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viernes, 7 de septiembre de 2018

"El destino nos alcanzó"

En medio de la vorágine que vive nuestro país, se ha llegado al punto tantas veces evadido -y postergado- del aumento de la gasolina. Y es que no solamente era insostenible su actual situación, sino también impostergable enfrentarla. Lo lamentable es que se haya tenido que llegar hasta aquí para intentar que pasara por debajo de la mesa, ya que todos estamos pendientes de demasiados asuntos en esta nación que parece escaparse de las manos. 

Sobre este tema tan espinoso, hay muchos puntos que aclarar. Y otros tantos que probablemente nunca se aclaren. Pero empecemos por los primeros. 

Tenemos que comenzar recordando que el aumento de los combustibles se convirtió en un tabú en nuestro país desde el tristemente recordado Caracazo, cuando una medida similar, tomada sin las previsiones necesarias, terminó convertida en una trágica y dolorosa protesta de calle. 

Desde aquel momento, se metió en el congelador una y otra vez la iniciativa de reajustar los precios de la gasolina, a pesar de la creciente inflación, que no es para nada nueva en nuestra historia, pero que en los últimos años se ha desatado a niveles exponenciales. 

Siempre se ha hablado de que los venezolanos tenemos la gasolina más barata del mundo. Una verdad del tamaño de las pirámides de Egipto. Y lamentablemente, hemos volteado hacia otro lado cuando se trata de confrontar el hecho de cuánto nos ha perjudicado esa costumbre. 

Durante muchos años, la economía de nuestro país ha reposado sobre la creencia errada de que merecemos tener la gasolina más barata del mundo por el hecho de ser un país productor de petróleo. Es un argumento que sin duda tiene una base de sustento lógico, pero que también es discutible, si partimos del hecho de que los demás países productores pagan sus combustibles a precio de mercado. Sin embargo, hay que subrayar como contrapartida que los ingresos de sus ciudadanos también son comparables a monedas duras internacionales. 

Tomemos el ejemplo de Noruega, otra nación productora y exportadora de petróleo. Es el país más desarrollado del planeta. El Índice de Desarrollo Humano, presentado por el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, lo ubicó primero con un puntaje de 0.949 sobre 1.

Es un país de economía de libre mercado, controlada por el Estado, que ostenta también una de las administraciones públicas más transparentes del mundo. Sus impuestos son elevados y diversos, pero se traducen de manera tangible en bienestar para la población y en seguridad social, por lo cual también ocupan el puesto número 1 en el índice de naciones felices, otro indicador auspiciado por las Naciones Unidas. 

Comparados con todos estos hechos, podemos decir que no somos noruegos. El mismo recurso natural ha llevado a las dos naciones por caminos diametralmente opuestos. ¿Por qué? 

Si bien hay que decir que el aumento de la gasolina en Venezuela era impostergable, también debemos comentar que se aumentó en el peor momento. Tanto la nación como sus ciudadanos se encuentran en la situación de vulnerabilidad más extrema que recuerde nuestra historia. Si por un lado la comparación de la gasolina con los precios internacionales es válida y lógica, no es para nada pertinente hacerla cuando lo que ingresa a los bolsillos de nuestra gente no le llega ni de lejos a lo de otros países. 

Habrá quien diga entonces que para ello se crearon mecanismos como el llamado carnet de la patria, subsidios y demás alternativas. Todas ellas lucen engorrosas y complicadas y desde nuestro punto de vista terminarán generando nuevos dolores de cabeza que traerán complicaciones adicionales a un día a día que ya tiene elementos perturbadores de sobra. 

¿Cuál es entonces la alternativa? Exponerla es tan larga y compleja como lo ha sido explicar el problema, pero podemos resumirla en dos palabras: productividad y libertad. 

Es desquiciado que los consumidores paguen por llenar su tanque un precio inferior al que costó producirlo. Pero, para que se paguen precios internacionales, nuestra economía debe ser permeada por todos los parámetros del mercado internacional. Con todas sus ventajas y desventajas. Para atenuar estas últimas, está el Estado, como en esa Noruega que toma buen cuidado de sus ciudadanos gracias justamente a los ahorros que ha logrado producir la renta petrolera. 

Una administración pública eficiente y transparente, una invitación a la iniciativa particular para que sea productiva, asociarse con ella como gobierno para multiplicar el bienestar de la gente y que todos tengamos en los bolsillos las cantidades necesarias para pagar bienes y servicios. Eso sería por supuesto el país ideal.

A estas alturas, nos preguntamos: ¿aún será posible? ¿O hemos marchado demasiado lejos en la dirección contraria? ¿Ya nos alcanzó el destino?

David Uzcátegui
Twitter: @DavidUzcategui
Instagram: @DUzcategui

viernes, 3 de agosto de 2018

“Venezuela y gasolina”

Ha llegado el día inevitable. Ese, de la arruga que se había corrido insistentemente. Venezuela tiene que revisar el precio de su gasolina.

El tema se había convertido en un temible tabú desde hace casi treinta años, cuando en el segundo gobierno de Carlos Andrés Pérez se intentó sincerar una economía venezolana donde el subsidio era la norma y se estaban creando enormes distorsiones.

En aquel año de 1989 sucedió el llamado Caracazo, cuando en el marco de una serie de reajustes económicos se incrementó el precio del combustible, lo que llevó a su vez a subir el de los pasajes y finalmente detonaron una serie de protestas de calle.

Como dicen, el camino al infierno está empedrado de buenas intenciones. Ese intento de equilibrar los malos hábitos económicos que arrastraba Venezuela, fue lamentablemente implementado de manera inadecuada en muchos sentidos, y desde entonces se le agarró lógico miedo a la tarea. Una tarea que quedó pendiente por casi tres décadas.

Sin embargo, cabe preguntarse: ¿se solucionará ese asunto tan postergado con las medidas actuales?

Lo cierto es que, al día de hoy, nos encontramos con el hecho de que el combustible en nuestra tierra verá cambiar sus precios de manera notable, en el marco de una segunda reconversión monetaria, esta vez eliminando cinco ceros a la moneda. Esto, aunado a los tres que se le quitaron en la década pasada, haría un total de ocho.

Ciertamente, parece que la administración actual no encontró mejor momento ni mejor motivo para enfrentar el temido y postergado tema de la gasolina. El precio que veíamos pagando se hace inmanejable en la nueva moneda. Y esto es apenas una de las muestras de los desajustes que presenta la economía venezolana, uno de los síntomas de lo profundamente enferma que se encuentra.

Primeramente, hay que decirlo, todos los países productores de petróleo pagan su combustible en el mercado interno a precios internacionales. No hay privilegio alguno para ellos.

En segundo lugar, es cierto que el mercado venezolano se abastecía a pérdida desde hace mucho tiempo. La ilusión saudita que ha empañado la sinceridad de lo que sucede en nuestro país no es para nada nueva y se pierde en la memoria. En esta oportunidad, el gobierno tiene su punto de razón.

Sin embargo, pareciera que las distorsiones económicas nos han llevado ya demasiado lejos. Y hablamos de esas distorsiones sembradas hace ya mucho tiempo, que entre otras consecuencias, convirtieron la revisión de los precios del combustible en un asunto a ser eternamente evadido.

Es aquí donde cabe la pregunta: ¿vamos finalmente bien? Respondemos de inmediato: no lo creemos.

Lamentablemente, esta revisión de los precios de la gasolina llega en un panorama económico adverso y desolador. Aún está muy lejos de llegar a los precios internacionales, pero por otro lado la capacidad de compra del venezolano está tan golpeada por la recesión que, aún manteniendo el aumento en niveles conservadores, se hace muy cuesta arriba pagarlo.

Siempre lo hemos dicho y no nos cansaremos de repetirlo: la verdadera prosperidad para un país se construye desde las libertades a la iniciativa particular, aupadas por un gobierno que se asocie en ello, creando el clima y las iniciativas necesarias para la confianza.

Lamentablemente marchamos en el sentido exactamente contrario desde hace demasiado tiempo y no vemos señal alguna de corregir este error histórico.

Reconversión monetaria y ajuste de precios de combustibles serán tragados por el pantano de los desbalances administrativos del país, y creemos que en muy corto plazo si no se cambia de rumbo.

También caben interrogantes ante el hecho de pretender imponer la intermediación del llamado Carnet de la Patria para tener acceso al suministro de combustible, ya que se trata de otra restricción más a las libertades. ¿es esto realmente necesario? ¿Qué hay tras esta propuesta?

Porque en el funcionamiento deseable de toda economía, cada ciudadano tendría libre acceso a cuanto combustible necesitara, y tendría cómo pagarlo, gracias a sus propios ingresos.

Vale acotar que en ningún lugar del mundo la gasolina es “barata”. En ninguno, excepto en Venezuela. En todas partes se cuida su consumo. El mundo entero busca energías alternativas, no solo por el costo sino también por la contaminación al ambiente.

Sin embargo, este nuevo escenario que se nos presenta resuelve muy poco desde nuestro punto de vista. Una decisión que debió tomarse hace años y como parte de medidas más complejas y absolutamente distintas, llega en el marco de un país exhausto y sin músculo para abordar sus propias e impostergables transformaciones. Incluso las que serían para su propio bien.

David Uzcátegui
Twitter: @DavidUzcategui
Instagram: @DUzcategui