los votantes que lo favorecieron.

La mayoría demócrata entre los representantes, es una alerta amarilla al primer mandatario estadounidense. Se siente que hay excesos de su parte y la ciudadanía empoderó a sus rivales políticos para que lo contengan.

Desde la cámara baja del legislativo estadounidense, ahora se podrá profundizar con poder real sobre aspectos polémicos de la administración Trump. Por ejemplo, el muro en la frontera con México, promesa emblemática de su campaña presidencial, muy probablemente duerma el sueño eterno, porque es un proyecto de suficiente envergadura como para necesitar la aprobación -o el veto- de esta instancia legislativa.

También se puede iniciar una investigación por la presunta y controversial intervención cibernética rusa en las pasadas elecciones presidenciales de 2016. Finalmente, los reiterados ataques a la migración ilegal terminaron generando el rechazo de todos los migrantes en general, en un país que ha hecho de la inmigración una de sus grandes fortalezas.

La intensa retórica trumpista ha dividido a Estados Unidos, pero al menos hasta el momento, esta división se ha canalizado a través de representantes de ambas tendencias dentro de importantes instancias de poder. Cosa que no es de extrañar y para muestra un botón: su antecesor, el aún muy popular Barack Obama, gobernó con el Congreso en contra. Asuntos normales en las democracias robustas.

Rojos y azules conviven y debaten en el norte, mientras incluso se habla de asuntos de agenda política que podrían contar con votos unánimes de ambos extremos políticos, por el bien del país. Algo que suele suceder en EEUU cuando se enfrentan asuntos de interés nacional. Esto se daría en temas como nuevos proyectos de infraestructura o cómo disminuir el costo de las medicinas con prescripción.

Trump, como capitán de empresa, está acostumbrado a ordenar y ser obedecido. Los políticos, aún los presidentes, deben negociar. Este segundo tramo de su mandato nos dejará saber si finalmente se graduó de político y logra un segundo período en la Casa Blanca, o si por el contrario los demócratas aprovechan la oportunidad que les ha brindado el siempre decisivo y poderoso electorado independiente, para colocar a uno de los suyos en la primera magistratura para el año 2020.

David Uzcátegui
Twitter: @DavidUzcategui
Instagram: @DUzcatgui


viernes, 25 de marzo de 2016

“Un yanki en Cuba”

David Uzcátegui
@DavidUzcategui

Con el título de este artículo parafraseamos la novela de Mark Twain “Un yanqui en la corte del Rey Arturo”, pero esto va más allá de un juego de palabras. Como el protagonista de la mencionada obra literaria -que llega a la Inglaterra medieval cargado de los adelantos del siglo XIX- los cubanos y el mundo esperan que con la visita de Barack Obama, el siglo XXI arribe de una vez por todas a Cuba.

No es poco el revuelo mundial que ha causado el progresivo descongelamiento de las relaciones entre Estados Unidos y la mayor de las Antillas. Un anacrónico barco a la deriva de la Guerra Fría, con más de 50 años, mantenía en punto muerto el vínculo entre ambas naciones vecinas.

Y por supuesto, el acercamiento ha traído polémica. Lo primero que temen –no sin razón- los defensores de los derechos humanos es que la presencia del inquilino de la Casa Blanca sirva para legitimar la tantas veces denunciada persecución a la disidencia de la isla. Y adicionalmente, para dar un visto bueno a las prácticas alejadas de la democracia que son conocidas del mundo entero.

Lo primero que hay que decir, es que lo peor que puede suceder es la inacción. El juego ha estado trancado por décadas, todo lo hecho hasta el momento no ha servido para levantar la derruida economía de la isla y por lo tanto, la gente sigue padeciendo la penuria como forma de vida. En esta situación, aplica aquella sabia máxima: “Si siempre haces lo que siempre has hecho, siempre obtendrás lo que siempre has obtenido”. Era urgente intentar algo nuevo.

Hay quienes aseguran que Obama se lanzó la arriesgada jugada porque quería pasar a la historia. No es algo ilegítimo, siempre y cuando esa ambición personal –y hasta egoísta, sí- se concrete a través de una acción que deje al mundo mejor.

No está de más recordar al muy republicano y conservador Ronald Reagan dándose la mano con el líder soviético Mijaíl Gorbachov y ayudando con un empujoncito a la caída del oprobioso Muro de Berlín y de toda la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas.

Y no es que Reagan haya generado tal desenlace. Toda esa estructura cayó sola, por su peso, por su ineficiencia, por estar en la antípoda de las más elevadas y legítimas aspiraciones humanas que se reducen a una palabra: libertad. Lo destacable es cómo Reagan supo leer los tiempos y ayudar a la historia en la dirección correcta. Cosa que por cierto, también hizo Gorbachov.

Sobra decir que la Casa Blanca no da puntada sin dedal y que también debe estar leyendo entre líneas cosas que para el común de los mortales están vedadas. Esta vez es un demócrata quien hace una jugada audaz. Jugada que, por cierto, anticipamos desde estas líneas y no con dotes sobrenaturales, sino simplemente deduciendo que un presidente que va de salida y a quien no le toca reelección siempre apuesta por una despedida grandiosa, aunque sea polémica, ya que no deberá afrontar de nuevo el juicio de los votos.

Del otro lado, hay que tomar nota del pragmatismo de Raúl Castro: la bandera proscrita por casi 60 años, hoy ondea tranquilamente por toda la isla; las barras y estrellas están en el atuendo de los ciudadanos y se han convertido en un fetiche de moda. 

Tras ello, no hay mucho que decir: el agotamiento del improductivo modelo cubano, que llevó ruina no solamente a la propia patria de Martí, sino a toda latitud donde fue exportado.  Al castrismo no le queda sino abrirse. ¿Cómo, cuándo, hasta qué límite? La respuesta la dará el tiempo; pero la ruta es esa.

¿Llegarán las inversiones? ¿El internet libre? ¿Qué sucederá con los presos de conciencia y con agrupaciones disidentes como las Damas de Blanco? ¿Se podrá detener la tragedia de los balseros?

La cubana Yoani Sánchez apunta en su blog Generación Y, que es enorme la esperanza que llega con el emisario de Washington. Entre otras cosas, por tratarse de un mandatario de color, en una isla donde hay todos los matices de piel y con una elevada población mestiza.

Ante el estamento habanero que está cercano a arribar a seis décadas –y que adicionalmente es de piel blanca-, no puede menos que producirse una enorme identificación de la gente, según Sánchez.

En Estados Unidos en 1955, Rosa Parks fue arrestada por no ceder su puesto a un blanco en un autobús. Y 53 años después, Barack Obama se convierte en presidente, demostrando cómo ese país es capaz de evolucionar y transformarse. Algo que quieren los cubanos para ellos: cambio.

Lo que deben tener presente de aquí en adelante tanto Obama como sus detractores, es que lo que importa es la gente. La calidad de vida de los cubanos es un asunto largamente postergado y definitivamente prioritario. Demos un voto de confianza a esta vuelta de tuerca y confiemos en que sea para bien de todos.