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viernes, 22 de abril de 2016

“Dilmazo”

David Uzcátegui
@DavidUzcategui

La compleja situación del gobierno de Brasil pica y se extiende, crece como bola de nieve. Al momento de escribir esta nota, se tiene como una posibilidad cierta la destitución y enjuiciamiento de la presidente Dilma Rousseff, por sonoros casos de corrupción.

¿Qué sucedió para que la heredera de Lula Da Silva esté a punto de salir por la puerta trasera de la historia de su país? ¿En qué momento se perdió la alegría colectiva que se había alcanzado en la vecina nación por el triunfo de Lula da Silva y posteriormente el de su sucesora?

Ciertamente, si retrocedemos unos cuantos años, la luna de miel de los brasileños con Lula parecía un jardín de rosas. El país crecía, la clase media recibía a nuevos miembros, se robustecía el poder adquisitivo y la nación crecía; hasta lograba convertirse en sede de los mayores eventos deportivos, como el Mundial de Futbol y las Olimpiadas.

Da Silva parecía estar haciendo lo que tenía que hacer: atraía inversiones, trabajaba en su marca-país, posicionaba el talento carioca en el mundo y, sobretodo, mantenía a sus ciudadanos contentos.

Sin embargo, el crecimiento de Brasil no fue lo suficientemente orgánico y no pudo alcanzar las coordenadas del desarrollo. En su contra jugó –y sigue jugando hoy- la enorme desigualdad que aquella sociedad alberga en su seno y que no pudo corregirse suficientemente.

Y sobre todo, jugó la corrupción. Los escándalos que hoy revientan, como el de Petrobras, y que venían moviéndose desde hace años bajo la piel aparentemente próspera del lulismo-dilmismo.

Toda fiesta trae resaca. Se cantó victoria antes de tiempo y el aterrizaje es duro, la desilusión terrible y la gente pasa factura.

Lo que sucede es lamentable desde todo punto de vista. En primer lugar, porque todos hubiéramos querido que el crecimiento del gigante que tenemos al sur hubiera sido más orgánico y sustentable, para el bienestar de sus pobladores. 

En segundo lugar, la estabilidad –o inestabilidad- económica y política de Brasil influye para bien o para mal en todo el continente, debido a las enormes dimensiones de esta nación.

Y también cae en lo lamentable, el hecho de que tanto Lula como Dilma y su Partido de los Trabajadores, trajeran una ilusión de llegar al poder cargada de idealismo, ganada a las causas más nobles y elevadas, que en el camino se contaminó con todas las perversiones, con las peores prácticas de lo que decían combatir.

¿Cómo serán los próximos días en la convulsionada tierra brasileña? Pues no lucen fáciles. La señora Rousseff tiene fama de tener un carácter duro y de no rendirse ante las dificultades. Fue legendaria su actuación durante la dictadura militar de los años 60 y 70, donde enfrentó cárcel y torturas. Habría que ver si puede más esta inclinación personal hacia la intransigencia o la certeza de que despejar el camino para salir de la crisis sería un gran favor para el porvenir de su patria.

Su suerte está en manos del Congreso, el cual se inclina inequívocamente a su salida. A pesar del personalismo y el populismo que ha caracterizado las administraciones Da Silva-Rousseff, las instituciones brasileñas gozan de buena salud. Y aunque siempre queda un margen de maniobra, habrá que ver qué sucede.

Uno de los protagonistas emergentes de esta interesante trama de intrigas es el vicepresidente Michael temer, enfrentado a la mandataria y quien ya tiene montado un hipotético equipo de gobierno.

Otro de los hombres clave es el presidente del Senado, Renan Calheiros, quien luce como aliado de la primera magistrada y tiene en sus manos la potestad de jugar con los tiempos para acelerarlos o extenderlos.

Dilma apuesta porque la situación se prolongue para que se enfríe; mientras Temer prefiere apresurarse para surfear la ola del descontento popular en caliente, que se ha mostrado con impresionantes manifestaciones multitudinarias en las principales ciudades de Brasil.

Si Dilma es destituida y enfrenta un juicio, el señor Temer tomaría la presidencia con el peso de no ser un hombre carismático y que despierta escasas simpatías, aún entre los detractores de la Rousseff. En contrapartida, los mercados parecen confiar en él, ya que ha tendido puentes hacia especialistas en el área económica para enderezar el rumbo de trepidante decrecimiento que ha convertido al post-lulismo en un aterrizaje forzoso.

Otro factor a tener en cuenta, es el partido de los Trabajadores, la robusta organización política que ha respaldado a Lula y Dilma. Si bien han obtenido un fracaso estrepitoso en su prueba de habilidad para gobernar; conservan su tradición de movilizaciones de calle y este puede ser un factor de cuidado si pasan a la oposición.

En el momento actual, todos los actores principales deben evitar el síndrome del elefante en la cristalería y actuar con la máxima prudencia, por el bien de Brasil y de todo el continente.

domingo, 12 de abril de 2015

"Dilma en su laberinto"

Por David Uzcátegui
Secretario Nacional de Asuntos Municipales Primero Justicia
@DavidUzcategui


Dilma Vana Da Silva Roussef es la primera mujer que ha sido elegida presidente de Brasil y la quinta en un país latinoamericano, cuando aún ni en Estados Unidos ha sucedido esto. Guerrillera, militante de la izquierda, prisionera política comparada por sus correligionarios con Juana de Arco, se trata de una personalidad respetada y admirada incluso por sus detractores. La revista Forbes la ha ubicado entre las mujeres más poderosas del mundo, precedida solamente por Angela Merkel y Hillary Clinton.
Su militancia en el Partido de los Trabajadores le permitió entrar en un rol estelar en el gobierno de Luiz Inacio “Lula” Da Silva, en el marco de una luna de miel que se prolongó de tal manera que le dio dos períodos a este ex dirigente sindical y luego otros dos más a su sucesora. Sin duda una de las cuotas de popularidad de más largo aliento que se recuerde en la historia reciente de la política latinoamericana.
Por esos extraños e irónicos giros del destino, Dilma pasó a tener visibilidad en el gobierno de Lula cuando reemplazó a un alto mando señalado por corrupción. Y decimos que es una gran ironía porque ahora., justamente, los escándalos de corrupción han mellado gravemente el inicio de su segundo mandato, justamente cuando el PT está lógicamente desgastado y exhausto tras haber vencido en cuatro elecciones.
Dentro de las muestras que dio Lula de ser eso que llamamos “un animal político”, estuvo su extraordinaria habilidad para desprenderse de los personeros señalados por latrocinio. Esto nunca afectó su imagen, aunque sí la de su partido.
El “lulismo” se separó del PT y ello le dio a Lula la potestad de escoger a su sucesora, y nada mejor que una mujer, la intachable Dilma, quien también había sido salpicada muy de cerca por malversaciones, logrando escapar de las mismas sin padecer daños colaterales.
De esta manera, la ex guerrillera que combatió a la larga dictadura militar brasileña, se hizo con el triunfo gracias al 54% de los votos. Y heredó lo que en Venezuela se llamaría un “bacalao al hombro”.
No es fácil ser la sucesora de un hombre con tan buena estrella, y hay que decir que Dilma lo ha hecho brillantemente, para las dimensiones de tal responsabilidad.
De Lula heredó la misión de acorralar la pobreza y robustecer a la clase media, cuando muchos decía que los logros de su antecesor parecían más bien el espejismo de una burbuja que caería por su propio peso. Continuó su política de no entrar en los moldes estrictos del sistema financiero internacional, apoyándose para ello en la formidable carta política que constituye el Mercosur y en el grupo BRICS. Una irreverencia aplaudida por muchos y que trajo oxígeno a las soluciones predecibles en este campo.
Lo cierto es que el llamado “lulismo” logró avances contundentes que fueron alabados por la población brasileña, tanto así que le dieron al cuestionado partido cuatro triunfos en línea.
Pero a pesar de los esfuerzos de esta nueva dama de hierro latinoamericana, el barniz se descascara. La magia pierde brillo. Los escándalos de corrupción siguen explotando como cotufas. El más ruidoso: el de la petrolera estatal brasileña Petrobras. El más reciente: el de la abogada Erenice Guerra.
Tanto la Roussef como su mentor político han librado admirables pulsos con los escándalos de corrupción más sonados de la era democrática brasileña y es admirable cómo han logrado deslastrar sus respectivos nombres de las consecuencias nefastas de ello.
Por si todo ello fuera poco, el reciente Mundial de Fútbol también hizo aguas. Se trata de eventos que se constituyen en armas de doble filo, que pueden bendecir el nombre de un país como marca ante el resto del mundo; pero que también pueden hacer que se vean las costuras.
Sin embargo, el espacio político de la prestigiosa mujer se reduce. Las bendiciones se desgastan y destiñen. Ya son muchos los funcionarios del entorno de los cuatro gobiernos consecutivos del PT que han caído en desgracia. Y la gente lleva la cuenta.
Y ello fue así en este caso, debido al retraso en la entrega de las obras para la justa futbolística, a los cuestionables estándares de calidad en algunas, al dinero dilapidado y a las manifestaciones de sectores populares que aún no son redimidos de la pobreza, tras años de lo que a ratos pareció auténtico desarrollo pero que se vio también por momentos como una burbuja inorgánica.
 Ahora viene otra prueba de similar talla: las Olimpiadas 2016. Suponemos que deberán ser mejor libradas, con la experiencia previa. Y por supuesto para el gentilicio latinoamericano es una alegría que semejante encuentro toque en esta tierra del coloso del sur.
El laberinto de Dilma aún no se desploma. Y como una heroína del cine, está aún a tiempo de escapar ilesa del colapso en la escena final. Esperamos con suspenso el desenlace.

lunes, 3 de noviembre de 2014

¿Para siempre?

Por David Uzcátegui  
Secretario Nacional de Asuntos Municipales Primero Justicia
@DavidUzcategui

Los triunfos recientes de Dilma Rousseff y Evo Morales en sus respectivas reelecciones, ponen el tema nuevamente en el tapete de la opinión pública internacional: ¿qué tan nociva es esa práctica para la salud de las democracias?
Las alarmas se encienden cuando la señora Roussef, aún eufórica por el nuevo triunfo, no tiene empacho en decir que ella apoyaría a Lula Da Silva, su eterno compañero de fórmula, como candidato para 2018.
La segunda reelección de Dilma, tras dos mandatos de Lula, coloca al oficialista Partido de los Trabajadores en el poder durante 16 años consecutivos en Brasil. Comprando la candidatura y eventual triunfo de Lula, sumarían dos décadas. Y por supuesto, habría que suponer que ese Lula de 2018 aspiraría a la reelección en 2022, lo cual lo dejaría en el palacio de Planalto hasta 2026: casi un cuarto de siglo entre ambos mandatarios.
Podría luego volver a aspirar Dilma, en caso de que aún viviera, y podría quedarse también por dos nuevos períodos. Esto podría prolongarse sencillamente hasta que el cuerpo aguante. Una jugada similar a la del fallecido mandatario argentino Néstor Kirchner y su esposa Cristina, quien actualmente preside la nación austral.
Las reelecciones parecen la obsesión de unos cuantos presidentes de América Latina. Entusiastas mandatarios proponen reformas constitucionales para establecerlas, algunos incluso al apenas estrenar el poder. Fieles seguidores de hombres supuestamente providenciales, se apresuran a defenderla en la palestra pública, porque “este sí merece quedarse para siempre”.
Tales reformas se convierten en apasionados debates nacionales, seguidos con interés desde otras latitudes. No puede faltar el calor cuando se pone en juego algo tan delicado, donde se apuestan en la ruleta poder y ambiciones. Tales pugnas se desenvuelven al filo de violentar la legalidad y la lógica jurídica, en algunos casos más que en otros. Pero siempre dejan un mal sabor, ese de los intereses grupales y personales por encima de los nacionales.
Latinoamérica aún padece la fiebre  del presidencialismo, con altos grados de temperatura. Y por ello, es especialmente delicado otorgar prerrogativas adicionales a un cargo sobredimensionado en su importancia y rodeado de un halo que desfigura su posición real en el sistema de contrapesos que son los poderes públicos libres e independientes.
La alternabilidad es condición sine qua non de la democracia y por ello, hay naciones donde no existe la reelección, así como otras donde solamente es posible completar un segundo período, sea consecutivo o posterior.
El excesivo apego a la silla presidencial en nuestra región, siempre consigue artificios legales para prolongar el disfrute de las mieles del poder y alargar la presencia de determinados grupos políticos al frente del Ejecutivo de una nación. Estas prácticas suelen ir en contra de los intereses del país, inclinar la balanza en exceso hacia un sector del universo político nacional y, en definitiva, minar las prácticas democráticas, afectando el potencial desarrollo de la nación, siempre ligado a la pluralidad de liderazgos y al refrescamiento real de los elencos gobernantes.
Es difícil perder una apuesta en una reelección presidencial. La maquinaria del poder suele asegurar la victoria. Y, proporcionalmente, debilitar la salud democrática de la nación que la padece.